Aïda Becerra Alonso
Si, ‘haces que me quiera morir’ es mi título para esta
crítica, la empatía no es una cualidad muy resaltada ni común en las personas
de las últimas generaciones, pero para las personas que sí que lo tenemos
presente en nuestro día a día, ver una exposición cómo la que Manuel Vilariño
nos ofrece puede hacer que no veamos la muerte como él la representa y que nos
pongamos en el lugar de los animales de su obra y suframos más de lo que lo han
hecho ellos. Es una manera (desde mi punto de vista) muy cruel de representar
una realidad tan cruda como es la muerte. La idea está captada a la perfección
y la tiene bastante clara, la transmite de la manera más insufrible y violenta
que se le ha podido ocurrir, poniéndola en la piel de animales, lo cual puede
resultar un poco impactante para las personas que no piensan en ella todos los
días y para los grandes amantes de éstos seres vivos.
El recinto como poco descrito con la palabra ‘lúgubre’
transmite de todo menos buenas vibraciones, la sorpresa reside a la vuelta de
la esquina cuando el panelado de la pared, oculta parcialmente la ruina que el
edificio enseña, acompañado de ruidos que alguien considerará música y el
ambiente envuelto en un olor a cúrcuma proveniente de un gran montón de la ya
mencionada, enmarcada en un fondo de calaveras que cambian de manera azarosa
sobre un tablero de ajedrez proyectado.
Miradas perdidas o sin sentido; cuerpos inertes, vacíos,
acabados en todos los sentidos, eso es lo que se ve encima de una variedad de
especias o de herramientas con las que podemos construir y destruir al mismo
tiempo, la vida y la muerte en el mismo objeto, transmite todo tipo de
melancolías e impotencias por querer ayudar a esas pobres criaturas que ya no
tienen remedio, no tienen otro posible destino. Las velas transmiten inquietud
en medio de la tranquilidad puesto que son el único objeto de la composición
que puede moverse mientras lo fotografían, todo lo demás está inerte, quieto,
muerto. Cada composición guarda un trozo del autor que éste quiere que
conozcamos o que quiere que aprendamos a entender de la misma manera en la que
él lo entiende. La escultura más abstracta que tiene la sala puede que sea la
bola compuesta a base de crines de caballo que da nombre a la exposición,
ligada a su cama que tiene un material parecido y acompañada de un poema melancólico
y conmovedor en el que se puede apreciar un trocito más de él. El fallecimiento
de su mujer hizo que el tema que trata el conjunto entero de obras sea más
fácil de llevar por haberlo tenido tan cerca y haberlo sentido casi en él mismo.
Los paisajes de la última sala contraponiendo en una pared el mar y en otra las
montañas con la niebla, hace que sean más impactantes las imágenes y te quedes
preguntándote el por qué de esa disposición fotográfica, de esa manera tan
radical. Y el vídeo ‘abandonado’ en la pared, ahí, solo, apartado, en el que
aparece plantando un árbol, (para mí) es como si estuviese plantando
(devolviendo) toda la vida que en sus fotografías está completamente ausente.
Fotógrafo, poeta, escultor, compositor y en definitiva
artista se rebelan en cada una de las paredes de la Tabacalería mostrando sala
por sala una parte de sí mismo haciendo un recorrido de su vida y sus obras
desde hace casi 7 años cuando recibió el Premio Nacional de fotografía.
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