Crítica a la exposición "La casa desolada" de Florentino Díaz, por Lucía Pozzo
La
madera tiene varios usos: crear armas, casas, puertas, hacer hogueras y
construir sarcófagos. También se pueden hacer esculturas y maquetas con ella.
Eso es lo que hace Florentino Díaz. Construye con piezas de madera reciclada
distintas esculturas y maquetas plagadas de un profundo sentido político y de
acción que no consigue nada en absoluto. Con cuatro trozos de madera mal ensamblados
no se moviliza a nadie. Mirarlo no crea el flamígero deseo de lucha que un
poema, o la pena que trasmite el “Galo herido”. El saber que esas obras están hechas con
trozos de cajas de frutas no ayuda a crearse una imagen magnánima de estas. Las
obras de esta galería son un despojo que alguien se ha atrevido a llamar
“arte”, de alguien que con un poco de pegamento y muchas horas libres ha
conseguido exponer sus piezas y que sean admiradas. Porque, en este tiempo, el
arte está en vender las obras, no en las obras en sí. Es la palabrería que
acompaña a la creación lo que suscita belleza o, en el peor de los casos, un
mínimo interés. Puedes estremecerte al ver una obra de Leonardo, o arder de
pasión ante las obras de Bernini, pero cuando tu vista se detiene en esas
maderas unidas lo único que piensas es que estarían mejor en una hoguera,
siendo alimento del fuego.
Las
estructuras de metal tampoco son una revelación. Podrían ser tomadas como unas
pseudo-puertas; de hecho, serían algo tremendamente divertido si estuviesen
colocadas en un parque para niños, y pudiésemos colgarnos y balancearnos de
ellas. Pero están encerradas en una habitación, con un cartel invisible de “no
tocar”, pudiendo únicamente contemplar los metales deformes y mendigando
belleza de ellos, obviamente sin conseguirlo. Porque la belleza se perdió hace
ya demasiado tiempo, cuando los artistas deseaban crear cosas hermosas y
mostrarlas al mundo. En estos tiempos, el arte ha sido tan contaminado por la
política, por el afán de decir “Yo soy distinto”, o, “Yo soy más moderno”, que
nada queda de ir a una galería para estar rodeado de gentes hermosas o paisajes
evocadores. Los problemas, las críticas, las quejas, lo absurdo te rodea como
si estuvieses en el cetro de un tifón del que no puedes escapar, y en el que no
hay belleza alguna, porque, si al menos el tifón fuese hermoso, merecería la
pena el mal trago. Porque ante las pinturas negras de Goya puedes espantarte,
estremecerte o incluso sentir una desgarradora repulsión, pero siempre habrá
algo en tu interior que se removerá a esa belleza primitiva que se concentra en
lo oscuro y lo deforme, de ese misterio que nos atrae y absorbe como un agujero
negro.
Pero
entonces ves cuatro fotografías de un triste mono de trabajo y piensas “Sería
más interesante ver los ropajes de da Vinci, que al menos son más coloridos”. Y
también piensas que tú con una cámara de carrete cualquiera, de esas que venden
en las gasolineras, podrías hacer fotografías más hermosas que esas, y crear
una historia que las transformara en arte, y nadie podría negarlo porque, en
estos tiempos, todo es arte, si está rodeado de las palabras adecuadas. En
estas situaciones se ve perfectamente el poder de las palabras que tanto
mencionaban los poetas. Las palabras pueden crear guerras y acabar con
conflictos, pueden elevar al más alto grado de arte metales retorcidos y trozos
de madera mal ensamblados, materiales que podrían tener una función mucho más
útil y agradable, como, por ejemplo, una hoguera campestre. Porque, cuando ves
estas obras, piensas que solamente pueden solucionarse con fuego.
No hay comentarios:
Publicar un comentario