Desaprender y volver a aprender con Barbi
Alvaro Orosa Talarewitz
Tal y como decía Hemingway o la comiquísima versión que nos
presenta Woody Allen en su obra maestra del cine Midnight in Paris del mismo “Nunca
harás buen arte si tienes miedo a la muerte”, y supongo que tras ver la obra de
Barbi, que es un recorrido a lo largo de
toda una carrera de trabajo, estamos ante buen arte, un arte “hecho con
la suficiente pasión como para apartar a la muerte”, veraz, único, real, en
definitiva, lo que uno espera ver de Barbi.
Desde el punto de vista del artista que soy, aunque amateur,
mi más sincera opinión es que detesto la exposición. “Si la obra es mala la
odiare por serlo, sin embargo si es buena la envidiaré y la detestaré aún más”,
es algo que todos posiblemente en alguna ocasión hemos pensado, pero que nunca
hemos tenido el valor de expresar. Me encontré ante la situación en la que un
conocido colocó su agenda de anillas sobre la mesa, abierta sobre los cantos, y
mirándome con descaro me dijo “un tipi”, me reí con auténticas ganas, y le dije
“¿y por qué no?”, era veraz, descarada, sin miedo, una burla al mismo concepto
establecido del arte que tienen los pedantes, era un “readymade” de Duchamp. Era
arte.
Quizás no es lo primero que piensas al ver de este artista,
pero poco a poco ese pensamiento se abre camino “¿Por qué no?”. Cualquiera
relacionaría el trabajo del artista con un síndrome de Diógenes súper desarrollado,
sin embargo ante años y años de carrera artística encuentras figuras legendarias,
como Allan Moore en, y aunque suene a cliché lo voy a decir, en una cagada
blanca de gaviota sobre una piedra oscura. Si avanzamos más a fondo, tempus
fugit, carpe diem, son figuras literarias que mueven tu gabardina caqui al
viento, y danzan con el tabaco de tu pipa, al son de nada, cubriendo todo, como
señales de humo, casi te puedes sentir en el jodido siglo XX.
Cuando hablo de que la vida queda reflejada en la exposición
de Barbi, no es ninguna clase de broma o invención, ni una clase de figura que
quiera transmitir, el trata tres aspectos que nos influyen queramos o no, y que
en conjunción resultan realmente hermosos, dan lugar a la vida, un camino
trazado por la belleza: el azar, el juego y la necesidad. “Art is everywhere”.
Esta idea nos abofetea en la cara como una lubina esgrimida por una huesuda
monja un viernes de cuaresma cualquiera, y de nuevo te dices a ti mismo “¿Por qué
no”? Algo en ti se resiste, pero a medida que avanzas por canteras,
aserraderos, playas, piedras, arboles, botellas… Es el momento tal y como decía
Munford and Sons “de que el corazón le diga a la cabeza, esta vez no, es mi
turno”, es el momento de soltar todo lo que nos han enseñado, olvidarlo y
volverlo a aprender, y pasara mucho tiempo hasta que seamos capaces de
asumirlo.
Entramos imberbes y
con el pelo engominado, o mejor dicho encerado y espumado, porque recuerdo que
hay una clara diferencia, y tras pasar por el recorrido de una carrera, de una
vida, del azar, de la necesidad, del juego, de la experiencia, saldremos con el
pelo cano, el bigote que antes era ralo o inexistente, será ahora espeso y
poblado. Las piernas que nos sostenían ahora nos fallan y andamos con un bastón
tallado en nuestra contemporaneidad. Caminaremos despacio, pero con la seguridad
de ser más sabios, y siempre nos quedaremos con una imagen al sentarnos en el
acantilado, ante la puesta de sol, la del anciano frente al océano, la del
viejo y el mar.
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