Elisa
Garrido Delgado
“No news, good news” Y es que la “normalidad” de
nuestra sociedad se considera ya paradójicamente un cúmulo de “anormalidades”
que, generalmente, se encuentran relacionadas con el hecho más natural (aunque difícil
de asimilar) de todos: La muerte. El concepto de muerte se encuentra arraigado
en nuestro entorno como parte de lo cotidiano, ¿Quién no ha sido prevenido
contra algo “mortal”? Alcohol, drogas, tabaco,...Algunos afirman que vivimos en
una sociedad con falta de valores, sin éticas claras, yo prefiero decir que
vivimos en la cultura de la muerte. En ella esta se encuentra sobrevalorada. Realmente
debería entenderse como algo obvio, algo tan real y natural como el azafrán que
colorea la paella valenciana o el pimentón del pulpo gallego. Es precisamente
este pensamiento el que me viene a la cabeza al llegar a un lugar que (de haber
conservado su fin inicial) actualmente podría considerarse una “fábrica de muerte”,
moderna cámara de gas: Una antigua tabaquería. Como la Carmen de Bizet esperé
la cola en la puerta sin mucha idea de lo que encontraría y así, me dispuse a
penetrar en el mundo de Seda de Caballo de Manuel Vilariño.
Al recibirme una montaña de algo tan natural como la
cúrcuma (típica especia india) considerada por esta cultura como alimento con
propiedades medicinales y curativas, me vienen a la cabeza la ambrosía y el néctar
de los dioses (cuya ingestión confiere inmortalidad) pero, más allá de las
divinidades pienso en el elixir de Nicolas Flamel, obtenido a partir de la
piedra filosofal, que tenía la propiedad de alargar la vida y prevenir
enfermedades. Nunca he acertado a comprender el afán humano por apartarse de la
muerte si es precisamente esta la que confiere valor a la vida; como le dice
Aquiles a Briseida en la película Troya: “Los dioses nos envidian. Nos envidian
porque cada instante nuestro podría ser el último. Todo es más hermoso”. En el
fondo de la estancia se nos muestra una tabla del clan de los Bwa (tribu
africana) que cree en un dios creador, Diffini, quien abandona a sus creados
dejándoles a su hijo Do. Todos recordamos la cita de Albert Einstein referida
al Dios cristiano: “Dios no juega a los dados” y es que Diffini crea pero no
escucha o mueve las vidas de sus creados a posteriori.
Aunque en teoría se hace otra división de la
exposición, para mí queda dividida en dos partes; muerte y vida. La primera
transmite la muerte como algo tan natural como las especias. Muerte que desde
tiempos inmemoriales ha caminado de la mano de la religión, como atestiguan los
escapularios o símbolos religiosos que acompañan a los fiambres metazoos de “Paraíso
Fragmentado”. Esta primera parte (que agrupa tanto los bodegones como la obra
de pelo de caballo y las diversas fotografías de metazoos) cabe renombrarla con
uno de los redichos tópicos renacentistas (“Tempus
fugit” o “Memento mori”). Y, lo
que califico de “segunda parte” sería lo que engloba tanto los poemas escritos
como las fotografías de paisajes que, a pesar de resultar un tanto apagados o
tétricos transmiten vida, pues es lo que muestran: una gran variedad de
metafitas características galegas que, a pesar de ser en algún caso fruto de un
incendio devastador siguen conservando su majestuosidad: Galicia calidade. Para
terminar, nos recibe el propio artista, que nos muestra su vida. Una vida que quizá
no alcanzamos a comprender, puesto que, en muchos casos, sólo cabe entender la
propia. Cada vida es diferente al resto teniendo, sin embargo, algo en común a
todas: Precisamente su final; como dice Lana del Rey: “We were born to die”.
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