Por Elena Revilla López:
Si cierro los ojos todavía puedo recordar
ese sentimiento de inquietud que se apoderó de mí cuando entré en aquella
lúgubre y amplia sala que abría la nueva exposición de Manuel Vilariño en la
ruinosa Tabacalera de Madrid. Mi vista fue directa a un montoncito con forma
piramidal de cúrcuma anaranjada que me transportaba al Zoco de
Marrakech o a la mismísima Nueva Delhi. Al
fondo de la oscura sala podía apreciar una especie de tablero de ajedrez, el
cual no destacaba por tener reinas, caballos o peones sino unas calaveras que
me hacían sentir como si en vez de en una exposición estuviera en un típico
pasaje del terror, todo esto acompañado por un fuerte estruendo, un canto de
ballenas y una voz de mujer citando un poema, el cual daba un toque de paz a la
angustiosa sala.
Según avanzas por la exposición te
encuentras con reflejos de ti mismo en blanco y negro, así como la serie “Pájaros”, los
cuales parecen ser la principal atracción de un zoológico, ya que el conjunto
de aves se encuentra con aquella característica mirada perdida y melancólica,
la cual tienes miedo de sostener por el temor a quedarte petrificado en aquel
contacto visual. Ese mismo sentimiento lo encuentras en otra de sus obras como
“Bestiario”, o su gran colección de fotografías de naturaleza muerta que
nos recuerdan a los magníficos bodegones barrocos, los cuales desprenden
tenebrismo e inquietud. Cuando observaba aquellas fotografías tan nostálgicas
sentía aquellas irremediables ganas de comerme la granada o los demás alimentos
en un alto grado de descomposición y apagar las velas para que cesaran los
pensamientos de ausencia y muerte que abundaban en toda la sala.
Mientras sigues recorriendo las salas de
la exposición te das cuenta de la gran importancia que tiene la muerte en cada
una de las obras de Vilariño, una de las más impresionantes con la que nos
encontramos es “Paraíso fragmentado”, esta vez en forma de un
políptico con más colorido acompañado de ese conjunto de especias y una serie
de animales que parece que fueran capaces de levantarse de sus propios
"sazonados" lechos.
El plato fuerte para mí está en el final
de la exposición, cuando nos encontramos de frente esa gran bola de “Seda
de caballo” que da nombre a la exposición y un poema, el cual me hace
reflexionar sobre la cercana relación que existe entre los versos y las
fotografías. Cuando entramos en la última sala a lo lejos podemos observar un
espectáculo visual de playas, montañas y acantilados en los que sé que a más de
uno le gustaría agarrar su cámara y despedirse de todo aquello que nos ata
(como a los animales de “Paraíso fragmentado”) a la vida
cotidiana. Vilariño con sus fotografías ha
sabido transmitir aquel deseo de huir, de conocer otras culturas, de viajar, de
convivir con la naturaleza, de tener nuestro propio «Locus amoenus» y de poder compartir momentos en soledad. Por eso me
resulta muy llamativo el detalle del vídeo final y el altavoz en el que puedes
escuchar (y si te concentras mucho sentir) los pájaros, el sonido de los pies
aplastando las hojas, las olas rompiéndose en la costa, etc. Esto nos hace ver
cómo es el entorno de Vilariño, de esta manera comprendemos mejor toda su obra.
En general, esta exposición me trajo a la
mente la pregunta: ¿Hay algún fotógrafo en la sala? Irónicamente, porque nunca
escuché a nadie decirla, supongo que porque se me pasó por la mente unas
repentinas ganas de crear algo nuevo, diferente al resto, como hace Vilariño
con sus melancólicas fotografías.
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