jueves, 17 de octubre de 2013

En llamas



Crítica a la exposición "La casa desolada" de Florentino Díaz, por Lucía Pozzo

La madera tiene varios usos: crear armas, casas, puertas, hacer hogueras y construir sarcófagos. También se pueden hacer esculturas y maquetas con ella. Eso es lo que hace Florentino Díaz. Construye con piezas de madera reciclada distintas esculturas y maquetas plagadas de un profundo sentido político y de acción que no consigue nada en absoluto. Con cuatro trozos de madera mal ensamblados no se moviliza a nadie. Mirarlo no crea el flamígero deseo de lucha que un poema, o la pena que trasmite el “Galo herido”. El saber que esas obras están hechas con trozos de cajas de frutas no ayuda a crearse una imagen magnánima de estas. Las obras de esta galería son un despojo que alguien se ha atrevido a llamar “arte”, de alguien que con un poco de pegamento y muchas horas libres ha conseguido exponer sus piezas y que sean admiradas. Porque, en este tiempo, el arte está en vender las obras, no en las obras en sí. Es la palabrería que acompaña a la creación lo que suscita belleza o, en el peor de los casos, un mínimo interés. Puedes estremecerte al ver una obra de Leonardo, o arder de pasión ante las obras de Bernini, pero cuando tu vista se detiene en esas maderas unidas lo único que piensas es que estarían mejor en una hoguera, siendo alimento del fuego.

Las estructuras de metal tampoco son una revelación. Podrían ser tomadas como unas pseudo-puertas; de hecho, serían algo tremendamente divertido si estuviesen colocadas en un parque para niños, y pudiésemos colgarnos y balancearnos de ellas. Pero están encerradas en una habitación, con un cartel invisible de “no tocar”, pudiendo únicamente contemplar los metales deformes y mendigando belleza de ellos, obviamente sin conseguirlo. Porque la belleza se perdió hace ya demasiado tiempo, cuando los artistas deseaban crear cosas hermosas y mostrarlas al mundo. En estos tiempos, el arte ha sido tan contaminado por la política, por el afán de decir “Yo soy distinto”, o, “Yo soy más moderno”, que nada queda de ir a una galería para estar rodeado de gentes hermosas o paisajes evocadores. Los problemas, las críticas, las quejas, lo absurdo te rodea como si estuvieses en el cetro de un tifón del que no puedes escapar, y en el que no hay belleza alguna, porque, si al menos el tifón fuese hermoso, merecería la pena el mal trago. Porque ante las pinturas negras de Goya puedes espantarte, estremecerte o incluso sentir una desgarradora repulsión, pero siempre habrá algo en tu interior que se removerá a esa belleza primitiva que se concentra en lo oscuro y lo deforme, de ese misterio que nos atrae y absorbe como un agujero negro.


Pero entonces ves cuatro fotografías de un triste mono de trabajo y piensas “Sería más interesante ver los ropajes de da Vinci, que al menos son más coloridos”. Y también piensas que tú con una cámara de carrete cualquiera, de esas que venden en las gasolineras, podrías hacer fotografías más hermosas que esas, y crear una historia que las transformara en arte, y nadie podría negarlo porque, en estos tiempos, todo es arte, si está rodeado de las palabras adecuadas. En estas situaciones se ve perfectamente el poder de las palabras que tanto mencionaban los poetas. Las palabras pueden crear guerras y acabar con conflictos, pueden elevar al más alto grado de arte metales retorcidos y trozos de madera mal ensamblados, materiales que podrían tener una función mucho más útil y agradable, como, por ejemplo, una hoguera campestre. Porque, cuando ves estas obras, piensas que solamente pueden solucionarse con fuego. 


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