lunes, 4 de noviembre de 2013

Y todo por casualidades de las conchas.

Aïda Becerra Alonso

José Ramón Amondarain y su peculiar manera de hacerle mención de honor a alguien fue algo de lo que me enamoré nada más entrar en galería Max Estrella. Esa manera de buscar de forma simbólica o visual el parecido de una caracola con el de un ídolo o alguien a quien admira me parece algo digno de mención. Me gustaría saber cómo se le ocurrió la idea y me lo imagino caminando por la playa una tarde cuando de repente se tropieza con una de esas preciosidades, que posteriormente fotografió. Es curioso cómo a veces conseguimos que de la cosa más simple con un par de pensamientos un poco disparatados quede algo tan curioso o significativo como lo que ha hecho Amondarain con las caracolas.

Mi sorpresa continuó cuando terminé aquel curioso pasillo de las caracolas y llego a una sala que parecía enorme por el color blanco de las paredes, en la cual, había un cuadro que lo primero que me transmitió era estar en otro planeta o en otra dimensión donde las cosas no se ven a simple vista, sólo se ven cuando te acercas y miras. Eran cráteres, cráteres de algún planeta lejano, y tal y cómo estaba pintado, precioso, había lo que parecía una réplica en 3 D en lo que parecía un pedestal, quiso hacerme creer que era la misma composición, cosa que deseché cuando cinco minutos después me di cuenta de que ni el borde del ‘agujero’ que pintó ni os cráteres eran los mismos ni estaban colocados iguales, pero aún así no me pude resistir a cerrar los ojos y pasar la mano por encima, hay veces que hay mirar las cosas sin utilizar los ojos.

Entrando a la sala contigua de las caracolas del principio nos encontramos con un maravilloso juego de letras, palabras y espacios con nombres de grandes genios cómo los que alaba en la sala de las conchas de al lado, lo cual me pareció muy curioso y me dio mucha envidia porque mi madre nunca me dejó jugar con las letras ni las palabras. Anagramas, acrónimos, letras y escayola invadían mis ojos en aquella sala mágica, a cada cual de aquellos más curioso y divertido. Pero no estaban solos en la sala, otra especie de pedestal y un candado con una calavera fue algo que llamó mi atención, me pareció muy curioso, sobre todo que la calavera estuviera enganchada por la parte del ojo al candado, y cuando le di la vuelta al pedestal para verlo mejor me di cuenta de que el candado también era una calavera, eran dos calaveras amarras a la misma ‘roca’ y a mi sólo se me ocurría pensar dos cosas: o que no quería morir solo o que nunca mueres sólo y te llevas algo de todos los que has querido, al igual que los que te han querido se llevan algo de ti. Una masa verde de plástico adornaba una de las paredes de aquella sala con más anagramas, lo que aún no he averiguado es por qué éste estaba apartado de los demás y con un material diferente. Un jarrón aparentemente pesado trepó hasta la parte más alta de un cilindro de plástico transparente y blanco, lo curioso es que era negro, tenía la parte de dentro pintada completamente de negro, cómo queriendo ocultar algo que podría haber guardado dentro alguna vez.


Elegante, divertido, ordenado y desordenado a la vez así es cómo ésta exposición me describe a José Ramón Amondarain, yo sólo puedo decir que si él de verdad es cómo sus obras dicen que es, es una persona a la que no me importaría conocer.

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