Ángela López Isla
Todos nos vamos a morir, claro está, pero ¿y quién
no ama viajar? Ya sea físicamente a
descubrir rincones cámara en mano, por
el tiempo recordando, como Galeano, de vuelta al corazón, por la imaginación o incluso
a una mente con interior. Y quien dice viajar fonéticamente puede entender volar, ¿y qué vuelo mejor que el de las aves?
¿Y qué mejor vida que la de quien se ha acostado con la muerte? Así con este
vuelo-viaje de pájaro, nos acercamos a la obra de Vilariño y su gran poema o canción
de centinela particular.
Digo poema y no fotografía, a pesar de
su premio en 2007, porque la exposición no es una simple retrospectiva de imágenes y quien más llama
la atención es el Vilariño poeta que nos recibe con olor a restaurante Indio, una
tabla de imágenes, voces y el miedo de toda primera vez. Primera vez en la
tabacalera y lúgubres pasillos donde eludir a una Carmen cualquiera. Pero ni el
olor a restaurante indio, ni la imagen, ni las voces eran solo eso; cúrcuma
medicinal, tabla bwa regalo de una tribu africana y un poema a caballo entre el
canto de ballenas y el recital de un pie de pagina a diferentes idiomas, diferentes voces que a primera escucha nos
pueden llevar al recibimiento del embarcadero de Cildo Meireles en el palacio
de Velázquez, pero aquí en esta
antigua fábrica de cigarrillos, son las reminiscencias de lo exótico, sus
viajes y como no, su añorada mujer que en el contexto de Seda de
Caballo le podemos tomar, ademas de como protagonista, como el mayor símil de muerte. Manuel Vilariño, por tanto, se acuesta con la
muerte y nos muestra así, parte de su colchón; una bola gigante de pelo de
caballo que da nombre a la exposición y se sitúa bajo la proyección de cuatro
fragmentos de su Ruinas al Despertar el
poemario dedicado a su esposa, donde plasma su dolor en la falta
de vuelo y frágil vida en un pájaro cercano.
Temática que no deja de recordarnos a
ese poema número 3 del autor latino
Catulo “Llorad Venus,
Cupidos y hombres todos sensibles a lo
bello. El
pájaro se ha muerto, el de mi amada, el
que a mí amada entretenía, el pájaro…”. Y como
el pájaro ha de morir, morimos los humanos y como el pájaro vuela, anhelamos
volar los humanos, idea que queda plasmada en las primeras series fotográficas del
recorrido, donde las cabezas de aves, calaveras de personas e instrumentos
oxidados forman inmensos conjuntos fotográficos. Esto, junto con los bodegones de llama incandescente finaliza lo que para mí
es la parte muerta de la exposición, la obra y el carácter del artista. Así, la vida que le prosigue queda vinculada a la tenebrosa fotografía paisajistica, tanto de
montes como mares gallegos y de esa Islandia de sus viajes, escenarios que quizás estén evocando a la idea de paraíso griego o a ese refugio romántico
de todo poeta sin respuestas, que presenta respeto u admiración por la vida pura
de la naturaleza, ajena a la vez que ensimismada con el dolor de lo únicamente humano y terrenal.
Para finalizar mi
particular explicación, su inquietante “autopresentacion”. Y es aquí en la que se muestra a si mismo como flâneur
en la playa, adoptando todo lo connotativo que el término conlleva en la
modernidad, así como campesino temporal admirando
una vez más la naturaleza, esta vez con más voz de vida que el propio artista, que hace de intermediario entre el arte y nuestra más libre interpretación.
No hay comentarios:
Publicar un comentario