Elisa Garrido
La vida es una aglomeración de momentos, un conjunto de objetos, de
obras, de cosas materiales o abstractas, tangibles o intangibles. Si
desarrollásemos el portfolio de la vida (entendiendo vida como concepto
general, existencia no ligada a una autonomía o dependencia) cada una de esas “partículas”
que la componen debería someterse al estudio de su producción, el proceso por
el que han sido guiadas hasta consumarse en las realidades que han llegado a
ser. Todo ese desarrollo sería más relevante que el propio final y es que
permitiría comprender su existencia de una manera infinitamente más completa que
el mismo resultado. A comprender esto nos ayuda Jorge Barbi en su última
exposición en la madrileña calle Dr Fourquet. Hablan sus obras de este proceso
de “producción” de su propio arte. Como los instantes que suman una vida, las
aguas que confluyen en un río, los colores que se abrazan en una obra maestra
así los bocetos de Barbi hablan de la elaboración de sus obras.
El gallego no se limita a mostrarnos el proceso de esta(o más bien su
génesis) si no que plasma el camino de creación de otros instrumentos nacidos,
por ejemplo, de la acción del hombre sobre unos elementos, con anterioridad a
su conjunción, independientes. La creación o proceso de creación de todo lo
existente, de todo lo que es y que es por ser (entendiendo por ser, reitero, el
ser independiente de su vida o muerte; citando a Hamlet en alemán (que es el
idioma que le viene como anillo al dedo) “Sein oder nicht Sein, das ist hier
die Frage” y es que el no ser no existe porque no es) está subordinado a algo,
tiene un sentido aunque no llegue al alcance de la más poderosa mente. El
cambio de lo anterior, la variación de lo ya existente se entiende también como
ser, siendo el ser la variación en sí y llegando a esa otra realidad por algo
ajeno como una necesidad, una acción humana o, simplemente, un juego de la
casualidad. Es esto lo que en otras de sus piezas nos muestra Barbi.
Las necesidades que son causa pueden ser de muy diferente índole,
Queen decía que necesitaba a alguien que le amase y cuando ese alguien llegase
(si llegaba) su vida, su existencia, cambiaría, de una manera u otra. Gerard
Way (My Chemical Romance) afirmaba en una pista que no necesitamos otra canción
sobre California y precisamente esa ausencia de necesidad no produciría entonces ningún
cambio. El azar; el destino, el fatum, era antaño considerado un gran camino a
recorrer (camino que podía ser modificado por los dioses, que lo moldeaban a
su antojo). Sin embargo, como bien dijo Shakespeare “El destino es el que baraja
las cartas pero nosotros somos los que jugamos” y es que aunque el destino
tenga un final, si hay algo cierto es que este aún no está escrito. Es el azar
el que provoca que el camino lleve por unos u otros derroteros y es el azar el
causante también de otra variación, de cambios, de formas nuevas de ser. La
acción humana sería la tercera en causar este tipo de variaciones, estas nuevas
formas de ser, para bien o para mal. Y es que la mano del hombre es una mano
creadora, no creadora en el sentido bíblico de creación de la nada si no
en el sentido de creación de nuevas formas de ser. Sin embargo, surge un
problema derivado de este poder y es el estado de embriaguez que provoca “El
hombre se ha enamorado de su propia creación” cantaba Ana Torroja. Todo el
conjunto de estas variaciones, de estos “seres” confluyen en el río de la
existencia que, con notable brillantez, nos abre Jorge Barbi.
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