Crítica a la exposición de Jorge Barbi
Por Concepción Sanz Cuesta
En el mini “Chelsea madrileño”, a espaldas del grandioso
Reina Sofía, se han encontrado “Señales de humo”, exposición fotográfica, del
singular artista Jorge Barbi. Él mismo nos presenta su obra, transmitiendo la
sensibilidad, sobriedad, timidez y la reflexión motivada con que expresa sus
sentimientos a través de sus trabajos, nos toca profundamente el alma y nos
hace ver lo más sencillo desde otro ángulo, desde otra perspectiva. La galería
viguesa Bacelos, en su reapertura en Madrid, apuesta de nuevo, después de 20
años, por su paisano y su viaje a través de la observación cotidiana de la
naturaleza. En sus obras presenta el entorno en el que vive, las costas
gallegas. La actividad creacional del artista se desarrolla a través de un
paseo por los alrededores de su hogar, a lo largo de esos encuentros fugaces
sobre los que luego reflexiona, medita y convierte en piezas de arte.
“Descubrir las cosas la primera vez, es un placer”
explica Barbi, sus procesos creativos comienzan a elaborarse cuando camina,
contempla, encuentra y finalmente trabaja directamente sobre ellos. Todo ese
proceso forma parte de su creación. Primero sabe encontrar y luego transformar
en el sentido que le lleva su inagotable creatividad. Su arte no es tanto la
producción, sino un acto selectivo, ante la forma de mirar el mundo, alguien
que elige y selecciona, siempre de forma tranquila y poética. Su trabajo
concluye con la mirada del espectador y su voluntad de abandonarse libremente a
la impresión de la obra, encendiendo la capacidad de imaginar, un juego entre
el artista y el público.
“El arte es sobre todo un estado del alma”, decía Marc
Chagall. Y es el alma, convertido en arte lo que nos transmite la obra del
gallego. “Señales de humo” lleva por título la interpretación del cosmos
construido con objetos desordenadamente colocados, que preceden a los trabajos
-clavos oxidados, hierros, maderos arrastrados por el mar, inservibles a simple
vista- no llegarán a ninguna parte, no transmiten aparentemente mensaje. Es el juego
y el azar los que generan escenas de la vida cotidiana, pero detrás de cada una
de sus series hay años de trabajo y reflexión. Todo lo hacemos producto del placer,
de la necesidad o del azar; caminar por placer, mirar u observar por necesidad
y existir por azar, concepto complementario del conocimiento humano. Esta idea
queda plasmada en el tríptico donde conviven una treinta de imágenes de animales,
piedras, plantas, dibujos en la arena… Expresiones de vida que habitualmente se
esconden sin pretenderlo de la mirada humana. También objetos de naturaleza
inorgánica, excrementos de gaviotas, que convierten a Barbi en una especie de biólogo
naturalista ávido de registrar minuciosamente las transformaciones y
desplazamientos en el paisaje.
La percepción de un elemento es fundamental en el
proceso creativo, se convierte en un derecho del artista del mismo modo que lo
es de la naturaleza. La obra conceptual de Barbi nos ha enseñado la verdadera responsabilidad
con la vida, con el ser humano y con lo que nos rodea, debemos caminar con los
ojos abiertos de par en par y con el alma expuesta a las sensaciones, para
encontrar una obra de arte a cada paso. No es imprescindible que nadie nos
instruya, nos eduque o nos indique sobre lo que es una obra de arte o donde o
cuando encontrarlas. Estamos rodeados de ellas, no solo visitando museos y
galerías. No deberíamos perdernos lo que no conseguimos ver. El final, aquí.
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