Humberto Ribes
Al entrar, lo primero que captó mi atención, fue ese gran montón de tierra amarillenta. Ese montículo que daba cierta luminosidad a una sala oscura, inhóspita. Poco a poco fui observando a mi alrededor. Una pantalla donde se proyectaba un tablero cuadriculado por el cual se iba moviendo, a modo de ficha, una calavera. Algo, sin duda, tétrico. Algo que me hace pensar en la muerte nada más advertirlo. Unos sonidos, los cuales no acertaba a saber qué o quién los provocaba, pero que a juzgar por el tono, por la sensación que aquella sala desprendía, no podía ser nada bueno.
En la siguiente sala pasé a ser yo el observado por una docena de pájaros, supuestamente vivos. Aquellas miradas eran tan profundas y tan nítidas que prácticamente podía verme reflejado en la pupila del animal. Eran como cuchillos afilados que me atravesaban, que me examinaban y parecían saberlo todo acerca de mí. Incluso alguno de los rostros de aquellas aves parecía tener dibujada una sonrisa burlesca. Una sonrisa que me inquietaba. Dudaba entre si aquel animal había sido retratado vivo o ya no quedaba un haz de vida en su cuerpo erguido y firme cuando el objetivo lo captó. Miradas que consiguieron hacerme agachar la cabeza y pasar a la siguiente sala tratando de olvidar sus ojos clavados en mí.
Si ya en la anterior sala, relataba algo tan perturbador como eran esos pájaros oceánicos conectados de la manera más indirecta con la mitología griega y "la mirada de la Gorgona", que me sobrecogía el alma, poco más puedo añadir sobre El Bestiario. Esa composición de veinte retratos de animales, no solo aves, sino también mamíferos, peces, reptiles etc. acompañados de instrumentos tan macabros como una hoz, un hacha, un pico, un martillo etc. Algo, desde luego, sombrío que no logré contemplar por mucho más tiempo.
Entre tanta "luz gris mortecina" como cita el propio Vilariño, al hablar de alguna de las obras anteriores, destaca el colorido que desprende El Paraíso Fragmentado. Algo triste, estrechamente relacionado con la muerte, pero que contrasta de manera curiosa con los colores de las diferente especies fotografiadas sobre las que yacen animales (quizás muertos) cuidadosamente atados por cordones de colores. Me sucede algo parecido con dos o tres obras que veo más adelante. Esta vez aparece una cruz roja formaba con pimentón (de ahí ese color rojo tan intenso) sobre la que reposa una vipera seoanei en un caso, un ave en otro y un mamífero en un tercero.
Sigo avanzando por las desconchadas naves de Tabacalera y me topo con una serie de bodegones, un tanto peculiares, que según dice Vilariño: "son un guiño al bodegón clásico español". Me llaman la atención los compuestos por una vela y junto a ella un cráneo de esqueleto. Describen muy bien lo que es la vida, el tiempo que tenemos. Cómo ese tiempo se va consumiendo hasta llegar a convertirnos en esa clavera. Realmente revelador lo que trata de expresar el artista con estos bodegones.
Finalmente llego hasta la obra que da nombre a la exposición, Seda de Caballo. Un inmenso ovillo hecho a base de crin de caballo. Algo realmente majestuoso que me llena de interrogantes: ¿qué querrá transmitirnos esta gran bola de pelo de caballo?
Finalizo el recorrido de la exposición con una serie de fotografías en blanco y negro que reflejan el paisaje oceánico que tanto atrae a Manuel. Playas desiertas, majestuosos acantilados, enfrentados con montañas negras que se solapan con las nubes blancas y que, según relata el propio Vilariño, realiza justo antes de que amanezca, justo cuando el bosque permanece en calma, justo cuando el tiempo parece detenerse por un instante.
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