Manuel Vilariño, Seda de Caballo.
Tabacalera. Espacio promoción del arte.
Por Celia Caballero Díaz
Lo
desconocido embriaga al ser sediento por sensaciones nuevas. La necesidad por
liberar las emociones de la celda llamada monotonía se convierte en el único
escape posible a la extinción del virtuosismo. Dentro de aquella impetuosidad
me encontraba encerrada, inspiré, rompiendo con la serenidad del aire, para
percibir el aroma del exotismo. La cúrcuma penetraba por mis pulmones a la vez
que despertaba en mí la excitación de la incertidumbre. Al abrir los ojos, la
gran montaña de especia india iluminada por un único foco lateral continuaba en
su sitio, armoniosa y solemnemente. Había decidido presentarme cual lienzo en
blanco en el estudio de un pintor dispuesta a embarcarme en un recorrido cuyo
fin desconocía. Levanté la vista y mis ojos se toparon con la proyección de la Tabla Bwa, utilizada en ceremonias
ancestrales africanas como alegoría de la vida y la muerte. Las impresiones se
mezclaban en mi mente y mi ya intensa incertidumbre se magnificó al escuchar el
fragmento de un poema de T. S. Eliot: These fragments I have shored against
my ruins. Estaba a punto
de sumergirme en el mundo de la poesía y fotografía de Manuel Vilariño, “un
todo indivisible” según sus propias palabras, donde su relación con el animal
es el eje central.
Me
adentré por los pasillos de la antigua fábrica de tabaco, los cuales narraban
su historia mediante las heridas intactas del paso del tiempo y el hombre en
sus paredes, dotándoles de una personalidad única. El blanco y negro dio
comienzo al ritual con la naturaleza, la mirada de las aves en el primer
políptico, Los pájaros, impulsaba a detenerse y, como si del
mismísimo mito de la Gorgona se tratase, su intensidad me petrificó. Bajo sus
ojos desprovistos de vida subyacía la idea de melancolía pareja al abismal
fondo de las fotografías en un neutro blanco.
El color, excitante visual, apareció ante mí con Paraíso fragmentado. La religiosidad que desprendían los animales
yacentes en un lecho de especias me condujo a reflexionar acerca de la
sensibilidad de Vilariño con su entorno, muy alejada de la morbosidad con lo
muerto. Al final del pasillo, y como si de algún tipo de revelación se tratase,
estaba situada Cruz de luz borrada
con el rojo sangre del pimentón.
Llegó
el momento del desconcierto, una gran esfera situada en el centro de la
exposición daba título a la misma, Seda
de Caballo. Aquella escultura recubierta por crines del caballo me llevó a
imaginar lo salvaje y virginal, recordé las celebraciones de la Rapa das Bestas
en la Galicia natal del artista. Busqué la conexión con los poemas proyectados
en la pared pertenecientes a su libro Ruinas
al despertar y encontré de nuevo un gran sentimiento de melancolía. La
alusión al mundo rural en ambas piezas, junto con el recuerdo en sus versos de
su mujer fallecida creaban una mística intensidad poética difícil de igualar.
Más
allá, en la sala La capilla me
sobrecogió el conjunto de vanitas presentadas como la descomposición del tiempo
con las llamas de las velas representando la vida o los frutos como las
granadas y su penetrante color. Memento
mori parecían decirme, recuerda que vas a morir. Con esta premonición,
continué hacia unos paisajes límites, océanos y montañas, enfrentados, y que a
pesar de su escarpado paisaje incitaban al sosiego de la escucha.
Salí
a la luminosidad del día con las imágenes borrosas de Abada y Búho, símbolo de
que el arte va mas allá de lo claro, hacia las posibles metamorfosis de las
sombras. Y sentí, como sin haberme dado cuenta, poco a poco, un cuchillo había ido penetrando en mi pecho.
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