Por Marta Miguel.
Se nos muestra como si fuera algo innovador, cuando la obra de
Florentino Díaz, si bien es cierto que la erudición que lo
caracteriza como escultor es indudable, no es el primero ni será el
último que grite, literalmente o en silencio, la absoluta
indignación que rebosa en los cerebros de la gran mayoría de
individuos mínimamente honestos con respecto a la situación actual en la
que se encuentra nuestro país. Pero en lo que nos respecta, está
claro que ante todo la intención del artista es chillar, bramar,
desgañitarse en un idioma en el que, afortunadamente para el
extremeño, pocos como él pueden hacerlo. Habida cuenta de que
Florentino reincide en sus elementos constructivos básicos como son
la idea de la casa y los objetos más ligados a ella como vínculos
conceptuales, es el propio artista quien subraya que la mayor
intención de esta exposición, lo que le ha llevado a mostrar
tantas casas desoladas, es el
carácter crítico e irónico como la
única forma posible
de desahogo
ante la circunstancia de
aquel que de pronto se da cuenta de que lo único que bajo el velo de
la apariencia era cálido, acogedor, agradable, como son los
atributos de una definición de hogar, es en realidad pura mierda
adornada, una mierda que por muy exquisita que sea, como aquella
que envasó Piero Manzoni, no sirve absolutamente para nada. ¿De qué
sirve tanta materia, tanto adorno, si el alma de lo adornado ni tan
siquiera existe? De pronto el pobrecito español que creía tener una
casa confortable se da cuenta de que su cama está dura, tanto
como lo que crea Florentino Díaz.
Transmitido todo
esto a través de cómics y
trozos de madera que, dicho
sea de paso, provienen de unos perfectos estado y calidades en la
basura -lo cual es otra reivindicación del despilfarro-, según mi
parecer las obras son excepcionales mensajeras de un sentimiento que
inunda cada vez más nuestro pensamiento. Es posible que no resulten
tan estética, bellas, o armónicas como parece que han de ser las
obras de arte, pero considero que la mejor forma de mostrar una
realidad fea es mediante objetos que no sean precisamente hermosos y
agradables. Las alusiones a los cómics recuerdan al famoso reír
por no llorar, mientras que
aquellas estructuras de acero y caucho son el esqueleto yermo que
muestra la Nada, el mismo vacío que manifiesta
la protagonista de la obra de Laforet: el frío.
“Seguiremos robando a los pobres
para dárselo a los ricos”, satirizaba Costa-Gavras, o
S.R.A.L.P.P.D.A.L.R., en versión florentiniana. Quizá los títulos
de las obras compuestos por siglas que, si se desconoce su
significado, podrían
deducirse de forma errónea
y con un método hasta esquizofrénico, como si de un rompecabezas se
tratara, no son tan lúcidos como pretenden ser. Pero
a su favor diré que por vez
primera en la Historia del Arte queda retratada L.M.E. , o La
Marca España, principal motivo
de burla en esta síntesis de irritación, acaso remitiendo a los
absurdos retratos del dos y el cuatro.
Así pues, Florentino Díaz nos cierra las puertas de su casa, o al
menos de aquello que parecía serlo, sin dejarnos indiferentes,
porque parece que alguno de aquellos salientes de las estructuras del
gélido acero quedan incrustados en una parte de nosotros, igual que
el metal era el único sostén de ese mono de trabajo cuya vergüenza
y miseria son retratadas por el artista, o del mismo modo que
transmiten el frío de la exposición, de la realidad, de la casa
desolada.
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