Crítica a la exposición "Señales de humo" de Jorge Barbi, por Lucía Pozzo
Tú lees “señales de humo”, y piensas en indios
agitando un trapo encima de una hoguera destartalada, o en cómo Gandalf jugaba
con el humo de su pipa. Pero Jorge Barbi no se refiere a un humo tan material.
En la primera obra de la galería nos encontramos con un fondo negro en el que
aparecen dispersos distintos bocetos del artista, rodeado por un agonizante
humo blanco que se asemeja a una nebulosa ardiente. Es casi como un dibujo de
niños que han colgado en la pared, cargándolo de un gran significado sin el
cual la obra carecería de sentido. A su lado se ven fotografías, todas de fondo
negro, que dan una sensación irreal, como si la maraña de objetos fotografiados
estuviesen suspendidos en medio de la nada, una nada irreal y forzosa, que
puede tragarte en cualquier momento.
Barbi dispuso tres recopilaciones de fotos según su
procedencia, una procedencia tan primitiva que resulta obvia pero que, sin
embargo, embarga al espectador de una tierna dulzura al ver sus instintos más
profundos representados de una forma tan hermosa. Barbi mezcla nuestros
instintos naturales: necesidad y placer, y les añade el sentido misterioso de
la vida, ese azar, ese destino griego del que no podemos huir por más que
corramos hasta desfallecer. Pero el terror y el miedo ante fondos negros y
destinos ineludibles no tienen cabida en Barbi. Su arte es demasiado dulce,
demasiado infantil para ello. Un niño no piensa en agujeros negros o hados
maliciosos, un niño recopila elementos hermosos para crear algo fantástico e
íntimo.
Barbi es como un cronista sin tinta, un historiador
de historias invisibles, un contador de cuentos que aún no han sucedido. En sus
obras se muestra la magia del ser humano, eso que en las antigüedad nos hacía
medio divinos, que nos acercaba a los dioses: muestra esa capacidad inocente de
crear algo por azar, por pura gracia de hacerlo o porque es necesario para
nosotros, y él consigue hacer arte con eso. Consigue sacar sonrisas y ablandar
corazones, que nos abramos a nuestros instintos más profundos y descubramos que
no son tan horribles como dicen, que con ellos podemos crear cosas
maravillosas. Barbi capta todo eso. Captura nuestro interior sin que nosotros
lo sepamos, él sabe ver las intenciones, los sucesos tras las cosas, adivina,
investiga, supone, inventa pasados que pudieron ser o no, pero que dan una
explicación a todas aquellas pequeñas cosas a las que nosotros no le damos
importancia.
Pero el arte de Berbi no se dedica únicamente a las
creaciones humanas. Barbi también es un fotógrafo de la naturaleza, de los
detalles más salvajes y pacíficos. Una ramita que, movida por el viento, deja
una marca en la roca; el fondo quemado de un cajón que puede contar mil
historias, o el excremento de una gaviota artista que parece el carnaval de la
muerte. Barbi ve más allá del humo, Barbi da forma a ese humo, hace que veamos
lo que se esconde tras él, cuenta historias y nos maravilla con ellas.
Barbi es un niño con una cámara que fotografía y
capta realidades normales y aburridas transformándolas en algo magnífico y
mágico, Barbi juega con el humo de su pipa y nos atrae a historias por contar y
a mundos por descubrir. Barbi es un Gandalf moderno que puede abrirnos una
puerta hacia los más extraños lugares, hacia bosques insondables y playas
desiertas, hacia trampas para lobos y puertas abandonadas. Barbi tiene la llave
para otro mundo.
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