por Sara Rodríguez Canal.
Hace pocos
días me dirigía a ver la exposición de Miguel Vilariño en la Tabacalera. Por
los alrededores, tanto en tiendas como cafeterías, había decoraciones un tanto
provocativas de calabazas, calaveras y telarañas… ¡claro! Es Halloween. Cuál
fue mi sorpresa que al entrar en la Tabacalera, todo a mi alrededor me parecía semejante,
como un gran casa del terror. Un edificio antiguo, ruidos agónicos, una gran
torre de una especias naranjas y una instalación multimedia con
calaveras apareciendo y desapareciendo, todo en penumbra, como buena casa de
los horrores. Un gran sentimiento de asombro, o miedo, se adueñó de mi cuerpo,
no voy a negar que por un momento pensara en salir de aquel lugar.
A primera
vista todo parecía relacionado con África, no se muy bien por qué lo vi así.
Pero no hay que mirar, hay que ver, y pensar lo que estar viendo. Semanas antes
acudí a una fiesta típica India que consistía en tirarse unos a otros pintura
en polvo de colores. En toda la India se hace este rito, diferente en algunos
lugares, en conmemoración de un mito de dos versiones: en una de ella preside
el amor y en la otra la muerte y el sufrimiento. Al recordar aquello entendí
que lo que estaba observando era cúrcuma, remedio contra el cáncer y otros males.
Ya todo iba cobrando algo más de sentido. Los gritos agónicos de un animal
luchando por vivir y una tabla de ajedrez con calaveras pasando de un lado a
otro, como jugando a fúnebres cual romano, jugando con la
muerte.
Miradas profundas
y penetrantes de animales disecados, como muertos en vida cuya mirada de Gorgona
nos deja petrificados ante ellas. Pasar de un hilo o esperanza de vida a la
muerte en tan solo tres pasos. Las aves volando pueden ser símbolo de la
alegría, la armonía, éxtasis, el equilibrio, y el amor. Un sentimiento de libertad
espiritual y psicológica. En este caso sentimos lo contrario. Con herramientas
alrededor, mezclando hombre y naturaleza, ambos con un mismo final, con la
imposibilidad de cambiarlo.
Tras pasar
el periodo de esperanza y agonía, y tras la muerte puede venir la resurrección,
tal y como le sucedió a Zagreo, dios griego despedazado y resucitado. Al igual
que la antigua cultura griega, nos parece estar en un paraíso fragmentado, es
decir, sabemos su existencia y nos maravilla pero no podemos acceder a él. La inmortalidad
en sí misma, mezclar vida y muerte, como Perséfone, viviendo en el Hades,
siendo reina del inframundo y diosa de la primavera. Al igual que la mezcla de
velas encendidas, con calaveras y frutas como la granada. Animales superpuestos
en cruces de especias, al igual que cristo clavado en la cruz. Vuelve el color
a las imágenes aunque no tardan mucho en desaparecer.
Tras la resurrección
vuelve la vida. Realizando obras inmóviles de paisajes que reflejan esa fuerza
que solo pueden tener las olas rompiendo contra los acantilados. Esa suavidad
de las olas llegando a la orilla. El que este en blanco y negro no quiere decir
que sea menos impactante. Hay un mayor contraste entre los elementos. También hay
un video en la que podemos apreciar al propio artista en contacto con la
naturaleza y con el miso, un acercamiento al espectador en el que se puede
apreciar la conexión con la naturaleza que ha estado presente durante el paseo
por esta exposición.
No hay que
olvidar la obra que le da nombre “seda de caballo”, una gran bola de crin de
caballo. Como esta última obra, toda la exposición puede parecer un sin
sentido, hasta que ves en vez de mirar.
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