jueves, 10 de octubre de 2013

EL VIEJO Y EL MAR

Desaprender y volver a aprender con Barbi
Alvaro Orosa Talarewitz

Tal y como decía Hemingway o la comiquísima versión que nos presenta Woody Allen en su obra maestra del cine Midnight in Paris del mismo “Nunca harás buen arte si tienes miedo a la muerte”, y supongo que tras ver la obra de Barbi, que es un recorrido a lo largo de  toda una carrera de trabajo, estamos ante buen arte, un arte “hecho con la suficiente pasión como para apartar a la muerte”, veraz, único, real, en definitiva, lo que uno espera ver de Barbi.
Desde el punto de vista del artista que soy, aunque amateur, mi más sincera opinión es que detesto la exposición. “Si la obra es mala la odiare por serlo, sin embargo si es buena la envidiaré y la detestaré aún más”, es algo que todos posiblemente en alguna ocasión hemos pensado, pero que nunca hemos tenido el valor de expresar. Me encontré ante la situación en la que un conocido colocó su agenda de anillas sobre la mesa, abierta sobre los cantos, y mirándome con descaro me dijo “un tipi”, me reí con auténticas ganas, y le dije “¿y por qué no?”, era veraz, descarada, sin miedo, una burla al mismo concepto establecido del arte que tienen los pedantes, era un “readymade” de Duchamp. Era arte.
Quizás no es lo primero que piensas al ver de este artista, pero poco a poco ese pensamiento se abre camino “¿Por qué no?”. Cualquiera relacionaría el trabajo del artista con un síndrome de Diógenes súper desarrollado, sin embargo ante años y años de carrera artística encuentras figuras legendarias, como Allan Moore en, y aunque suene a cliché lo voy a decir, en una cagada blanca de gaviota sobre una piedra oscura. Si avanzamos más a fondo, tempus fugit, carpe diem, son figuras literarias que mueven tu gabardina caqui al viento, y danzan con el tabaco de tu pipa, al son de nada, cubriendo todo, como señales de humo, casi te puedes sentir en el jodido siglo XX.
Cuando hablo de que la vida queda reflejada en la exposición de Barbi, no es ninguna clase de broma o invención, ni una clase de figura que quiera transmitir, el trata tres aspectos que nos influyen queramos o no, y que en conjunción resultan realmente hermosos, dan lugar a la vida, un camino trazado por la belleza: el azar, el juego y la necesidad. “Art is everywhere”. Esta idea nos abofetea en la cara como una lubina esgrimida por una huesuda monja un viernes de cuaresma cualquiera, y de nuevo te dices a ti mismo “¿Por qué no”? Algo en ti se resiste, pero a medida que avanzas por canteras, aserraderos, playas, piedras, arboles, botellas… Es el momento tal y como decía Munford and Sons “de que el corazón le diga a la cabeza, esta vez no, es mi turno”, es el momento de soltar todo lo que nos han enseñado, olvidarlo y volverlo a aprender, y pasara mucho tiempo hasta que seamos capaces de asumirlo.

 Entramos imberbes y con el pelo engominado, o mejor dicho encerado y espumado, porque recuerdo que hay una clara diferencia, y tras pasar por el recorrido de una carrera, de una vida, del azar, de la necesidad, del juego, de la experiencia, saldremos con el pelo cano, el bigote que antes era ralo o inexistente, será ahora espeso y poblado. Las piernas que nos sostenían ahora nos fallan y andamos con un bastón tallado en nuestra contemporaneidad. Caminaremos despacio, pero con la seguridad de ser más sabios, y siempre nos quedaremos con una imagen al sentarnos en el acantilado, ante la puesta de sol, la del anciano frente al océano, la del viejo y el mar.

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