martes, 24 de septiembre de 2013

"Esos fragmentos he reunido a pesar de mi ruina."

Macarena Ramos Valenzuela
Crítica de la exposición de Manuel Vilariño.



Miedo, desorientación. Eso fue lo primero que pasó por mi mente nada más atravesar la puerta de Tabacalera y encontrarme de frente con la obra que daba inicio a la exposición. Mi vista se desviaba una y otra vez a la tabla representada en la pantalla (de la cual mi primera impresión fue que era de tres en raya) y al pequeño montículo de lo que yo al principio pensé que era arena.
Una vez explicado de lo que se trataba, la tabla africana sobre la que se realizaban rituales, acompañado del montículo de "kurkuma", me permitieron realizar una primera idea del trasfondo de la exposición. Ésta se me presentaba como dos ideas enfrentadas: Vida y Muerte.
Mi profesor ofrece un dato para mí significativo en esa oposición vida-muerte, y es que si la tabla africana podría ser un presagio de muerte, la especia de la "kurkuma" es utilizada para prevención del cáncer. Por tanto, ofrece una esperanza de vida, a parte de ser un homenaje a la mujer de Vilariño, fallecida hace unos años a causa de la enfermedad citada.
Acompañando a la pantalla y a la especia, unos cantos de ballena resonaban en la sala, intercaladas con unos versos en inglés de dos poemas muy importantes para el artista: el primero, de Ezra Pound, perteneciente a sus "Cantos":

                    Falling spiders and scorpions ,
                   give light against falling poison,
                  A wind of darkness hurls against forest
                                              the candle flickers
                                                              is faint.

Este pequeño fragmento se compenetra con una frase de otro autor contemporáneo a Pound, T. S. Eliot, de su obra, "Tierra baldía", la cual me llamó bastante la atención:

                  These fragments I have shored against my ruins.

Pasando por la primera estancia descubro hermosas aves se muestran con una mirada fría, congeladora, que parecen mirar a través de mí. Sin embargo, el descubrir que esas aves estaban muertas, disecadas, hizo que mi impresión sobre la muerte, que te mira tan fijamente, me pusiera los pelos de punta. En primer lugar porque la apariencia de las aves es de completa viveza, dando la apariencia de que Vilariño las hubiera fotografiado en un momento de distracción de las criaturas.
Más pavor me causaron las mismas aves antes representadas con tanta vida, fotografiadas en la estancia siguiente, en la obra llamada Paraíso fragmentario.
El simbolismo representado en esta obra se me tornó contradictorio. Por una parte los pájaros aparecían muertos sobre un lecho de especias, entre las que se encontraban el pimentón o la "kurkuma" antes dicha. De rojo intenso, unas cintas rodeaban sus cuerpos, que se ofrecen como una esperanza de vida tras la muerte, como se creía en las antiguas tradiciones.
Sin embargo, mi visión de esas imágenes era la de un aprisionamiento por parte de la muerte. El ver a las aves atadas con fuerza con aquel hilo rojo me hizo pensar que precisamente no puedes huir de la muerte, estás atado, es tu destino. Ergo, si no puedes huir de la muerte, ¿es posible la esperanza de resurrección?
Las especias sobre las que estaban posadas tenían una connotación de vida, pero las cenizas son polvo, y las aves están muertas. En palabras del Génesis, "polvo eres y en polvo te convertirás".
Por otra parte, y para añadir un poco más de sentido crítico a la exposición, en las fotografías de las Montañas negras, he de decir que no entendí exactamente lo que el artista quería decir. Mi impresión fue que al pensar en la montaña, la vemos como sombría, majestuosa.

En resumen, la obra de Manuel Vilariño consiguió sorprenderme así como la originalidad a la hora de realizar su trabajo, y su forma de ser tan enigmática y misteriosa, que parece ser requisito para cualquier artista.

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