jueves, 26 de septiembre de 2013

LLAMADA DE ATENCIÓN DESESPERADA

Crítica de la exposición de Manuel Vilariño por Fátima M. Marín Núñez


   El ser humano, por defecto, necesita de un alguien que complete su psiqué. Salvador Dalí tenía a Gala, Allen Ginsberg tenía a Peter Orlovsky, incluso una mente perturbada como la de Adolf Hitler precisaba de Eva Braun. Manuel Vilariño no iba a ser menos. Es un hecho que la muerte de su mujer le ha marcado profundamente y ha precipitado la disposición de sus obras en su última exposición, Seda de caballo, como un grito en la nada, un recuerdo del material con del que estaba hecha la cama que compartió durante tantos años con ella, y su vida, ambas ahora vacías.
   La primera señal la encontramos en el propio emplazamiento donde tiene lugar la exposición de arte: una tabacalera en ruinas, perfecta metáfora de su alma rota. Al introducirnos en el mundo de Vilariño, nos recibe una montaña de cúrcuma, homenaje a la India y sus viajes por Oriente. A esta escena le acompaña el llanto de una ballena, espíritu libre atrapado en una grabación en constante repetición y sin final.
   La exposición se divide en varias obras, rincones de la mente del artista. Así, una de ellas, llamada Los Pájaros, reúne una serie de fotografías de aves disecadas cuyos ojos inertes miran directamente al espectador, reminiscencia de la gorgona petrificante, presentimiento fatal y hermoso. Otra obra, titulada Cabezas o Sueños, rebosa melancolía, la realidad de que somos nada y nos convertimos en nada, por eso elige las calaveras, representando el final de la mirada humana asociada a la multitud del mundo.
   Vilariño nos permite contemplar una pieza que muestra una secuencia de animales muertos junto a instrumentos del propio artista que él ya no utilizaba. Así, y con su peculiar manera de ver el mundo, nos hace comprender que nada es eterno, todo tiene fin, no somos nada, idea ya reiterada. Nos enseña que incluso los objetos, que siempre han sido inertes, estos instrumentos que no usa, son desechados y apartados, que lo viejo de este mundo no tiene validez.
   Y es aquí, en este momento, cuando llegamos a una de las obras cumbre y más representativas del arte de Vilariño: Paraíso Fragmentado, un panel de fotografías rebosante de color que contrasta con ese mundo blanco y negro que hemos recorrido hasta llegar a este lugar. La obra representa diferentes especies de aves, a excepción de una serpiente situada en el centro de la misma, yaciendo todas ellas sobre lechos de especias de color, recordando nuevamente los viajes por Oriente del fotógrafo, su exótico sabor. Esta llamarada de color hace recobrar la esperanza por una vida vacía, en fotografías editadas cargadas de referencias religiosas presentes en las cuerdas rojas que abrazan a los animales.
   Otro elemento importante de la obra de Vilariño son sus poemas, de carácter melancólico y nostálgico, un nuevo modo de expresar sus heridas como una llamada de socorro, algunas de ellas dedicadas a su compañera. Así, a lo la exposición, se presentan estos poemas de manera intermitente, guiando al espectador hacia el alma de Vilariño.
   Es preciso hablar, además, de sus paisajismos, fotografías captadas desde playas de Galicia que miran al mar, dando la espalda al mundo industrial, como un deseo de desaparecer de esa sociedad artificial para fundirse nuevamente con la naturaleza, aislado de un mundo enfermo y agonizante, opción que ha escogido el propio artista al trasladarse a vivir a la intimidad de la nada de un bosque perdido.
   En resumen, la obra de Vilariño refleja el alma de alguien que quiere, necesita, ser salvado. Y ha encontrado a su mesías en el arte.

No hay comentarios:

Publicar un comentario