ELISA
GARRIDO DELGADO
“Mi
querida España, esta España mía, esta España nuestra” Cantaba
Cecilia hace muchos años. Cantaba a la misma España que fue en un tiempo tierra
de grandes reyes, el más vasto imperio del mundo conocido, la que unida
consiguió deshacerse de un prestigioso ejército de casacas azules contando tan
sólo con la fuerza ciudadana. La misma que sangró dolor, sufrimiento y opresión
hasta quedar seca en el siglo XX (ya nos dicen los viejos, que en este país
hubo una guerra…) Cantaba a la España de que unos quieren huir mientras otros observan
derrumbarse al amparo de una “relaxing cup de café con leche”. Pero, ¿Qué es
España si no sus gentes, las personas que la constituyen? Porque, al contrario
de lo que muchos creen, España no es un símbolo, ni una bandera, ni un himno
con o sin letra. Es su sociedad y es por tanto esta la única responsable de
todo lo que le pasa, en lo bueno y en lo malo, en la salud o en la enfermedad.
Esto último es precisamente lo que denuncia Florentino Diaz en su última
exposición en la galería Astarté; la enfermedad de España, su podredumbre. Nos
muestra un país que como el marco de una vieja puerta antaño útil se apaga
esperando el golpe de gracia que haga desaparecer su forma para siempre o la
transforme insuflándole un nuevo significado.
Florentino Díaz se alza como el nuevo Ibañez,
introduciendo además en su obra cabezas o miembros de sus personajes como si
de un macabro experimento del Bacterio se tratara. Así, como el dibujante hizo
en su tiempo, Diaz critica la sociedad española actual, esa gente que parece
desahuciada de su propio país de manera que ni lo siente como tal ya que; por
un lado sus mismos representantes (electivos o no) paradójicamente no la
representan en absoluto y, por otro lado sus mismos iguales, por estas razones,
tachan, a quienes muestran amor por el país, de ser de una ideología u otra
concretas. Así, España se desmorona; como las puertas de Florentino o el puente
de Goya, se dirige a ninguna parte. Sin embargo, seguirá siendo España mientras
quede un insensato que, sintiéndose español enamorado de su tierra, esté
dispuesto a luchar por ella. Como dice el himno cantado en la Segunda República
española: “La patria nos llama a la lid, ¡Juremos
por ella vencer o morir!” . Independientemente de las ideologías,
creencias, pensamientos o simples razonamientos que pueda haber de por medio,
cualquier persona puede sentir amor por su gente y mejorar el futuro de esta
sin necesidad de un cambio drástico a gran escala. Y es que, ya nos dijo
C.S.Lewis en el prefacio de su obra Cartas
del diablo a su sobrino: “Un pequeño hombre puede evitar, en ocasiones, un
error cometido por un gran hombre”.
Así, ¿De qué sirve lamentarse por nuestra mala
suerte? ¿A qué fin llorar una y otra vez las desgracias que nos atormentan? Es
claro que el resultado no será otro que caer en mayor medida en el desasosiego
de saber que sufrimos por la culpa de otros. Quizá en un principio ayude a
desahogarse, a liberarse del peso que nos cargan manos ajenas sobre los
hombros, pero, a la larga, es un método de perfecta autodestrucción personal
depresiva. Y digo yo, los lamentos, las quejas (no sólo en lo referente al tema
comentado, si no en general) sólo pueden considerarse “buenas” si son
constructivas y por lo tanto aportan una posible mejora, si las quejas que tenemos
no son constructivas y no damos suficiente valor a aquello de que nos quejamos
como para tratar de mejorarlo, entonces, tal vez deberíamos retirarnos y
desentendernos del tema hasta su última consecuencia. Como U2; “with or without you”. Blanco o negro, el
gris no existe.
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