José Ramón Amondarain: El Buen Ladrón
Por María de Jesus Sarubbi
La exposición “Caminar la Línea” de José
Ramón Amondarain presenta obras muy diversas. Si bien apenas se entra en la
galería se tiene la sensación de estar ingresando al lobby de un hotel, y se
cae en la tentación de seguir caminando dejando las imágenes colgadas de las
paredes a la ventura de la visión periférica, al detenerse a observarlas el
panorama es bastante diferente. Las caracolas retratadas con el nombre de un
artista moderno debajo, se vuelven atractivas y misteriosas…llevando al
espectador a intentar encontrar la relación entre la apariencia de la caracola
y el nombre que aparece junto a ella. Y cuando se encuentra, este hallazgo
viene acompañado de una media sonrisa. Lichtenstein, Turner, Tápies, Marlene
Dumas…todos tienen su caracola privada y particular, bañada en sus estilos tan
personales, como si los mismos artistas las hubieran intervenido.
En la serie de anagramas “Amar Gana”, Amondarain
vuelve a absorber a otros artistas: va más allá de sus obras o de su aporte a
la Historia del Arte y toma algo más obvio, más básico y más simple: las letras
de sus nombres. Y las usa para generar nuevas palabras, nuevos significados,
jugando con el lenguaje.
Lo que visualmente sí llama la atención son
dos cuadros de gran tamaño que muestran imágenes de un material denso, que
parece ser óleo en grandes cantidades (o muy magnificado). Dan la impresión de
ser momentos de la creación artística, como que intentara mostrarnos lo que
pasa en el backstage de sus obras con
los materiales: cómo los prueba, los modifica, los retrata. Lo que atrae de
estas dos obras –además de las ganas que generan de meter mano y jugar con ese
material- es quedarse con la duda de si son fotografías o pinturas, dos ramas
del arte que para Amondarain están muy ligadas.
Sus esculturas (aunque utilizar este
término no sea más que un eufemismo para describir estas creaciones en tres
dimensiones que presenta el artista) son indescifrables. Es difícil intentar
decodificar lo que el artista quiere transmitir, si es que realmente busca transmitir
algo. Quizás sean simplemente eso que se ve y nada más: un plato pintado sobre
una columna de metacrilato, unas pinceladas en la parte superior de un bloque
de poliéster, o una especie de adoquín sobre una foto aérea del Museo Reina
Sofía. Se puede entrever un común denominador de materiales y temas que se entrelazan
entre si y que atraviesan las obras expuestas y que le dan coherencia a esta
selección de obras: Historia del Arte, pintura-fotografia, poliéster. Si bien Amondarain es un artista que se apropia de las obras –y hasta de los nombres- de otros artistas y tira de ellos para realizar sus propias obras, hay que reconocer que lo hace siempre con una vuelta de tuerca, la exaltación de algún detalle que quizás se nos pasa desapercibido a nosotros pero no a él. Y resulta divertido descubrir qué cosas le llamaron la atención y con qué aspectos de estos grandes artistas está jugando. Y es precisamente por esto que no solo se le perdona el hurto, sino que hasta le podemos dar una palmada en la espalda, sonsacándole la promesa de que seguirá reinterpretando el arte conocido y renovándolo con su peculiar y entretenida mirada.
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