jueves, 26 de septiembre de 2013

La melancolía del cazador de imágenes.


Crítica sobre la exposición de Manuel Vilariño por Miriam Almohalla.

La exposición nos recibe en Tabacalera con una gran montaña de cúrcuma que dotará al espacio de un olor característico y que además, es una de las primeras obras de vívido color frente a una Tabla Bwa formada por cuadrados (blancos y negros) y calaveras (comunes en la exposición). Volviendo a la cúrcuma (colorante alimenticio y textil) nos remontará  a sus viajes a la India. Volviendo a la Tabla Bwa, forma parte de una instalación en la que se aúna con unos sonidos, trata de cantos de ballena junto con dos recitales en inglés: uno primero de Ezra Pound extraído de la obra “The Cantos” y uno siguiente de “Tierra Valdía” de T.S. Eliot.

En la siguiente sala vemos un políptico que abarca desde 1981 hasta 1989. Conformado por  imágenes de aves en blanco y negro. Estos animales, relacionados con el sueño de volar,  se nos presentan taxidermizados, con la mirada fija en el espectador y sobre un fondo blanco que calma la sensación de inquietud tras los animales muertos. Dos de estas aves, el búho y el águila, nos hacen rememorar la mirada mortal de la Gorgona.  Siguiendo a través de la exposición nos encontramos otro políptico en la misma línea, se trata de “cabeza-sueño” una serie de cráneos y modelos anatómicos humanos relacionados con medios extraídos de la naturaleza. En cuanto a esta obra podemos formular la relación con la mirada final (vacía pues en su mayoría las cuencas no poseen ojos). Pasamos a la siguiente obra, una fotografía velada de un  rinoceronte o “abada” asimilado a un texto del mismo tamaño, concretamente una poesía. Lo siguiente es un bestiario, último políptico monocromo de esta serie, una composición fotográfica de animales (disecados) y herramientas deterioradas. Esto nos lleva a pensar en el humano y el  animal indómito, unidos y reducidos a un simple mundo.

A continuación, y entrando en la zona polícroma nos encontramos con una pieza clave de la exposición “paraíso fragmentado” quince fotografías que constituyen una obra única. Todas siguen el mismo esquema básico, un lecho de especias sobre el que yace un animal decorado con cintas y cuerdas de carácter casi ritual que nos recuerda a la resurrección. Esta obra implica dos fases, la primera del artista como cazador buscando “presas” y la segunda como creador, que dispone los elementos para la foto. Lo siguiente que vemos es una cruz de especias que además de estar obviamente relacionada con la tradición judío-cristiana podemos asemejarla al informalismo de Tápies. Seguimos vagando por la exposición y volvemos a la poesía que esta vez nos recuerda la melancolía de la temprana muerte de su mujer. Esta es una instalación en la que se suceden varios poemas de Vilariño que nos recuerda  la estrecha  relación que tienen para él literatura y fotografía. A continuación nos encontramos frente a la obra que da nombre a la exposición, una escultura exenta de forma esférica compuesta por una estructura que recubierta de pelo de caballo. Esta obra nos acerca al ambiente rural de su vida y a la tradición gallega de la “rapa das bestas”. Pasamos pues a las naturalezas muertas. Bodegones formados por una vela y un segundo objeto de diferentes procedencias. Destaca el elemento de la vela común en todos por su carácter hipnótico sobre nosotros. Se trata, al igual de en ocasiones anteriores fotografía polícroma.

Pasando a la recta final de la encontramos los paisajes. Centradas en el océano, las fotografías, dejan de lado la tierra y omiten directamente la civilización que sabemos se encuentra detrás de la cámara. Las últimas fotografías “montañas negras” nos hacen pararnos a pensar en la dimensión de la sombra que habita en todos. La exposición finaliza con una instalación visual y sonora en la que el artista nos presenta su modo de trabajo, en un fondo natural vemos su mirada recorriendo el bosque en busca de elementos que convertir en imágenes.

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