Por Marta Miguel.
Y la Muerte. Oscuridad o
acaso tinieblas. Sombras lejanas. Naturaleza. Cromatismo en blanco y
negro. Soledad. Y sobre todo, silencio. Hermoso silencio que desde el
comienzo se convierte en nuestro fiel compañero de viaje en La
Tabacalera, arropándonos a lo largo de la exposición fotográfica
de Manuel Vilariño, en la que la delgada línea que separa la vida y
la muerte adopta un protagonismo no poco habitual en el poeta y
fotógrafo.
Ya desde el comienzo de
la inmersión en el bello inframundo se aprecia la asfixiante
atmósfera de una angustia ligada a la muerte, que perturba no sólo
con los cantos de ballenas fusionados con poesía existencialista,
sino también con una inquietante calavera que, llena de vida, se
desplaza sobre una tabla de rituales africanos. Y es que para
Vilariño todo tiene un sentido profundamente lógico. El
aparentemente contradictorio montón de cúrcuma que acompaña toda
esta puesta en escena, se deja envolver por versos tan perturbadores
como aquel que dice que “tenemos que acordarnos a tiempo de nuestro
color”. Pero el color en el políptico de los pájaros, que miran
desafiantes a todo aquel que ose a perturbarlos, ha desaparecido. La
ausencia de coloración en esta composición advierte del absoluto
fin de la vida de estas aves, y resulta francamente estremecedor que
aun muertas, puedan transmitir tópicos como “Memento Mori”,
o “Sic transit gloria mundi”, “porque mírame a mí cómo estoy
ahora: muerto”. Tal vez el único objetivo del artista fuera un
acercamiento a la naturaleza, un intento de poseer los ojos de un
animal que sólo puede ser observado por la atenta, pero no
omnisciente, mirada del ser humano, que nunca termina de saberlo
todo, como apuntó Sócrates con su famoso “Sólo sé que no sé
nada”.
Resulta fascinante la
dignidad con que son tratadas también sus Bestias involuntarias,
probablemente resultado del trabajo de aproximación a la Tierra. A
la vida, a aquello que verdaderamente existe. Los animales, que
carecen menos de vida que los utensilios con los que se amalgaman en
la composición, parecen crear un conflicto entre aquello que salió
de las entrañas de la naturaleza y lo que fue creado por el ser
humano con propósitos vanos respecto a la inocente desnudez del alma
del mundo. Y, ¿qué es el mundo? ¿Qué somos nosotros más que un
cúmulo de órganos que una vez paralizados van cediendo su blanda
materia a la tierra? Hay una única cosa que permanece a lo largo del
tiempo: los huesos. Huesos intactos, estropeados, grandes, reducidos,
fuertes, dañados... La calavera, sintetizando el recuerdo de algo
que dejó de ser, pero que por otra parte no deja de serlo, desempeña
en esta exposición el papel protagonista de las naturalezas
muertas de
Vilariño, en las que aquella peligrosa vela que no termina de
apagarse no cesa de recordarnos una y otra vez como si de un vinilo
rayado se tratase, que estamos fabricados para morir, aunque
tratemos de impedirlo con
falsos paraísos como
el
de otra composición,
en la que por
muy bellos que sean los lechos coloreados con especias, los animales
que en ellos descansan están muertos. Muertos.
Entre
hermosos
paisajes gallegos
que completan el recorrido de
la sombría
representación
de
la
Bella Muerte, la
seda de caballo,
mensajera de la finitud y el eterno retorno que tanto defendía
Nietzsche, nos guiña un ojo para plantearnos si ahora, mientras
cruzamos la laguna Estigia (porque
sin saberlo lo estamos haciendo), podremos llegar a apreciar las
pequeñas maravillas de la naturaleza como lo hacen los animales o
los artistas románticos que tanto
se parecen a Vilariño, captador de la sublimidad.
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