jueves, 26 de septiembre de 2013

La sombra de Abada

La sombra de Abada
Moira Jordan Berástegui-Sampedro

Oscuridad y olor a cúrcuma es el contexto en el que envuelven los pasillos de la Tabacalera, donde se presenta la exposición de fotografía del artista Manuel Vilariño  “Seda de Caballo”
En el espacio “promoción del arte” de la Tabacalera se presenta la colección de fotografías del artista Manuel Vilariño, el cual recibió en el año 2007 el premio Nacional de Fotografía.  En su obras encontramos poesía e instalación audiovisual,  series fotográficas realizadas desde 1998 hasta el presente.
La exposición se podría dividir desde varios puntos de vista y según el contenido de sus salas, como por ejemplo en animales, paisaje y naturaleza muerta. El primer impacto que recibe el público es el de una serie de fotografías en blanco y negro de grandes dimensiones, donde se muestras pájaros de varios tipos. Pájaros con una mirada fija en el espectador que provoca un en él un sentimiento de nostalgia y tristeza, al descubrir que estos se encuentran muertos. Es aquí donde se empieza a tomar conciencia sobre los animales fotografiados, y la temática del programa fotográfico de Manuel Vilariño. Esta toma de contacto y conciencia sobre la temática de los animales se incrementa con la segunda obra que encontramos en la exposición “Paraíso fragmentado”,  en el cual la marca de la muerte es mayor. Con las mismas características que en la anterior obra, ahora el autor ya si utiliza el cromatismo en sus imágenes. En esta obra aparecen una serie de cadáveres de animales enredados con hilos simulando escapar. Esta serie fotográfica crea una des concertación en el espectador, ya que a primera vista las fotografías muestran una agradable composición de figuras y de colores, que se acentúa en algunas fotografías con el amarillo, el rojo y el color azulado de algunos de los pájaros, pero observando la obra en profundidad,  las imágenes que aparecen son desagradables y dramáticas a la vez que vivas por su composición e intensidad, es en este momento donde se toma conciencia de la muerte y de la soledad: cada animal aparece individualizado en su nido y lecho de muerte.
La soledad queda proyectada en cada rincón de la exposición. A esta peculiaridad también ayuda el lugar, frio e inhóspito, pero a la vez acogedor, ya que nos embauca por sus pasillos a recorrer cada escondrijo con atención y total lujo de detalles.
A la soledad ya mencionada se le añade la serenidad cuando se contempla las imágenes de paisajes y acantilados, de los cuales habría que destacar la textura propia que presenta el mar en algunas de estas imágenes, casi palpables con las manos.
Estas marcan el camino de lo lejano y la lejanía de uno mismo ante las cosas, un camino abandonado donde cualquier ser la humanidad ha dejado su huella, una pequeña huella.
Llegando al fin de este recorrido nos encontramos con la serie de las calaveras y las velas, las cuales simbolizan la muerte y el recuerdo de ella “momento mori”, recordando al cuadro de Hans Holbein “Los embajadores” del siglo XVI, entre otros muchos cuadros de la historia donde aparece esta temática.

El sueño, el deseo, el espacio, el tiempo y por último la muerte, es el camino que traza esta exposición, no pudiendo haber sido tan característica si no fuera por su emplazamiento, por el olor que discurre por los pasillos de la misma, y que te deja cuando te marchas. A esto, he de añadir que visualmente las composiciones de Manuel Vilariño son de gran gusto y agrado a la vista, pero hay que destacar el displacer que crean los animales abiertos, cosidos y con alambres en su interior.

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