Crítica sobre la exposición de Manuel Vilariño titulada "Seda de caballo", por Lucía Pozzo.
Después del calor
abrasador de la calle, el frío de la exposición. Es difícil no encontrarla,
gracias a los dos pomposos carteles que decoran la calle, anunciándola. Y es un
frío gélido lo que te recibe. Milton afirmaba que el infierno era frío, y, en
ese momento, pensé que me estaba metiendo en el lugar equivocado. La habitación
era negra como boca de lobo, y el único foco de luz estaba centrado en un
montoncito de un polvo que parecía sacado del mismísimo infierno, del color de
la sangre de los ángeles y la llama de las velas. Un ruido opresivo, agobiante,
te tapa los oídos, como los lamentos de los muertos, mientras la dulce voz de
una mujer recita un poema que parece tu réquiem. En la pared delantera, en la
que centras tu vista apenas entrar, había un tablero similar al del ajedrez. Y
una calavera de cordero se movía en los espacios negros, un movimiento rítmico
y cadencioso que atrapa la mirada, como si esperases que, en algún momento, se
detuviese. “El descenso al Averno es fácil”, dice Virgilio. Y, en ese momento,
con el sonido opresor atronando en mi cabeza, el fuerte olor del montoncito de
cúrcuma adherido a mis sentidos y el hipnótico movimiento de la calavera por el
tablero, sentí que me estaba adentrando en el mismísimo Infierno.
Cuando llegué a la siguiente
exposición, quedé petrificada. En medio de la tabacalera casi derruida, había una
pared imposiblemente blanca de la que colgaban simétricamente colocadas unas
fotografías monocromas, en las cuales distintos tipos de aves te petrificaban con su
intensa mirada. Pero mi vista viajó por ellas hasta quedar atrapada en una
fotografía en especial. Una lechuza, con la cabeza vuelta hacia el espectador,
clavaba su mirada de piedra en mí, como si supiese que estaba maravillada por
su culpa, como si el cristal lo tuviese yo y no ella, como si fuese yo la
encerrada y ella la que me estuviese mirando como si fuese una atracción de
feria. Y, cuando explicaron que esos animales estaban muertos y habían sido
disecados, algo se rompió dentro de mí. Me costó despegarme esa mirada e ir a
la siguiente sala, en la que el blanco y negro lo embargaba todo, como el mundo
de Hel, del que los muertos no pueden escapar. Muñecos anatómicos me miraban
desde su cárcel de marcos negros, con unas extrañas formas enredadas a ellos,
serpientes, coral saliendo del cráneo. Era como si hubiesen congelado una danza
macabra.
Y, tras eso, la siguiente exposición, y el color. El rojo de la sangre
y la pasión, el naranja del fuego, el marrón de la tierra que se traga a los
muertos. Un conjunto fotográfico apareció ante mí, estimulando mis sentidos con
una explosión de colores que fueron como ver el sol tras largos días de oscuridad.
Pero lo que descubrías con la luz del sol era algo tan horrible que era
preferible ocultarse en el mundo monocromo. Fotos de animales disecados atados
con cintas rojas, descansando en una incómoda fosa de especias, sufriendo
después de muertos. Embargada de tanto horror fascinante, no esperaba encontrar
algo sencillamente bello en esa exposición. Pero eso fue antes de llegar a la
última sala.
Grandes fotografías
decoraban las paredes, unas fotografías hermosas, playas, mares que parecían el
Paraíso de Dante. Como si, tras pasar por dos infiernos, uno monocromo y el
otro de fuego desatado, me permitiesen descansar y gozar sencillamente ante una
belleza milenaria. Fue una única fotografía la que atrajo mi atención. La
fotografía de un acantilado en blanco y negro, con las rocas similares a carbón
alzándose sobre un mar embravecido. Fue como si me trasladase al cuadro, como
si yo estuviese de pie sobre ese acantilado rocoso y de repente cayese por él,
esperando extender en cualquier momento unas alas blancas y comenzar a volar.
“El descenso al Averno es fácil, noches y días están abiertas las puertas del
negro Plutón”, dice Virgilio. Así que os animo a apresuraros. Estamos hablando
de Manuel Vilariño, y no del dios del Inframundo, por lo que este Infierno
cierra a las ocho.
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