El sabor "Vida"
De Loreto Sáenz de Sta. Mª Larrea
Entré desconcertada al ver una montaña de una
especia naranja, además de sonidos de ballenas, y salí pensativa al ver ese animal mirándome
fijamente a los ojos. Me pregunto qué tiene que pensar una persona para mezclar
cosas así, haciéndome culpable de la muerte de aves tan bonitas, mucho más
bonitas que una mente racional. Aún así, también salí desconcertada. Pensé como
relacionar el rojo de una cruz trazada con especias con las especies más frágiles del universo. La
llamada fragilidad es nuestra, una posesión que nos es dada de forma
desorganizada, al ser una debilidad que encontramos en lo vulnerable. Lo
vulnerable acaba fragmentándose a pesar de nuestro empeño en impedirlo y
acabará llevándonos a los miedos mas mundanos: para mí, las flores amarillas y
mi pez; para Vilariño un ser amado perdido; y para los animales una libertad
arrebatada.
No entiendo la función del escapulario y lo escribo
con mis ojos más brillantes que los de ese búho sin nariz, quiero decir, que
decoraba lo mismo que las cintas rojas, transmitiendo la angustia de lo
inmóvil; la angustia de la imposible revelación.
No todo lo que Vilariño me transmitió fue
incomodidad agradable, sino que él se encargó de evocarme, y yo de trasladarme,
a la más tierna infancia. Abría y cerraba los ojos de forma rápida y sucesiva,
mientras hacía trabajar a mi subconsciente, mirando Paraíso fragmentado cuando llegaba a un jardín en el que me
enseñaban al mismo tiempo el alfabeto cantado y los sonidos de los pájaros. Se
trata de una perturbadora desunión, de la que Lacan habla cuando estudia el Yo,
y al fin y al cabo mi Yo abarca desde la infancia. Desde luego que este es el
viaje del que hablo cuando se trata de arte de verdad, de arte que nos mueve el
intestino.
Sin ser suficiente, Tierra quemada me envió de repente, como si de la otra punta del
camino viniera, un amor corriendo, incluso volando, podía parecer que caía del
cielo mientras un ser egocéntrico como soy yo, miraba el desastre y lo horroroso.
El grano de arena en el que nos podemos convertir si dejamos en una esquina
marginado el pavor a lo abierto que nos caracteriza, a las reales montañas de
arena que nos invaden nuestro día a día, y están en constante movimiento. Estas
son las culpables de que después nos salgan troncos del cerebro y los tonos
rojizos de nuestro interior se conviertan en negruzcos como le pasa al
protagonista de la novela La mecánica del corazón, de repente, al
despertar. Momento de nuestra vida en la que uno se siente desnudo ante la
realidad y se enfrenta a ella de forma natural porque lo ha visto, y no
necesariamente va a ser fácil. Vilariño, a este hecho universalmente conocido, lo
transmite como una auténtica ruina.
El tema de las velas, indudablemente, me marcó en su
día con trabajos como el de La Tour, Jesús
en la carpintería , en el que se ensalza el aprendizaje y la inocencia infantil,
pero de una manera fría. La razón es que siempre la oscura y silenciosa soledad
ha sido mi miedo eterno. Asique aquí , Vilariño me recuerda que prefiero el
agua al fuego, que prefiero una naturaleza viva a una muerta, y que las sombras
son mucho más fascinantes en el mar que en una mesa. En la mesa parece que se
queda el cuerpo terrenal descompuesto y decepcionado después de una vida. En un
acantilado o en una duna, se pueden imaginar las almas soñando en lo que no
conseguimos vivir.
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