miércoles, 25 de septiembre de 2013

El animal ha muerto o casi ha muerto.


Lola Martínez Velacoracho.


   Manuel Vilariño te adentra en el mundo del azar, de la muerte, de la soledad, de la sombra. El mundo de las especias, de la cúrcuma antiinflamatoria que consumes sin mesura  cuando enfermas, para curarte,  para intentar contribuir a una sanación incierta. La enfermedad que viene y te toca, que te golpea y te sume en una morriña de la que no sabes despegar y que produce silencio. Produce poesía.

   Te adentra en un mundo de animales, de animales petrificados, de pájaros que hacen de mensajeros entre el cielo y la tierra. De aves bellas y engreídas en su belleza que te mirarían cara a cara desafiantes  si no fuera porque están muertas, perfectamente muertas, dejando un bonito cadáver. Animales que representan las almas sin alma. Decía Borges en su Elogio de la sombra: “El animal ha muerto o casi ha muerto. / Quedan el hombre y su alma.” Y Vilariño toma los objetos sin alma por excelencia, las calaveras, y los combina con misteriosos reptiles retorcidos, secos, erguidos, acompañantes. Mezclas extrañas de animales y aparejos de trabajo que de extraordinarias resultan cotidianas. Reuniones de elementos  limpios, casi quirúrgicos y que en  el fondo tienen la nostalgia de los viejos laboratorios de colegio. La mirada infantil de la vitrina llena de tubos de ensayo y botes con animales raquíticos y descoloridos  ahogados en formol. La melancolía de la naturaleza, de lo conocido, de lo cotidiano.

Es el poeta de la naturaleza muerta, de la casi vida, de las mezclas de animales muertos que resultan más bellos de lo que fueron en vida. Aves, reptiles y roedores espléndidos en sus camas de especias: de clavo, de cúrcuma, del pimentón de la Vera de sus Fragmentos de viaje extremeños. Animales estáticos en eterno movimiento, amordazados con lazos de raso para impedir un vuelo que nunca levantarán, emprendiendo viajes cuyo destino no conocerán, como decía T.S. Eliot “Lo que pudo haber sido es mera abstracción / quedando como eterna posibilidad / solamente en el mundo de la especulación.”

   El artista compone bodegones, y nos deja a la casi luz de una vela. La luz amarillenta que se consume, que sabemos que se acabará derritiendo, desapareciendo. Dejando el recuerdo de lo que fue. La vela que se acaba, que muere, que deja sombras alargadas y oscuras. Como el propio fotógrafo y poeta  explica: “La vida es un proceso de demolición que yo documento (…) es trazar círculos de desaparición, (…) el círculo de la existencia y la inexistencia, no exactamente de la muerte”. Y así nosotros esperamos la desaparición de la vela observando sus derredores llenos de objetos rituales  en proceso de descomposición.

   Escuchamos el mar y el campo. Y  vemos la niebla, los acantilados y una Galicia que parece Islandia y viceversa. Y entonces entra la interrogación, la pregunta sobre la no existencia, la escucha, como él dice: “con esa sensación de cuando te acercas a montañas y océanos y sabes que llegas a lo desconocido y a lo salvaje, (…)  de acercarse a lugares intactos aunque no lo sean. Me interesa como experiencia de lugar de escucha o de silencio y siempre observado con los ojos del animal.” Y en la escucha de imágenes, y de sonidos está la soledad. La soledad como experiencia de vida, de dolor y de pérdida, pero también como inevitable compañera de viaje. La soledad que te conduce y que una vez asumida se convierte en creativa, en aliada, en ejercicio.

Ceso. Manuel. Veo alzarse
a los pájaros del mar.
Alas de sombra derrotan
hacia el país del jamás.

(Antonio Gamoneda).

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