La esencia del óbito
Ana Isabel del Casar Benítez
La muerte significa, en todos los
tiempos, obsesión, pues, siendo el más cotidiano de los acontecimientos vitales
(junto al nacimiento), su esencia es aún completamente desconocida,
indescifrable. En la expresión de esa esencia trabaja el artista coruñés Manuel
Vilariño, de quien se expone, bajo el título de “Seda de Caballo”, en torno a
un centenar de obras (fotografías sobre todo, poemas, videoproyecciones…) en La
Tabacalera de Madrid, bajo el comisariado de Fernando Castro Flórez. Este
centenar de obras recogen tres décadas de producción, en las que se distinguen
ciertos temas transversales, como son la espiritualidad india o la importancia
de la Naturaleza como reflejo del núcleo más primitivo del hombre. No es esta
exposición, sin embargo, una retrospectiva, ya que realiza una cuidada
selección de las obras que giran en torno al fin.
En Vilariño, la muerte carece de
su concepción ritual, religiosa o social, convirtiéndose en un hecho puramente
íntimo, que adquiere uno u otro sentido en función de la obra observada. En la
montaña de cúrcuma que recibe al visitante, la muerte posee un sentido
despiadado, al mostrar crudamente la suma impotencia del hombre, al arrojar cruelmente
la certeza de que los humanos aún no somos nada. Esta montaña acumula un condimento
que, según la medicina ayurvédica, resulta beneficioso para el tratamiento del
cáncer, especialmente el del estómago. Sin embargo, éste no acepta más de un 0,02
% de su remedio. Una acumulación de salvación que, aunque se pega en la piel al
tocarla, está fuera del alcance del hombre.
La muerte, a raíz del inesperado fallecimiento
de la esposa del artista, es vista también como un acto repentino, que de tan
rápido en su golpe, resulta imposible de asimilar. Las lustrosas aves de
“Bestias involuntarias” miran al espectador con ojos directos, profundos, ojos
inquietantes que realizan una llamada al interior más inefable del hombre, el
mismo que surge al contemplar las llamas de una hoguera en la noche. Estas
miradas resultan asfixiantes, pues fascinan y atrapan, pero atrapan estando
muertas, no siendo ya nada. Aves muertas de mirada vivísima, aves vivas a pesar
de su muerte física.
Sin embargo, a pesar de la
intensidad de la revelación de la vida en la muerte, la muerte no deja de ser
lo que siempre ha sido, el fin, la pérdida, la soledad, y la conciencia
posterior de ello lleva a la melancolía. La melancolía de ver a Abada, al gran
rinoceronte, el animal poderoso de piel tan gruesa que se creía coraza de hierro,
en la lejanía, difuminado, yéndose, escapándosenos. La melancolía de los
acantilados islandeses de “Al despertar”, de los bodegones en los que una
calavera convive con una vela que se apaga, de los caballos que en la fiesta
gallega de “a rapa das bestas” son domesticados a la fuerza, arrebatándoles la
libertad salvaje al cortarles las crines que forman la pieza “Seda de caballo”.
No importa la visión predominante
de la esencia del óbito, en toda la exposición, el artista ha negado al
espectador la posibilidad de huir, de fugarse hacia realidades más abstractas y
hermosas, más rosas. Ya sea en obras en blanco y negro, ya sea en obras de
colorido impactante proporcionado por las especias de “Paraíso fragmentado”
(obra que representó a España en la 52ª Bienal de Venecia), Vilariño establece
en sus fotografías un fondo similar a una nebulosa de aire, rechazando
cualquier accesorio que distraiga la atención. Crea así fotografías directas,
concisas, con una estética muy cuidada y depurada, con la intención de elaborar
poemas visuales cuyo mensaje esté articulado por la filosofía.
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