miércoles, 16 de octubre de 2013

¡ESTA CAMA ESTÁ MUY DURA!

 Por Marta Miguel.

Se nos muestra como si fuera algo innovador, cuando la obra de Florentino Díaz, si bien es cierto que la erudición que lo caracteriza como escultor es indudable, no es el primero ni será el último que grite, literalmente o en silencio, la absoluta indignación que rebosa en los cerebros de la gran mayoría de individuos mínimamente honestos con respecto a la situación actual en la que se encuentra nuestro país. Pero en lo que nos respecta, está claro que ante todo la intención del artista es chillar, bramar, desgañitarse en un idioma en el que, afortunadamente para el extremeño, pocos como él pueden hacerlo. Habida cuenta de que Florentino reincide en sus elementos constructivos básicos como son la idea de la casa y los objetos más ligados a ella como vínculos conceptuales, es el propio artista quien subraya que la mayor intención de esta exposición, lo que le ha llevado a mostrar tantas casas desoladas, es el carácter crítico e irónico como la única forma posible de desahogo ante la circunstancia de aquel que de pronto se da cuenta de que lo único que bajo el velo de la apariencia era cálido, acogedor, agradable, como son los atributos de una definición de hogar, es en realidad pura mierda adornada, una mierda que por muy exquisita que sea, como aquella que envasó Piero Manzoni, no sirve absolutamente para nada. ¿De qué sirve tanta materia, tanto adorno, si el alma de lo adornado ni tan siquiera existe? De pronto el pobrecito español que creía tener una casa confortable se da cuenta de que su cama está dura, tanto como lo que crea Florentino Díaz.

Transmitido todo esto a través de cómics y trozos de madera que, dicho sea de paso, provienen de unos perfectos estado y calidades en la basura -lo cual es otra reivindicación del despilfarro-, según mi parecer las obras son excepcionales mensajeras de un sentimiento que inunda cada vez más nuestro pensamiento. Es posible que no resulten tan estética, bellas, o armónicas como parece que han de ser las obras de arte, pero considero que la mejor forma de mostrar una realidad fea es mediante objetos que no sean precisamente hermosos y agradables. Las alusiones a los cómics recuerdan al famoso reír por no llorar, mientras que aquellas estructuras de acero y caucho son el esqueleto yermo que muestra la Nada, el mismo vacío que manifiesta la protagonista de la obra de Laforet: el frío.

“Seguiremos robando a los pobres para dárselo a los ricos”, satirizaba Costa-Gavras, o S.R.A.L.P.P.D.A.L.R., en versión florentiniana. Quizá los títulos de las obras compuestos por siglas que, si se desconoce su significado, podrían deducirse de forma errónea y con un método hasta esquizofrénico, como si de un rompecabezas se tratara, no son tan lúcidos como pretenden ser. Pero a su favor diré que por vez primera en la Historia del Arte queda retratada L.M.E. , o La Marca España, principal motivo de burla en esta síntesis de irritación, acaso remitiendo a los absurdos retratos del dos y el cuatro.


Así pues, Florentino Díaz nos cierra las puertas de su casa, o al menos de aquello que parecía serlo, sin dejarnos indiferentes, porque parece que alguno de aquellos salientes de las estructuras del gélido acero quedan incrustados en una parte de nosotros, igual que el metal era el único sostén de ese mono de trabajo cuya vergüenza y miseria son retratadas por el artista, o del mismo modo que transmiten el frío de la exposición, de la realidad, de la casa desolada.

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