Y de la noche a la mañana ella apareció...
Paloma Simó
Manuel Vilariño nos muestra un recorrido entre la vida y la muerte en su
último trabajo “Seda de Caballo”,
pudiéndose observar durante todo el recorrido que la exposición está dedicada principalmente
a su esposa fallecida. Al comienzo de la misma, penetramos en la mente y
el corazón del artista, observando como la fugacidad del tiempo y la muerte
están más presentes de lo que pensamos en nuestro día a día, como de la noche a
la mañana podemos perder a un ser querido sin poder evitarlo, sintiéndonos impotentes.
Intentamos poner remedio a la muerte, como hace Vilariño con su montaña de
cúrcuma; o saber si el final está cerca, mediante la tabla bwa donde las
calaveras se superponen. El canto de las ballenas intercalado con los
versos de T.S Eliot entonados por una
dulce voz de mujer, nos transmite una sensación de temor a lo desconocido, tal
y como es la muerte.
Según avanzamos, intentamos descubrir que se oculta tras la primera
impresión de “Seda de Caballo”,
descubriendo un políptico monocromático de aves de mirada profunda y
melancólica, “Los pájaros”, los
cuales nos observan con envidia y añoranza por la vida que abandonaron y que nosotros
seguimos disfrutando. Las aves con su vuelo nos recuerdan lo que el hombre
nunca podrá hacer, desconocemos lo que no vemos y no entendemos, o lo que más
bien no queremos ver. Continuando, encontramos “Cabezas sueños”, donde el espectador puede observar lo que quedará
de él tras su vida mediante unas extravagantes fotografías, donde puede
observar su futuro como si de la tabla bwa se tratara. La serie de polípticos
monocromáticos finaliza con “Bestiario”,
Vilariño coloca a los animales de forma asimétrica a las herramientas,
indicando que tras la muerte de estas criaturas, que en vida eran salvajes y
rebeldes, son “domadas” en contra de su voluntad, aunque la voluntad
desapareció junto con su vida.
Al avanzar por las instalaciones de la Tabacalera aparece el inmenso y
colorido“Paraíso fragmentado”, en mi humilde opinión el cuadro más
impresionante de la exposición. En él contemplamos el mensaje de Vilariño, que aunque
la muerte sea triste, debes darle color a tu vida y seguir avanzando; tratar a
tus seres queridos con el más respetuoso y cariñoso de los tratos como hace él
con los animales de la obra, para que su alma, espíritu o imagen pueda estar en
paz. Continuando en nuestro recorrido aparece ante nosotros un conjunto de
cuadros, donde el uso del pimentón en forma de la cruz de Tapies, hace una
alegoría a Extremadura; a ésta altura de la exposición mis sentimientos se
volvieron nostálgicos y cariñosos al recordar a mi recién fallecida abuela
materna, extremeña hasta la médula y orgullosa de serlo hasta el fin. Las
proyecciones de los poemas de Vilariño, situados al lado de una gran bola de
crines de caballo que dan nombre a la exposición, producen un efecto de
reflexión y atención al visitante. De repente, como si entráramos en una
capilla, nos encontramos cuadros de velas encendidas y frutas a la derecha,
velas encendidas y calaveras a la izquierda; como si a la derecha estuviera la
vida y a la izquierda la muerte, el bien y el mal. La exposición finaliza con
imágenes de acantilados de Islandia, donde resalta la belleza de lo natural
dando la espalda a lo artificial, y otras con paisajes de Galicia, en concreto
montañas negras en las que la niebla nos impide observar lo que se oculta bajo
ella. Su última obra, un camino en un bosque quemado, simboliza lo que hubo y
ya no está, la intención de recuperar lo irrecuperable.
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