martes, 24 de septiembre de 2013

MUERTE EMBOTELLADA



Elisa Garrido Delgado

“No news, good news” Y es que la “normalidad” de nuestra sociedad se considera ya paradójicamente un cúmulo de “anormalidades” que, generalmente, se encuentran relacionadas con el hecho más natural (aunque difícil de asimilar) de todos: La muerte. El concepto de muerte se encuentra arraigado en nuestro entorno como parte de lo cotidiano, ¿Quién no ha sido prevenido contra algo “mortal”? Alcohol, drogas, tabaco,...Algunos afirman que vivimos en una sociedad con falta de valores, sin éticas claras, yo prefiero decir que vivimos en la cultura de la muerte. En ella esta se encuentra sobrevalorada. Realmente debería entenderse como algo obvio, algo tan real y natural como el azafrán que colorea la paella valenciana o el pimentón del pulpo gallego. Es precisamente este pensamiento el que me viene a la cabeza al llegar a un lugar que (de haber conservado su fin inicial) actualmente podría considerarse una “fábrica de muerte”, moderna cámara de gas: Una antigua tabaquería. Como la Carmen de Bizet esperé la cola en la puerta sin mucha idea de lo que encontraría y así, me dispuse a penetrar en el mundo de Seda de Caballo de Manuel Vilariño.

Al recibirme una montaña de algo tan natural como la cúrcuma (típica especia india) considerada por esta cultura como alimento con propiedades medicinales y curativas, me vienen a la cabeza la ambrosía y el néctar de los dioses (cuya ingestión confiere inmortalidad) pero, más allá de las divinidades pienso en el elixir de Nicolas Flamel, obtenido a partir de la piedra filosofal, que tenía la propiedad de alargar la vida y prevenir enfermedades. Nunca he acertado a comprender el afán humano por apartarse de la muerte si es precisamente esta la que confiere valor a la vida; como le dice Aquiles a Briseida en la película Troya: “Los dioses nos envidian. Nos envidian porque cada instante nuestro podría ser el último. Todo es más hermoso”. En el fondo de la estancia se nos muestra una tabla del clan de los Bwa (tribu africana) que cree en un dios creador, Diffini, quien abandona a sus creados dejándoles a su hijo Do. Todos recordamos la cita de Albert Einstein referida al Dios cristiano: “Dios no juega a los dados” y es que Diffini crea pero no escucha o mueve las vidas de sus creados a posteriori.


Aunque en teoría se hace otra división de la exposición, para mí queda dividida en dos partes; muerte y vida. La primera transmite la muerte como algo tan natural como las especias. Muerte que desde tiempos inmemoriales ha caminado de la mano de la religión, como atestiguan los escapularios o símbolos religiosos que acompañan a los fiambres metazoos de “Paraíso Fragmentado”. Esta primera parte (que agrupa tanto los bodegones como la obra de pelo de caballo y las diversas fotografías de metazoos) cabe renombrarla con uno de los redichos tópicos renacentistas (“Tempus fugit” o “Memento mori”). Y, lo que califico de “segunda parte” sería lo que engloba tanto los poemas escritos como las fotografías de paisajes que, a pesar de resultar un tanto apagados o tétricos transmiten vida, pues es lo que muestran: una gran variedad de metafitas características galegas que, a pesar de ser en algún caso fruto de un incendio devastador siguen conservando su majestuosidad: Galicia calidade. Para terminar, nos recibe el propio artista, que nos muestra su vida. Una vida que quizá no alcanzamos a comprender, puesto que, en muchos casos, sólo cabe entender la propia. Cada vida es diferente al resto teniendo, sin embargo, algo en común a todas: Precisamente su final; como dice Lana del Rey: “We were born to die”.

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