miércoles, 16 de octubre de 2013

Un chiste con sabor amargo

Crítica a la exposición de Florentino Díaz, por Carlos Lorenzo Mouronte

Vivimos en un mundo materialista donde lo importante es destacar. Donde lo nuevo sobrepone a lo viejo, a lo antiguo, a lo pasado de moda. Objetos que tuvieron su momento de esplendor pero que con los años han perdido la importancia en el mundo. Se olvidan lentamente como un instrumento útil en un momento preciso pero que, al fin y al cabo pasa a ser nada. Con estos objetos (o materiales) son con los que nos obsequia Florentino Díaz en su exposición La casa desolada, L.M.E. Materiales reciclados como una caja de madera donde se transporta la fruta son materiales con los que forma su obra.

El artista nos sumerge en un tiempo pasado, un tiempo de hambrunas, enfermedades y guerras. Nos cuenta una historia a través de imágenes procedentes de los cómics donde no existen ni héroes ni heroínas, ni belleza ni finales felices. En cambio, nos muestra la lucha de un pueblo por la supervivencia en un mundo en el que la ley y el poder recaían sobre una sola persona. Un pueblo trabajador que día a día sudaba sangre por vivir un solo día más. Este pueblo es representado por un mono de trabajo del propio artista con el cual nos transmite la vida diaria de nuestros antepasados. Fantasmas que nos persiguen hasta nuestros días. En la actualidad, y como crítica el artista, no hay solo un dictador en el país en el que vivimos sino que se multiplican descontroladamente y los cuales no producen ningún beneficio. Hombres y mujeres sin rostro que se pasean por la calle con un maletín y creyéndose que por ser así ya tienen derecho a gobernar el mundo. Sanguijuelas que se alimentan lentamente del pueblo al que, supuestamente juraron defender y gobernar con justicia. Escoria viviente e inservible que no saben otra cosa más que calentar el sitio.

Una estructura de metal nos muestra una verja sin barrotes donde se refleja la seguridad de un hogar que ha desaparecido y en el cual vive un pueblo en decadencia. Un pueblo que luchó por sus derechos y para tener algo que llevarse a la boca y que ahora malvive en silencio y sin trabajo. Un pueblo el cual vive en un país que sufre una grave enfermedad llamada corrupción. Corrupción producida por actores profesionales de la comedia y el dramatismo que ponen trabas al avance de un país en retroceso.

Actores que exprimen completamente al pueblo para obtener lujos que solo en tus sueños más fantasiosos los puedes llegar a conseguir. Pero, como un dicho que dice “después de la tormenta viene la calma”, este pueblo castigado y martirizado por la injusticia ha conseguido salir a delante y ha aprendido a levantarse. Poco a poco la seguridad de aquella verja sin barrotes se va restaurando con un muro grueso y donde aquellas casas en ruinas y a punto de caerse se van restaurando y reformando para volver a mirar hacia un futuro mejor. El artista nos muestra la hipocresía de las personas y sobre todo, la de esos falsos actores que nos prometen palacios y otros lujos cuando en realidad están hablándole a un espejo.

Con esta colección el artista nos quiere hacer ver, con un toque de ironía, la situación actual de un país en ruinas. Critica la realidad de cada día donde los poderosos sobrepasan a los más débiles. Pero lo que no ha sabido reflejar es que si una sola persona puede mover el mundo, cientos lo pueden llegar a cambiar. La pregunta más importante que nos tenemos que hacer es: ¿Quién está dispuesto a llevar esa pesada carga?

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