Crítica de la exposición “la casa desolada” de
Florentino Díaz por Gabriel Izquierdo de la Puebla
Desde hace muchos años, el arte ha ido derivando
poco a poco en distintos géneros artísticos: el género pictórico, los géneros literarios,
los géneros musicales y cinematográficos hasta el siglo XX, en el cual se ha
comenzado a desarrollar un arte que ha ido cambiando con lo establecido
buscando la originalidad y rompiendo con el arte figurativo. Es lo que se
denomina arte abstracto.
Yo como aprendiz de arte universitario todavía no
estoy muy familiarizado con este tipo de arte pero gracias a la visita que
realicé a la exposición de Florentino Díaz y junto con las que ya vi hace poco
de Vilariño, Barbi y Amondaraín me han ido introduciendo poco a poco en este mundillo.
El artista extremeño Florentino Díaz nos muestra en
la Galería Astarté el concepto de “la casa” y “lo político”, es decir, lo que
pretende el artista con su exposición es transmitir a todos los que vayan a
visitarla el siguiente mensaje: “No hay nada como el hogar”. Con esto lo que
quiere reflejar es la idea de la casa como un lugar cómodo y confortable ya
que desgraciadamente tal y como está la situación económica hay muchas personas
en este país que no pueden gozar de dicho privilegio y se ven obligados a
quedarse sin algo tan valioso como es su hogar con todo lo que conlleva sufrir
esa pérdida.
La obra comienza con un conjunto de maquetas de unas
casitas a medio construir realizadas con piezas recicladas de puertas tiradas a
la basura en las que aparecen personajes del cómic de los años 50-60, quizá
Florentino los eligió por que eran sus favoritos en su niñez.
Estas miniobras son una reivindicación de lo que
despilfarramos debido a que la mayoría de las puertas estaban en perfecto
estado. No sabemos apreciar lo que tenemos cuando hay gente que daría lo que
fuese por tener la mitad de nuestros bienes materiales. Yo destacaría una en
particular que representa, a mi juicio, a un hombre que llega a su casa del
trabajo y la encuentra vacía, sin comodidades, sin familia y sin nada, puede
representar la lucha diaria de un trabajador que se esfuerza pero nada
consigue.
En frente, en la misma sala, se encuentran unas
estructuras metálicas a las que el artista ha denominado “santuario”. Estos
santuarios hacen referencia a lo prohibido y a lo privado, me explico,
antiguamente los santuarios eran lugares de culto a los dioses y solo podían
pasar ciertas persona, como los sacerdotes y esta decorado con pinchos que
rodean el marco asemejando, o por lo menos lo interpreto yo así, a esas
mansiones de ricos con esas puertas con rejas indicando que es una propiedad
privada.
En la pared tenemos fotos de formato pequeño en el
que se representan trajes que se pone el propio artista para trabajar e incluye
una serie de cubiertos como elementos decorativos.
Pasando por un estrecho pasillo llegamos al corazón
de la galería en donde el autor nos expone con cajas de naranjas recicladas
varios modelos de curiosas casitas, en una de ellas nos enseña su visión sobre
como sería una oficina en la que aparece el cómico Filemón y en la otra, cuyo
título es “el Marchante Alemán” no he conseguido vincular la construcción con
el nombre asignado. Otra obra destacable de Florentino me invita a trasladarme de
nuevo al colegio al contemplar esa silla infantil con el mítico Mortadelo.
En esta exposición Florentino nos aclara que su
interés por el arte no está creado pensando en la venta de sus obras, sino en
el deleite personal que recibe realizando un trabajo que le apasiona.
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