“Los Caprichos del siglo XXI”
Rosa
Medina
Inaccesible al desaliento, Florentino Díaz continúa con
su obra comprometida con el mundo que le ha correspondido vivir, y digo “correspondido”,
porque, analizando su trayectoria, lo que resulta evidente es que él no lo hubiera
elegido así, y que, con su denuncia, lo que pretende es mejorarlo. Una denuncia
que, como señala Miguel Fernández Cid, ha estado presente desde los inicios
(cuando ya ironizaba sobre los grandes emblemas de nuestra identidad nacional),
y ha provocado que se desmarcara de forma clara “de propuestas generacionales y
se adentrara en caminos solitarios, difíciles, poco vistosos”.
Como si de un nuevo Goya del siglo XXI se tratase, la obra de Florentino Díaz se esfuerza en
describir la realidad, pero, como aquel en sus Caprichos, no al estilo de quien
hace una simple fotografía, sino del que toma partido, denunciando con una
mirada crítica, irónica, los males existentes en nuestra sociedad,
especialmente, pero no solo, en la española.
Cada exposición ha respondido a la preocupación del
momento, por eso, en la que hoy nos trae a la galería Astarté se pueden encontrar
referencias a las plagas que hoy azotan la vida cotidiana, unas de forma
explicita como el paro y la corrupción;
otras, sutiles, incluyendo personajes del comic para delatar la
dependencia de nuestro país de los
países “ricos”.
Una crítica que todavía sabe ir mas allá, queriendo
profundizar en las causas de esos males. Y así, en el mismo título de la
exposición, plantea al espectador unas siglas cuyo significado ha de adivinar: “La casa desolada, LME”, siglas de la
Marca España. De esa forma, sutil y a la vez mordaz, el artista busca hacer
hincapié en la distancia abismal que existe entre ese enunciado grandilocuente
--cuyo objetivo es definido por el Gobierno español como el de “mejorar la imagen de nuestro país en
beneficio del bien común”--, y la realidad que vivimos los españoles.
Florentino Díaz vuelve a enmarcar su denuncia en la “casa”, y en el mobiliario
doméstico (sillas, mesas…), en ese ámbito que, no por ser conocido para todos,
deja de ser menos privado, que reservamos y preservamos para nuestra intimidad
y nuestro bienestar y que corremos el riesgo de que nos sea arrebatado por los
males que refleja, viéndonos abocados a ser “homeless” o a contestar anuncios
de alquiler de una habitación que en realidad sólo será un banco de la calle Goya
número 2 (como el publicado en el idealista.com, en otra forma de hacer crítica
social en nuestros días).
La cotidianeidad para Florentino Díaz no está solo en los
temas que aborda, también en los materiales que emplea para reflejarlos; incluyendo
en sus representaciones --desde la instalación arquitectónica, a la escultura y
la fotografía--, objetos que encuentra a su alrededor, incluso ya desechados en
contenedores, y que reutiliza, y ello con un doble significado, el de emplear
aquello que ya tiene una historia, algo significativo que contar, y el de no
tirar lo que todavía puede servir, llamando la atención, como ya hiciera en su
exposición “Hotel de Ville”, sobre el despilfarro de unas clases sociales en un
mundo en el que otras no tienen ni siquiera para cubrir sus necesidades.
Junto a esos materiales de siempre, que conoce bien y de
los que sabe sacar todo su fruto, otros nuevos, como el acero y el caucho, o
las grapas, en esa alteración al más puro estilo de José Ramón Amondarain, de
unas viejas fotografías encontradas por casualidad, en las que, de nuevo con
ironía, incluye los personajes más famosos del comic de la posguerra, de esa
época de “seriedad” económica e intelectual.
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