Lola Martínez Velacoracho.
Manuel Vilariño
te adentra en el mundo del azar, de la muerte, de la soledad, de la sombra. El
mundo de las especias, de la cúrcuma antiinflamatoria que consumes sin
mesura cuando enfermas, para
curarte, para intentar contribuir a una
sanación incierta. La enfermedad que viene y te toca, que te golpea y te sume
en una morriña de la que no sabes
despegar y que produce silencio. Produce poesía.
Te adentra en un mundo de animales, de
animales petrificados, de pájaros que hacen de mensajeros entre el cielo y la
tierra. De aves bellas y engreídas en su belleza que te mirarían cara a cara
desafiantes si no fuera porque están muertas,
perfectamente muertas, dejando un bonito cadáver. Animales que representan las
almas sin alma. Decía Borges en su Elogio de la sombra: “El animal ha
muerto o casi ha muerto. / Quedan el hombre y su alma.” Y Vilariño toma los objetos sin alma
por excelencia, las calaveras, y los combina con misteriosos reptiles
retorcidos, secos, erguidos, acompañantes. Mezclas extrañas de animales y aparejos
de trabajo que de extraordinarias resultan cotidianas. Reuniones de elementos limpios, casi quirúrgicos y que en el fondo tienen la nostalgia de los viejos laboratorios
de colegio. La mirada infantil de la vitrina llena de tubos de ensayo y botes
con animales raquíticos y descoloridos ahogados en formol. La melancolía de la
naturaleza, de lo conocido, de lo cotidiano.
Es el poeta
de la naturaleza muerta, de la casi vida, de las mezclas de animales muertos
que resultan más bellos de lo que fueron en vida. Aves, reptiles y roedores espléndidos
en sus camas de especias: de clavo, de cúrcuma, del pimentón de la Vera de sus
Fragmentos de viaje extremeños. Animales estáticos en eterno movimiento,
amordazados con lazos de raso para impedir un vuelo que nunca levantarán,
emprendiendo viajes cuyo destino no conocerán, como decía T.S. Eliot “Lo que
pudo haber sido es mera abstracción / quedando como eterna posibilidad / solamente
en el mundo de la especulación.”
El artista
compone bodegones, y nos deja a la casi luz de una vela. La luz amarillenta que
se consume, que sabemos que se acabará derritiendo, desapareciendo. Dejando el
recuerdo de lo que fue. La vela que se acaba, que muere, que deja sombras
alargadas y oscuras. Como el propio fotógrafo y poeta explica: “La vida es un proceso de demolición
que yo documento (…) es trazar círculos de desaparición, (…) el círculo de la
existencia y la inexistencia, no exactamente de la muerte”. Y así nosotros
esperamos la desaparición de la vela observando sus derredores llenos de
objetos rituales en proceso de
descomposición.
Escuchamos
el mar y el campo. Y vemos la niebla,
los acantilados y una Galicia que parece Islandia y viceversa. Y entonces entra
la interrogación, la pregunta sobre la no existencia, la escucha, como él dice:
“con esa sensación de cuando te acercas a montañas y
océanos y sabes que llegas a lo desconocido y a lo salvaje, (…) de acercarse a lugares intactos aunque no lo
sean. Me interesa como
experiencia de lugar de escucha o de silencio y siempre observado con los ojos
del animal.” Y en la
escucha de imágenes, y de sonidos está la soledad. La soledad como experiencia
de vida, de dolor y de pérdida, pero también como inevitable compañera de viaje.
La soledad que te conduce y que una vez asumida se convierte en creativa, en
aliada, en ejercicio.
Ceso. Manuel. Veo
alzarse
a los pájaros del mar.
Alas de sombra
derrotan
hacia el país del
jamás.
(Antonio Gamoneda).
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