Aïda Becerra Alonso
José Ramón Amondarain
y su peculiar manera de hacerle mención de honor a alguien fue algo de lo que
me enamoré nada más entrar en galería Max Estrella. Esa manera de buscar
de forma simbólica o visual el parecido de una caracola con el de un ídolo o
alguien a quien admira me parece algo digno de mención. Me
gustaría saber cómo se le ocurrió la idea y me lo imagino caminando por la
playa una tarde cuando de repente se tropieza con una de esas preciosidades,
que posteriormente fotografió. Es curioso cómo a veces conseguimos que de la
cosa más simple con un par de pensamientos un poco disparatados quede algo tan
curioso o significativo como lo que ha hecho Amondarain con las caracolas.
Mi sorpresa continuó
cuando terminé aquel curioso pasillo de las caracolas y llego a una sala que
parecía enorme por el color blanco de las paredes, en la cual, había un cuadro
que lo primero que me transmitió era estar en otro planeta o en otra dimensión donde
las cosas no se ven a simple vista, sólo se ven cuando te acercas y miras. Eran
cráteres, cráteres de algún planeta lejano, y tal y cómo estaba pintado,
precioso, había lo que parecía una réplica en 3 D en lo que parecía un
pedestal, quiso hacerme creer que era la misma composición, cosa que deseché
cuando cinco minutos después me di cuenta de que ni el borde del ‘agujero’ que
pintó ni os cráteres eran los mismos ni estaban colocados iguales, pero aún así
no me pude resistir a cerrar los ojos y pasar la mano por encima, hay veces que
hay mirar las cosas sin utilizar los ojos.
Entrando a la sala
contigua de las caracolas del principio nos encontramos con un maravilloso juego de letras, palabras y espacios con nombres de grandes genios cómo los que
alaba en la sala de las conchas de al lado, lo cual me pareció muy curioso y me
dio mucha envidia porque mi madre nunca me dejó jugar con las letras ni las
palabras. Anagramas, acrónimos, letras y escayola invadían mis ojos en aquella
sala mágica, a cada cual de aquellos más curioso y divertido. Pero no estaban solos
en la sala, otra especie de pedestal y un candado con una calavera fue algo que
llamó mi atención, me pareció muy curioso, sobre todo que la calavera estuviera
enganchada por la parte del ojo al candado, y cuando le di la vuelta al
pedestal para verlo mejor me di cuenta de que el candado también era una
calavera, eran dos calaveras amarras a la misma ‘roca’ y a mi sólo se me ocurría
pensar dos cosas: o que no quería morir solo o que nunca mueres sólo y te
llevas algo de todos los que has querido, al igual que los que te han querido se
llevan algo de ti. Una masa verde de plástico adornaba una de las paredes de aquella
sala con más anagramas, lo que aún no he averiguado es por qué éste estaba apartado
de los demás y con un material diferente. Un jarrón aparentemente pesado trepó
hasta la parte más alta de un cilindro de plástico transparente y blanco, lo curioso
es que era negro, tenía la parte de dentro pintada completamente de negro, cómo
queriendo ocultar algo que podría haber guardado dentro alguna vez.
Elegante, divertido,
ordenado y desordenado a la vez así es cómo ésta exposición me describe a José
Ramón Amondarain, yo sólo puedo decir que si él de verdad es cómo sus
obras dicen que es, es una persona a la que no me importaría conocer.
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