Ángela López Isla
Y
España una casa, cuya marca no se deja habitar.
L.M.E
que es como subtitula Florentino Díaz su
exposición, siglas de la tan aclamada hoy, Marca
España. Siendo marca consonante, si se me permite, con mierda. Y creo que
todos sabemos ya donde y como estamos, en el país que sale a la calle y se oye,
solo a ratos, en las noticias. Pero es aquí, ante esto, donde toma el arte su
conciencia particular, y como estudiábamos en el colegio con el romanticismo o
la generación del 98 “ante un momento de crisis existen dos respuestas: la
evasión y la crítica” Y ahora que la crisis es política, y culpable de la
economía, nos encontramos con dos versiones de la respuesta; la primera y más
distendida que esa adicción al drama y miedo en la que todos alguna vez hemos caído
y segunda la respuesta más difícil o comprometida,
que es la de crítica o juicio personal,
siempre constructivo del que siente lastima por el país al que ha nacido
arraigado.
Es en este último grupo es donde entraría este
artista, Florentino, cuya obra no pasa de largo por los problemas que nos atañan,
si no, que los hace eje de ella. Así nos
encontramos ante una enorme colección de casas, que como la de cada uno de
nosotros define a la perfección nuestro mundo y conflictos interiores; de
manera que la de Florentino, siendo la de España propia define lo que hay, corrupción,
precariedad y paro a partes iguales. Como extensión terrenal de la casa, nos encontramos
con una serie de mapas enormes de España en madera reciclada de cajas de fruta.
Cajas de fruta que nos llevan a lo más primitivo de la cadena económica, como
lo también nos lleva a pensar en lo más simple y puro del crecimiento humano,
la infancia. Infancia a la que apelan
las sillas del colegio donde nos sentamos para aprender y empezar el camino, evocación
a este mismo estadio son los personajes con recortables de ropa obrera. Y hasta
la cartela de las obras de la galería llevan implícita esa inocencia de todo
niño que marca una raya sobre el folio (pared) blanca para no torcerse con el bolígrafo.
El
artista enormemente retraído que no es capaz de explicar su obra y parece temer a un grupo
de estudiantes con más miedo que él, pero no solo no teme, si no que se atreve a reivindicar por una sociedad que
solo los utópicos pensamos en cambiar, muestra una actitud bastante controvertida. Esta actitud que podría ser loable para
algunos y enormemente criticable por otros, dado que no resulta fácil comprender, para mi y a modo de opinión personal, como una persona sin ningún tipo de formación académica y que se declara artista "que va a su aire" sin seguir ningún tipo de corriente estética puede tener la capacidad o posibilidad de formar parte de una gran galería donde vender parte de su producción. Pero sin mas cuestiones personales es Florentino Díaz, su obra y la galería Astarté quien nos devuelve a la eterna pregunta en lo que a arte contemporáneo y conceptual se refiere ¿Van unidos y son indispensables la estética y función de una obra para ser considerada arte?
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