miércoles, 25 de septiembre de 2013

WE ALL LIVE IN A YELLOW SUBMARINE

Crítica de la exposición de Manuel Vilariño, por Leticia García de Cárdenas

Las distintas épocas de la historia occidental están diferenciadas, “divididas” podríamos decir,  por hechos históricos relevantes, por grandes personajes, por descubrimientos científicos, por arte.El arte responde casi sin darnos cuenta a una necesidad  oculta de la gente, que hace que se diferencie de otras épocas y otras culturas ¿Y qué necesita la cultura occidental del siglo XXI? Nada, dirían algunos. El avance va a pasos agigantados, la ciencia y la tecnología está en máximo apogeo, las principales necesidades están cubiertas, tenemos a nuestro alcance magníficos servicios…¿Qué nos falta?
Silencios.
Manuel Vilariño se nos desnuda completamente en “Seda de Caballo”, y nos transmite de forma estratégica y desconcertante esos “silencios” que tú y yo necesitamos. Esos “silencios” son cada una de las fotografías, cada una de las miradas de pájaro petrificantes que nos susurran : “Eh, tú”. Cada una de sus imágenes gélidas de naturalezas muertas, cada uno de sus versos, que no son nada más (y nada menos) que una invitación a la reflexión, a la contemplación, a la meditación.

Lo que más preocupa, obsesiona, y agobia al ser humano (y a Vilariño) desde el momento que se nos dio la vida es la muerte. Esta es la mejor arma para captar la atención de cualquier espectador (que no creo que sea la intención del poeta y fotógrafo gallego). Tan “presente” en nuestras vidas y a la vez tan alejado. Como decía Marcel Duchamp “Siempre son otros los que mueren” Y por eso inquieta tanto, porque ninguno de los que me estáis leyendo ha muerto. Tranquilos, ya os tocará.
El fotógrafo se enfrenta a la muerte en sus obras  tras el fallecimiento de su mujer :“No me resigno a tu partida” en su obra poética. En su obra fotográfica lo hace de manera melancólica, contemplativa, pero con cierta ternura y dulzura, e incluso me atrevería a decir con una visión positiva. El cuidado de esos cuerpos zoomorfos en Paraíso Fragmentado, la delicadeza , la simpleza y esos colores tan vivos que podrían hacer referencia a la esperanza de que exista un mundo más allá, que la muerte no es un fin sino una pausa, un viaje para algo quizás mejor.

Vilariño también nos invita a la escucha, como dice él: “Mi trabajo es de escucha. Escucho al bosque, escucho a la montaña” o como deja disfrutar en sus versos: “ Dame la mano, en el rizoma del silencio cabe lo indecible” Esas olas silenciosas de las marinas gallegas que, a pesar de esa  tonalidad grisácea transmiten tanta vida, tantos recuerdos. ¿Por qué el hombre es asombrado por el mar, por el horizonte? Porque es la eternidad lo que tranquiliza, lo infinito.

Pero a pesar de todo, el ser humano, por condición de humano, de hombre racional, y a pesar de reflexionar, contemplar y escuchar no consigue entender ni dar contestación a  miles de cuestiones.  El Abada,la sombra indecisa de un rinoceronte, la gran obra de la exposición, son esas cuestiones, inalcanzables, borrosas, son los sueños de los que no queremos despertar, son esa soledad de Vilariño y de gran parte de la humanidad que querría “volar como pájaro”. Ya lo decían los Beatles “ Please, don’t spoil my day, I’m miles away, and after all, i’m only sleeping” Por  tanto, sueña, y no despiertes a los que lo hacen.



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