María Maldonado Puig
Oscuridad, tenebrismo y muerte. Estas
tres palabras son quizá las más llamativas en la exposición de Vilariño. Al
inicio de la exhibición podemos contemplar un montículo de arena amarillenta,
que desprende un fuerte olor oriental. Se trata de cúrcuma. Es una especia procedente
de la India con función de colorante en la industria textil. En la sala nos
envuelven unos susurros extraños y a la vez relajantes, mientras observamos al
fondo un tablero como de ajedrez con una calavera moviéndose a través de los
bloques negros y blancos..
En la siguiente sala, llama la atención
una pared blanca, larga e impoluta con una serie de fotografías de aves
paralizadas, muertas. Mirando una por una las aves y su honda mirada observo
que es la mirada más profunda que jamás había visto, cada uno de esos ojos
negros imponían respeto y serenidad. Cada ave era diferente, cada mirada te
incitaba a seguir mirando, y no apartar la vista de ahí. Todos los humanos
hemos tenido el sueño de volar, como estas aves tan majestuosas como el águila
real o el halcón, para poder elevarnos y separarnos de nuestros problemas. La
mirada probablemente más penetrante sea la de la lechuza con esos ojos tan
grandes y fijos en el espectador.
En cada sala que voy entrando me
sorprende mas y mas la imaginación de Manuel Vilariño para crear obras tan
anormales y a la vez tan llenas de contenido trascendental. Las cabezas sueños
representan la vanidad y la melancolía de los hombres y del propio autor. El
cráneo nos muestra que no éramos nada y nos convertimos en nada. La siguiente
sala nos muestra la presencia del hombre en la naturaleza por medio de
herramientas. Las herramientas actúan como elemento de fragmentariedad ante el
fondo neutro y los animales disecados.
Avanzando por los oscuros pasajes de la
galería de repente se ve un conjunto de imágenes de colores vivos. Son imágenes
unidas, presentadas en políptico, que forman una sola serie. Como en el resto
de la exposición los animales se encuentran muertos, representando la
naturaleza, la cual envolvía a la casa del autor y a este mismo. Vilariño
prepara a los animales de tal modo como si fuesen a resucitar. Les crea un
ataúd con especias como el pimentón o con cúrcuma. Les envuelve con unas cintas rojas de funeral
y en algunos un escapulario que simboliza a la religión cristiana.
Las calaveras, la muerte y lo misterioso
han aparecido a lo largo de la exposición, ahora llega un elemento más que le
dará mayor emoción y misterio a la galería de Vilariño: las velas… Aparecen una
serie de obras con velas y además añadiendo diferentes objetos, como una
calavera que simula el despertar, o un escarabajo intentando escalarla, o
incluso una granada que representa el corazón del inframundo. El inframundo el
cual uno se lo imagina rodeado de fuego, por todas partes… como el fuego de las
velas.
Llegamos a la última sala, la cual el
propio autor la ha nombrado como Lejano interior, haciendo alusión así a
que a pesar de ser el interior cuesta llegar a él. Representa un paisaje
gallego devastado. Y a la vez es un paisaje psíquico ya que es como si la
tierra temblara. Muestra la tristeza del panorama, y a su vez la tristeza del
autor. “El arte no es lo que ves, sino lo que tú sin verlo eres capaz de
percibir” Manuel Vilariño. Durante toda la exposición podemos apreciar
inconscientemente un mensaje subliminal que trata sobre la muerte tan cercana a
todo ser vivo., esa muerte tan angustiosa y tenebrosa, tan difícil de asumir…
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