Crítica de Señales de Humo, de Jorge Barbi, por Fátima
M. Marín Núñez
Olvidarse de todo lo que te
rodea. Ralentizar la rauda velocidad a la que se mueve esta extraña vida.
Sustituir el “Pienso luego existo” de Descartes por el “Paseo luego existo” de
Jorge Barbi. Sentimientos desbordantes encontrados en una pequeña galería
perdida entre las calles de Madrid. Todo y nada es lo que provoca en nuestro
interior las fotografías de Jorge Barbi, tan sencillas y simples que llega a
asustar el enorme poder que tienen sobre nuestro ser, capaces de cambiar totalmente
nuestra forma de ver el mundo, pero sobre todo, de mirarlo. De sentirlo.
Nos pasamos toda nuestra
vida buscando algo que quizá jamás lleguemos a encontrar, en vez de permitir que
ese algo, simplemente, nos encuentre a nosotros. En vez de dejarnos llevar. Tal
y como dice Tyler Durden en El Club de la Lucha: “Olvida lo que crees saber de la vida.
Deja de intentar controlarlo todo y suéltate de una vez”. Suéltate entre los
paisajes perdidos de Barbi, entre inocentes juegos de niños que son sin pretenderlo
obras de arte, entre los restos de un incendio, entre calles con chicles
pegados en el pavimento que se convierten en improvisadas galerías, entre
concursos de espantapájaros, entre objetos desunidos que habían sido el inicio
de una creación que nunca se llevó a cabo, entre piezas recicladas devueltas a
la vida. “Todos estamos hechos de la misma materia orgánica en descomposición.”
Exacto, eso es justo de lo que estoy hablando, Tyler. Eso es de lo que habla
Barbi. De lo que habla su exposición, Señales de Humo, porque humo es todo lo
que queda del trabajo de un artista, todo se destruye, se pierde y se olvida.
Incluso nosotros mismos. Todo lo que alguna vez sentimos, todas nuestras
preocupaciones, todo el amor, el odio, el hambre, la sed de venganza, las
lágrimas derramadas, las carcajadas que consiguen que te duelan las costillas;
todo se deshace como la ceniza junto a nuestro alma cuando Thanatos se presenta
ineludiblemente aporreando nuestra puerta. “Si el tiempo vivido es largo, el
índice de supervivencia para todos se reduce a cero.” Así que por qué
preocuparse demasiado por la vida, si al fin y al cabo no vamos a salir vivos
de ella. Mejor será mirar al mundo a través de los ojos de Barbi, a través de
su arte, de la cámara que siempre le acompaña, capaz de captar un instante
antes de que este desaparezca para siempre. La magia de ver lo que nadie más ve
de este sorprendente hechicero.
La forma de ver el mundo de
Barbi se refleja en su obra, y recae sobre el espectador que la está
contemplando. Le hace reflexionar sobre las pequeñas cosas imperceptibles de la
vida, los pequeños detalles que hacen que todo esto merezca la pena. La persona
que sale de la Galería Bacelos
tras unirse a la obra de Barbi es total y absolutamente distinta de la persona
que entró primeramente con el único fin de disfrutar de una simple exposición
de fotografía. Pero no se trata de eso. Se trata de esa clase de arte único y
especial que consigue cambiar vidas. El pequeño y gran golpe que te hace despertar,
abrir los ojos. Y a partir de entonces, te descubres en un mundo nuevo,
caminando lentamente mientras todo arde a tu alrededor, disfrutando de cada
paso, en vez de pasar con prisas entre los maniquíes de una sociedad salvaje
que “tienen empleos que odian para comprar cosas que no necesitan”. Y en eso,
indudablemente, Durden y Barbi están de acuerdo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario