miércoles, 25 de septiembre de 2013

LA ESENCIA DEL ÓBITO

La esencia del óbito
Ana Isabel del Casar Benítez
La muerte significa, en todos los tiempos, obsesión, pues, siendo el más cotidiano de los acontecimientos vitales (junto al nacimiento), su esencia es aún completamente desconocida, indescifrable. En la expresión de esa esencia trabaja el artista coruñés Manuel Vilariño, de quien se expone, bajo el título de “Seda de Caballo”, en torno a un centenar de obras (fotografías sobre todo, poemas, videoproyecciones…) en La Tabacalera de Madrid, bajo el comisariado de Fernando Castro Flórez. Este centenar de obras recogen tres décadas de producción, en las que se distinguen ciertos temas transversales, como son la espiritualidad india o la importancia de la Naturaleza como reflejo del núcleo más primitivo del hombre. No es esta exposición, sin embargo, una retrospectiva, ya que realiza una cuidada selección de las obras que giran en torno al fin.

En Vilariño, la muerte carece de su concepción ritual, religiosa o social, convirtiéndose en un hecho puramente íntimo, que adquiere uno u otro sentido en función de la obra observada. En la montaña de cúrcuma que recibe al visitante, la muerte posee un sentido despiadado, al mostrar crudamente la suma impotencia del hombre, al arrojar cruelmente la certeza de que los humanos aún no somos nada. Esta montaña acumula un condimento que, según la medicina ayurvédica, resulta beneficioso para el tratamiento del cáncer, especialmente el del estómago. Sin embargo, éste no acepta más de un 0,02 % de su remedio. Una acumulación de salvación que, aunque se pega en la piel al tocarla, está fuera del alcance del hombre.

La muerte, a raíz del inesperado fallecimiento de la esposa del artista, es vista también como un acto repentino, que de tan rápido en su golpe, resulta imposible de asimilar. Las lustrosas aves de “Bestias involuntarias” miran al espectador con ojos directos, profundos, ojos inquietantes que realizan una llamada al interior más inefable del hombre, el mismo que surge al contemplar las llamas de una hoguera en la noche. Estas miradas resultan asfixiantes, pues fascinan y atrapan, pero atrapan estando muertas, no siendo ya nada. Aves muertas de mirada vivísima, aves vivas a pesar de su muerte física.

Sin embargo, a pesar de la intensidad de la revelación de la vida en la muerte, la muerte no deja de ser lo que siempre ha sido, el fin, la pérdida, la soledad, y la conciencia posterior de ello lleva a la melancolía. La melancolía de ver a Abada, al gran rinoceronte, el animal poderoso de piel tan gruesa que se creía coraza de hierro, en la lejanía, difuminado, yéndose, escapándosenos. La melancolía de los acantilados islandeses de “Al despertar”, de los bodegones en los que una calavera convive con una vela que se apaga, de los caballos que en la fiesta gallega de “a rapa das bestas” son domesticados a la fuerza, arrebatándoles la libertad salvaje al cortarles las crines que forman la pieza “Seda de caballo”.


No importa la visión predominante de la esencia del óbito, en toda la exposición, el artista ha negado al espectador la posibilidad de huir, de fugarse hacia realidades más abstractas y hermosas, más rosas. Ya sea en obras en blanco y negro, ya sea en obras de colorido impactante proporcionado por las especias de “Paraíso fragmentado” (obra que representó a España en la 52ª Bienal de Venecia), Vilariño establece en sus fotografías un fondo similar a una nebulosa de aire, rechazando cualquier accesorio que distraiga la atención. Crea así fotografías directas, concisas, con una estética muy cuidada y depurada, con la intención de elaborar poemas visuales cuyo mensaje esté articulado por la filosofía. 

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