UN ENCUENTRO CON LA VIDA.
Julia Fernández
Toledano
Viajar es una
de las grandes pasiones del espíritu aventurero. Un viaje te aleja de la realidad semanas,
meses e incluso años, o como en este caso, horas. La exposición Seda de Caballo de Manuel Vilariño es
justamente eso, un viaje. Un viaje desconcertante y único, que te hace olvidar
el mundanal ruido durante algún tiempo.
El artista
lleva a cabo una combinación entre fotografía y poesía, dos de las artes más bellas
y expresivas. Según Octavio Paz “la poesía es conocimiento, salvación, poder y
abandono. Operación capaz de cambiar al mundo”. Para Susan Sontag “la
fotografía es, antes que nada, una manera de mirar”. Entonces, ¿qué es si no
una explosión de belleza estas dos artes combinadas?
En la primera
sala, la montaña de cúrcuma transporta al visitante a la India. Además
encontramos una fotografía en movimiento. Se trata de una tabla ritual
africana. Junto con estos dos elementos, escuchamos una poesía de fondo y el canto de
las ballenas. Todo ello, nos da las claves de la exposición: un viaje marcado
por la naturaleza y la muerte de su mujer. Se nos anticipa que su obra se está
moviendo alrededor de la existencia y la inexistencia. Es más, me atrevo a
hacer una comparación, al igual que la cúrcuma tiene poderes curativos para
diversas enfermedades, quizá esta exposición los tenga para el alma.
Una de las
cosas llamativas que se aprecia en Seda
de Caballo es como en primer lugar encontramos las obras en blanco y negro y a medida que nos
adentramos va apareciendo el color, donde su máxima explosión queda reflejada
en la obra “Paraíso fragmentado”. Además es digno de admirar como a medida que
avanzamos en la exposición aumenta el desconcierto y el asombro, capacidad esta
última que nunca debemos perder. La vida sin asombro sería pura rutina y
carecería de sentido. Asombro en este caso por los colores, la manera de
componer, por la belleza y la contemplación de la vida a través de la cámara de
Vilariño.
En toda su
obra encontramos el animal elevado a lo simbólico. Un ejemplo destacado es la
“Serie de los pájaros”. Casi todos ellos están muertos y traspasan las entrañas
del espectador con esa mirada animal, siendo en muchos casos el reflejo de la
nuestra propia, triste y melancólica. Con esto el artista consigue romper con
el espacio y el tiempo, atrapándonos por unos instantes en su obra. Las
fotografías de naturalezas muertas, muy sugestivas y evocadoras, resultan
especialmente interesantes. En ellas destaca principalmente un objeto, la vela
con una llama frágil, que representa la vida, que puede apagarse en cualquier
momento con la llegada de la muerte. Es aquí donde quien las contempla lleva a
cabo una profunda reflexión sobre la vida y la muerte. En cuanto a
las llamativas e imponentes fotografías de los paisajes tanto marinos como
montañosos, pronto se convierten en el más fiel reflejo de nuestra tristeza. Contemplándolas
se dará uno cuenta que parece ser el
propio “Caminante ante el mar de niebla”
de Fiedrich.
Finalmente
encontramos un vídeo en el que vemos al artista en su día a día. Haciendo lo
que le gusta, sin pronunciar palabra y transmitiéndonos así mucho más que si
nos hablara. Con esto finaliza la sobrecogedora exposición de Vilariño
consiguiéndonos quitar ese sabor amargo de la muerte contemplado a lo largo de
toda la exposición con este último detalle esperanzador. En cualquier caso
Seda de Caballo es un viaje propicio
y muy recomendable para realizar, ya que sus obras eligen y atrapan a sus
contempladores haciendo que éstos se encuentren
a sí mismos entre tanta incertidumbre.
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