jueves, 26 de septiembre de 2013

Cuando la llama se apaga, poco o nada queda

Elisa Jiménez Corcobado

  Inevitablemente, la vela, tarde o temprano, acaba consumiéndose. A lo largo de nuestra vida, nos vemos obligados a enfrentarnos al vacío, al silencio y la oscuridad impenetrables que nos deja una vela cuando se consume. Entonces, es ahí, justo en ese preciso momento, cuando nos damos cuenta de que, cuando la llama se apaga, poco o nada queda, y que, por mucho que queramos aferrarnos al recuerdo, lo que era ya no es ni volverá a ser. Y es precisamente, en Ruinas al despertar, donde a través del poema, Manuel Vilariño, autor de las obras de esta exposición, refleja ese dolor y vacío que le causan la muerte de su mujer. Pero no solo en Ruinas al despertar, en realidad, toda la exposición, Seda de Caballo, que se está presentando estos días en la Tabacalera, está muy marcada por la ausencia de la mujer de Vilariño.

  En primer lugar, nada más adentrarnos en el patio central de esta antigua fábrica de tabacos, lo que más puede llamar la atención es que una montaña de cúrcuma, con un intenso olor y color, nos dé la bienvenida a una exposición de fotografía cuya temática poco tiene que ver con la cocina india. Pero no solo la presencia de la cúrcuma, una especie de tablero de ajedrez proyectado al fondo de la oscura sala junto con un ensordecedor ruido de fondo, un canto de ballenas y una mujer recitando un poema, también puede resultar chocante o carecer de sentido en un primer momento. Pero más tarde, si uno se documenta, puede llegar a hilar conceptos y a entender que todo tiene un sentido y un trasfondo un tanto poético. Al parecer, la cúrcuma es una planta herbácea que puede ser buena para tratar el cáncer, y puede que ésta se colocase al principio de la exposición en honor a su mujer. Además, el tablero de ajedrez, correspondería con una tabla Bwa con cuadrados y calaveras (esto último muy presente a lo largo de las obras que se muestran en la exposición).

  Si seguimos avanzando, llegamos a una segunda sala en la que nos encontramos con una serie llamada Pájaros (1981-1989), con fotografías de tamaño grande en blanco y negro, y que parece centrar la idea de la relación existente entre nosotros y el animal. ¿Cómo nos mira el animal? ¿Cómo le miramos nosotros? Parece existir un temor a mirar al animal, ya que dicen que no hay nada más triste que mirarle con melancolía y vernos reflejados en su mirada.

  Cabezas/sueños, sería otra de las obras que aparecería ante nosotros. Esta serie representa las imágenes de unas calaveras que parecen evocar a la idea de que tras la muerte nos convertimos en nada.

  Vilariño, además, como gran maestro de la naturaleza muerta, muestra una serie de bodegones en los que aparecen elementos como frutas, pájaros ahorcados o velas. Éstas últimas, evocando a la idea de esa vela que se apaga como final de nuestra vida, de la que me he hecho eco al principio del texto.

  Además de todas estas obras, Seda de Caballo, cuenta con una obra crucial, que ocupa el centro de la exposición: Paraíso fragmentado, una sola pieza en la que aparecen una serie de animales sobre unos nidos de especias, que nos hablan de Oriente. Esta obra, es como un excitante visual, que apela a la resurrección de los animales.

  Antes de llegar a la última sala, nos encontramos de frente con una gran bola de Seda de Caballo , obra que da nombre a la exposición, y que además se encuentra junto a uno de los poemas más destacados de Manuel Vilariño, Círculos sombríos. Aquí, se deja entrever la relación tan fuerte existente entre los poemas y la fotografía de este artista, los poemas parecen dar la clave de todas esas fotografías que se muestran.

  Finalmente, en la última sala, que corresponde al último ciclo de Vilariño (desde la muerte de su mujer), aparece el paisajismo. Todos ellos son paisajes que transmiten la idea de lejano interior, de melancolía., de soledad y silencio. Además en esta última sala, también se proyecta un video en el que aparece Manuel Vilariño, y que es una buena forma de acercar al espectador al propio artista.

  En definitiva, Seda de Caballo, es una obra contemplativa, silenciosa, en la que podemos ver cómo Manuel Vilariño, plasma su mirada cazadora y su labor de devoción en una obra monumental como es la fotografía, sin seguir ningún patrón, innovando, saliéndose de los esquemas y lo común, de lo de siempre, ya que el arte no es solo lo que ves sino lo que eres capaz de introducir.

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