Crítica de la exposición de Manuel Vilariño, por Andrea Morales Carrillo.
Nada más entrar en la sala se produce una tremenda sensación de melancolía, tristeza y esa gran necesidad de querer evitar la muerte, estas sensaciones son causadas debido a la cúrcuma o azafrán cimarrón, de un tono amarillento colocada de una forma piramidal, como en el Antiguo Egipto las a famosas pirámides escondían la gran fortuna del faraón, la cúrcuma esconde para algunas culturas la fortuna de poder curar o prevenir algunas enfermedades como por ejemplo el cáncer.
Pero este viaje que nos lleva a sentir estas sensaciones no acaba aquí; una vez avanzado el pasillo encontramos una sala que se nos intenta alejar del ambiente tétrico y decadente que tiene la sala para centrarnos en los cuadros de Manuel Vilariño, estos cuadros presentados en blanco y negro dando la sensación de que estos animales están hechos de piedra, resaltando las miradas penetrantes que se introducen fijamente en el ojo del espectador creando inseguridad y miedo en él; pero Manuel Vilariño parece no bastarle con hacer sentir esas sensaciones, sino que también parece intentar que reflexionemos sobre que la muerte no es tan fría como la pintan, ni tan bella como intenta Manuel Vilariño que sea, esto es lo que nos lleva a un circulo vicioso del que nadie nos puede sacar, ni mostrar un verdad a ciencia cierta.
Continuando con este breve viaje de contradictorios pensamientos, me encuentro con una obra que me deja más frustrada de lo que me habían dejado las otras ya que Manuel Vilariño nos ofrece un cambio muy notable, pasamos del blanco y negro a unos colores vivos y llamativos como son el amarillo o el rojo, lo más frustrante de todo es que mediante esos colores no hace otra cosa que seguir mostrándonos la muerte pero de otra manera, haciendo un contraste entro lo vivo y lo muerte dejándonos en un punto muerto de incertidumbre, ese punto de incertidumbre se podría reflejar en sus dos cuadros en las que se nos muestran dos animales borrosos. Esta obra de Vilariño es un políptico los animales que aparecen en el centro haciendo resaltar el contraste que se produce con las especias y los símbolos rojos y algún que otro símbolo que me lleva a pensar como el autor aparte de todas las sensaciones que nos causa con su obra, nos intenta reflejar el respeto que le tiene y que hay que tenerle tanto a los difuntos como a la muerte.
La última sala que podemos encontrar en este viaje que hemos hecho, se muestra en una misma sala, pero dividida por una fila de columnas que amenizan el ambiente cochambroso que ha tenido la galería. A un lado encontramos unas fotografías de paisajes de playa y al otro lado podemos encontrar fotografías de montaña, haciéndonos una comparación entre dos tipos de paisajes completamente diferentes, podría decirse que sin nada en común entre ellos o quizás utilizando eso a lo que llamamos razonamiento podemos pensar que tienen más cosas en común de lo que pensamos, como ese placer de disfrutar la vida que nos ofrece el autor en estos maravillosos paisajes, una forma de disfrutar la vida ya que no sabremos si en eso que conocemos como muerte podremos disfrutar de otra vida.
En definitiva Manuel Vilariño nos ofrece en su galería una contradicción de pensamientos que me llevan a reflexionar entre el sentido que le damos a la muerte, mientras tanto la vida pasa y es en la vida en la que nos debemos centrar.
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