miércoles, 16 de octubre de 2013

El Arte de la Queja


El Arte de la Queja
Por María de Jesús Sarubbi
Un hogar inhabitable es lo que presenta el escultor Florentino Díaz en su exposición “La Casa Desolada”.  Es lo que para él se ha vuelto España. O quizás siempre lo fue, si observamos las obras anteriores de este artista, siempre enfocado en el arte de crítica social. Díaz ya ha expresado su juicio sobre la remodelación de la M-30 en Madrid y la ribera del Rio Manzanares, sobre la conquista de América, etc. Aquí, en la Galería Astarté, es el turno de la crisis actual. A través de pequeñas casas construidas en madera reciclada intenta transmitir su descontento. Casas vacías donde el hombre, cuando aparece, es una mera caricatura dibujada o tallada en la pared, una sombra que no ocupa espacio, que está pero no está, que quiere vivir pero no le dejan. También acentúa este mensaje en una serie de fotografías de salones vacíos  intervenidas con grapas y sombras humanas que fueron más que dibujadas, casi talladas a golpes de carbonilla negra, con el énfasis propio del enojo y la angustia. Forma extraña de representar la situación de una España en paro, donde muchas casas ya no están vacías sino llenas de sus habitantes sin rutina laboral,  que esperan una llamada, una oportunidad.
Las esculturas de pared también tienen su lugar entre las obras seleccionadas para esta exposición. Tanto en esta serie de esculturas como en la serie de las casas, Díaz utilizó maderas recicladas de las puertas de edificios emblemáticos como fueron el Hotel Palace y Atocha 55. Los textos que incluye en estas piezas y que aluden directamente al paro, a la corrupción y a “La Marca España” cargan aun más de significado a la materia prima utilizada y enfatizan su mensaje. Sus estructuras de acero inoxidable y caucho están impregnadas de dramatismo. Las púas sobresalen amenazantes subrayando la idea de ruina y desolación y guiando la mirada hacia los cuadrados negros, que parecen resumir su visión del problema que aqueja al país.
A través de una serie de 3 fotografías de uniformes de operarios de fabrica colgados de un muro y rodeados de cubiertos, pareciera que el artista intenta simbolizar un armario de la casa donde la ropa de trabajo pende vacía, sin actividad y sin el sustento que permita tener algo para comer.
Como Mario Benedetti, Diaz parece decir:” No cabe duda. Ésta es mi casa/aquí sucedo, aquí/me engaño inmensamente/Ésta es mi casa detenida en el tiempo. (…) Tengo millones de huéspedes/que ríen y comen/copulan y duermen,/juegan y piensan,/millones de huéspedes que se aburren/y tienen pesadillas y ataques de nervios.(…)Pero a mi casa la azotan los rayos/y un día se va a partir en dos/Y yo no sabré dónde guarecerme/
porque todas las puertas dan afuera del mundo.”La casa de Díaz es una casa abandonada, desierta, habitada solo por sombras oscuras, por espectros de seres humanos. Es una casa de corrupción, de leyenda negra, de pesimismo y de soledad. Por suerte no es la casa de todos los españoles que intentan hacer del lugar donde habitan un sitio acogedor. Y quizás por eso la casa de Díaz está vacía: porque nadie quiere vivir en el pesimismo y la queja, en la destrucción y la desolación. Pero tal vez tenga miedo de salir de ella, enfrentarse al mundo y pelear por hacerlo mejor…tal vez prefiera seguir mirando por su ventana, desde adentro, desde la seguridad de su desamparo. Goethe decía que para conocer a alguien hay que ir a su casa. Y esta es la de Florentino Díaz.

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