jueves, 10 de octubre de 2013

Barbi como Gandalf el Gris



Crítica a la exposición "Señales de humo" de Jorge Barbi, por Lucía Pozzo


Tú lees “señales de humo”, y piensas en indios agitando un trapo encima de una hoguera destartalada, o en cómo Gandalf jugaba con el humo de su pipa. Pero Jorge Barbi no se refiere a un humo tan material. En la primera obra de la galería nos encontramos con un fondo negro en el que aparecen dispersos distintos bocetos del artista, rodeado por un agonizante humo blanco que se asemeja a una nebulosa ardiente. Es casi como un dibujo de niños que han colgado en la pared, cargándolo de un gran significado sin el cual la obra carecería de sentido. A su lado se ven fotografías, todas de fondo negro, que dan una sensación irreal, como si la maraña de objetos fotografiados estuviesen suspendidos en medio de la nada, una nada irreal y forzosa, que puede tragarte en cualquier momento.

Barbi dispuso tres recopilaciones de fotos según su procedencia, una procedencia tan primitiva que resulta obvia pero que, sin embargo, embarga al espectador de una tierna dulzura al ver sus instintos más profundos representados de una forma tan hermosa. Barbi mezcla nuestros instintos naturales: necesidad y placer, y les añade el sentido misterioso de la vida, ese azar, ese destino griego del que no podemos huir por más que corramos hasta desfallecer. Pero el terror y el miedo ante fondos negros y destinos ineludibles no tienen cabida en Barbi. Su arte es demasiado dulce, demasiado infantil para ello. Un niño no piensa en agujeros negros o hados maliciosos, un niño recopila elementos hermosos para crear algo fantástico e íntimo.

Barbi es como un cronista sin tinta, un historiador de historias invisibles, un contador de cuentos que aún no han sucedido. En sus obras se muestra la magia del ser humano, eso que en las antigüedad nos hacía medio divinos, que nos acercaba a los dioses: muestra esa capacidad inocente de crear algo por azar, por pura gracia de hacerlo o porque es necesario para nosotros, y él consigue hacer arte con eso. Consigue sacar sonrisas y ablandar corazones, que nos abramos a nuestros instintos más profundos y descubramos que no son tan horribles como dicen, que con ellos podemos crear cosas maravillosas. Barbi capta todo eso. Captura nuestro interior sin que nosotros lo sepamos, él sabe ver las intenciones, los sucesos tras las cosas, adivina, investiga, supone, inventa pasados que pudieron ser o no, pero que dan una explicación a todas aquellas pequeñas cosas a las que nosotros no le damos importancia.

Pero el arte de Berbi no se dedica únicamente a las creaciones humanas. Barbi también es un fotógrafo de la naturaleza, de los detalles más salvajes y pacíficos. Una ramita que, movida por el viento, deja una marca en la roca; el fondo quemado de un cajón que puede contar mil historias, o el excremento de una gaviota artista que parece el carnaval de la muerte. Barbi ve más allá del humo, Barbi da forma a ese humo, hace que veamos lo que se esconde tras él, cuenta historias y nos maravilla con ellas.

Barbi es un niño con una cámara que fotografía y capta realidades normales y aburridas transformándolas en algo magnífico y mágico, Barbi juega con el humo de su pipa y nos atrae a historias por contar y a mundos por descubrir. Barbi es un Gandalf moderno que puede abrirnos una puerta hacia los más extraños lugares, hacia bosques insondables y playas desiertas, hacia trampas para lobos y puertas abandonadas. Barbi tiene la llave para otro mundo.


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