WE ALL LIVE
IN A YELLOW SUBMARINE
Crítica de la exposición de Manuel Vilariño, por Leticia García de Cárdenas
Las distintas épocas de la historia occidental están diferenciadas,
“divididas” podríamos decir, por hechos
históricos relevantes, por grandes personajes, por descubrimientos científicos,
por arte.El arte responde casi sin darnos cuenta a una necesidad oculta de la gente, que hace que se
diferencie de otras épocas y otras culturas ¿Y qué necesita la cultura
occidental del siglo XXI? Nada, dirían algunos. El avance va a pasos
agigantados, la ciencia y la tecnología está en máximo apogeo, las principales
necesidades están cubiertas, tenemos a nuestro alcance magníficos servicios…¿Qué
nos falta?
Silencios.
Manuel Vilariño se nos desnuda completamente en “Seda de
Caballo”, y nos transmite de forma estratégica y desconcertante esos “silencios”
que tú y yo necesitamos. Esos “silencios” son cada una de las fotografías, cada
una de las miradas de pájaro petrificantes que nos susurran : “Eh, tú”. Cada
una de sus imágenes gélidas de naturalezas muertas, cada uno de sus versos, que
no son nada más (y nada menos) que una invitación a la reflexión, a la
contemplación, a la meditación.
Lo que más preocupa, obsesiona, y agobia al ser humano (y a
Vilariño) desde el momento que se nos dio la vida es la muerte. Esta es la
mejor arma para captar la atención de cualquier espectador (que no creo que sea
la intención del poeta y fotógrafo gallego). Tan “presente” en nuestras vidas y
a la vez tan alejado. Como decía Marcel Duchamp “Siempre son otros los que
mueren” Y por eso inquieta tanto, porque ninguno de los que me estáis leyendo ha
muerto. Tranquilos, ya os tocará.
El fotógrafo se enfrenta a la muerte en sus obras tras el fallecimiento de su mujer :“No me
resigno a tu partida” en su obra poética. En su obra fotográfica lo hace de
manera melancólica, contemplativa, pero con cierta ternura y dulzura, e incluso
me atrevería a decir con una visión positiva. El cuidado de esos cuerpos
zoomorfos en Paraíso Fragmentado, la
delicadeza , la simpleza y esos colores tan vivos que podrían hacer referencia
a la esperanza de que exista un mundo más allá, que la muerte no es un fin sino
una pausa, un viaje para algo quizás mejor.
Vilariño también nos invita a la escucha, como dice él: “Mi
trabajo es de escucha. Escucho al bosque, escucho a la montaña” o como deja
disfrutar en sus versos: “ Dame la mano, en el rizoma del silencio cabe lo
indecible” Esas olas silenciosas de las marinas gallegas que, a pesar de esa tonalidad grisácea transmiten tanta vida,
tantos recuerdos. ¿Por qué el hombre es asombrado por el mar, por el horizonte?
Porque es la eternidad lo que tranquiliza, lo infinito.
Pero a pesar de todo, el ser humano, por condición de
humano, de hombre racional, y a pesar de reflexionar, contemplar y escuchar no
consigue entender ni dar contestación a miles
de cuestiones. El Abada,la sombra indecisa de un rinoceronte, la gran obra de la
exposición, son esas cuestiones, inalcanzables, borrosas, son los sueños de los
que no queremos despertar, son esa soledad de Vilariño y de gran parte de la
humanidad que querría “volar como pájaro”. Ya lo decían los Beatles “ Please,
don’t spoil my day, I’m miles away, and after all, i’m only sleeping” Por tanto, sueña, y no despiertes a los que lo
hacen.
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