Elisa
Jiménez Corcobado
Inevitablemente, la
vela, tarde o temprano, acaba consumiéndose. A lo largo de nuestra vida, nos
vemos obligados a enfrentarnos al vacío, al silencio y la oscuridad
impenetrables que nos deja una vela cuando se consume. Entonces, es ahí, justo
en ese preciso momento, cuando nos damos cuenta de que, cuando la llama se apaga, poco o nada queda, y que, por mucho que
queramos aferrarnos al recuerdo, lo que era
ya no es ni volverá a ser. Y es precisamente, en Ruinas al despertar, donde a través del
poema, Manuel Vilariño, autor de las obras de esta exposición, refleja ese
dolor y vacío que le causan la muerte de su mujer. Pero no solo en Ruinas al despertar, en realidad, toda
la exposición, Seda de Caballo, que
se está presentando estos días en la Tabacalera, está muy marcada por la ausencia
de la mujer de Vilariño.
En primer lugar,
nada más adentrarnos en el patio central de esta antigua fábrica de tabacos, lo
que más puede llamar la atención es que una montaña de cúrcuma, con un intenso
olor y color, nos dé la bienvenida a una exposición de fotografía cuya temática
poco tiene que ver con la cocina india. Pero no solo la presencia de la
cúrcuma, una especie de tablero de ajedrez proyectado al fondo de la oscura
sala junto con un ensordecedor ruido de fondo, un canto de ballenas y una mujer
recitando un poema, también puede resultar chocante o carecer de sentido en un
primer momento. Pero más tarde, si uno se documenta, puede llegar a hilar
conceptos y a entender que todo tiene un sentido y un trasfondo un tanto poético.
Al parecer, la cúrcuma es una planta herbácea que puede ser buena para tratar
el cáncer, y puede que ésta se colocase al principio de la exposición en honor
a su mujer. Además, el tablero de ajedrez, correspondería con una tabla Bwa con cuadrados y calaveras (esto
último muy presente a lo largo de las obras que se muestran en la exposición).
Si seguimos
avanzando, llegamos a una segunda sala en la que nos encontramos con una serie
llamada Pájaros (1981-1989), con
fotografías de tamaño grande en blanco y negro, y que parece centrar la idea de
la relación existente entre nosotros y el animal. ¿Cómo nos mira el animal? ¿Cómo
le miramos nosotros? Parece existir un temor a mirar al animal, ya que dicen
que no hay nada más triste que mirarle con melancolía y vernos reflejados en su
mirada.
Cabezas/sueños, sería otra de las obras que aparecería ante
nosotros. Esta serie representa las imágenes de unas calaveras que parecen
evocar a la idea de que tras la muerte nos convertimos en nada.
Vilariño, además,
como gran maestro de la naturaleza muerta, muestra una serie de bodegones en
los que aparecen elementos como frutas, pájaros ahorcados o velas. Éstas
últimas, evocando a la idea de esa vela que se apaga como final de nuestra
vida, de la que me he hecho eco al principio del texto.
Además de todas estas obras, Seda de Caballo, cuenta con una obra crucial, que ocupa el
centro de la exposición: Paraíso
fragmentado, una sola pieza en la que aparecen una serie de animales sobre
unos nidos de especias, que nos hablan de Oriente. Esta obra, es como un
excitante visual, que apela a la resurrección de los animales.
Antes de llegar a la
última sala, nos encontramos de frente con una gran bola de Seda de Caballo , obra que da nombre a
la exposición, y que además se encuentra junto a uno de los poemas más
destacados de Manuel Vilariño, Círculos
sombríos. Aquí, se deja entrever la relación tan fuerte existente entre los
poemas y la fotografía de este artista, los poemas parecen dar la clave de
todas esas fotografías que se muestran.
Finalmente, en la última sala, que corresponde al último
ciclo de Vilariño (desde la muerte de su mujer), aparece el paisajismo. Todos
ellos son paisajes que transmiten la idea de lejano interior, de melancolía.,
de soledad y silencio. Además en esta última sala, también se proyecta un video
en el que aparece Manuel Vilariño, y que es una buena forma de acercar al espectador al propio artista.
En definitiva, Seda de
Caballo, es una obra contemplativa,
silenciosa, en la que podemos ver cómo Manuel Vilariño, plasma su mirada
cazadora y su labor de devoción en una obra monumental como es la fotografía,
sin seguir ningún patrón, innovando, saliéndose de los esquemas y lo común, de lo
de siempre, ya que el arte no es solo
lo que ves sino lo que eres capaz de introducir.
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