jueves, 24 de octubre de 2013

Under a sky, no one sees, waiting, watching it happening.

Llegamos a un lugar misterioso totalmente oscuro y ya sentimos la sensación del artista de introducirnos a la naturaleza, oímos un ruido que te hace trasmitir un ambiente místico con ruidos similares a los de unos animales, mientras caminas la tarima cruje y es como si estuvieras penetrando una selva y pisarás ramas. Tras esta sala nos encontramos con las primeras fotografías algo que puede ser algo impactante para el espectador, sobre todo para el espectador que no está acostumbrado a ver retratado a animales muertos que se le suma a continuación con otros animales que trasmiten una sensación de paz, de duelo, mezclado con tintes, especies, ramas etc… Y percibimos una mezcla cálida de colores con la presencia de algo rojo, como un lazo o una cuerda.

 Seguimos caminando y encontramos más imágenes de animales con una serie de herramientas que te hacen pensar la similitud de estos instrumentos con la del animal retratado y a su vez te hace pensar en las herramientas necesarias del taxidermista, sus herramientas necesarias para disecar a un animal.

 Llega un momento en la exposición a la que un fotógrafo le llamará más la atención y es la parte de “El Despertar” a simple vista parece haber una clara similitud entre los tres fotografías, pero hay algo que me cautivo de esto y es que me coloque frente a la primera y me daba la impresión de que la idea que tenía antes de similitud desaparece, la primera me parecía más desenfocada mientras que la tercera parecía más enfocada, el mismo proceso se repetía en cada una, unas imágenes tan simples y complicadas a la vez mezcladas en una puesta en escena cálida que te hace recordar el paso del tiempo a través de la vela y la calavera, muerte y vida en una misma composición. Misma sensación producida en los bodegones, unos bodegones con referencias a bodegones del siglo XVII, naturaleza muerta, un elemento presente en todas las obras que hemos visto hasta el momento, la muerte, la eterna condena del hombre, el fin de nuestra existencia.

 De repente llegamos a otra sala en la que renacemos, unos paisajes tan idílicos para un fotógrafo trasmitiéndote paz y vida con unas composiciones fantásticas, mezclando tonalidades y encuadres que no hace que mires a puntos exactos de la obra sino a toda la composición. Aquí es donde vemos la clara influencia del artista de su tierra de su Galicia, una naturaleza que me hizo viajar a 2005 a las Islas Canarias, era como si me encontrará de nuevo frente a el Acantilado de los Gigantes, en ese barquito en medio del mar enfrente de un sistema rocoso tan grande que te deja impresionado y por un momento todos tus pensamientos se esfuman. Esta misma sensación que tuve en aquel viaje volvió por momentos al encontrarme frente a las obras de Manuel Vilariño, con la piel de gallina seguí paseando por la galería y estaban exponiendo un pequeño corto que nos enseña al artista preparando el ambiente para hacer las fotografías y si te colocabas en un lugar escuchabas un sonido que te trasmitía directamente al lugar, el sonido del mar o el de las hojas, un elemento especial que te hace poner al nivel del artista el ambiente que le inspira para realizar sus fotografías. Manuel Vilariño un fotógrafo galllego que trasmite la sensación de la naturaleza muerta con tonos cálidos en sus animales muertos y fríos en sus paisajes, un ambiente misterioso que impacta al espectador y puede provocar repulsión con los animales muertos, utilizando técnicas fotografías como la profundidad de campo o el propio enfoque/desenfoque.

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