miércoles, 16 de octubre de 2013

La nada cotidiana (no de Cuba, de España)

La nada cotidiana (no de Cuba, de España)

Ana Isabel del Casar Benítez

Una balsa que cruza a la deriva un mar de desesperanza se hunde, precaria, llevando a la muerte a sus pasajeros, mientras que los restos de los tablones putrefactos de madera llegan a las costas del paraíso soñado, que si es paraíso es por la rapiña: la rapiña que ejerce sobre los soñadores, a quienes todo roba, de quienes todo aprovecha, incluida la madera que se hundió y con la que construye los ataúdes de los cadáveres que llegan flotando.

La imagen es triste, sobre todo, porque es real. Real fue la inmigración de los balseros cubanos, que morían camino del Estados Unidos idealizado, donde el libre mercado actuaba sin piedad, pero con eficacia, en son de su propio beneficio. Real es la catástrofe de Lampedusa, proclamas contra la injusticia y leyes que la legalizan, aunque no legitiman. Y real es para Florentino Díaz (aquí cada uno que vea la historia como quiera, que cada uno lleve el dolor a cuestas como pueda) la deriva de España, su quiebra, su rotura en pedazos que Alemania recoge y utiliza, construyendo sobre nuestros restos su prosperidad y su futuro.

Presente y futuros rotos, pues rotas están las casas que alojaron familias, ahora desahuciadas. Estas casas desoladas se presentan en pequeño formato, pues, aunque no sea una realidad pequeña, sí lo es su repercusión, sus consecuencias. Díaz ve así un país podrido, podrido hasta la médula, hasta el elemento más interno e importante de su columna vertebral, que es el núcleo familiar y, consecuentemente, sus casas que, así, están hechas con madera de antiguas cajas de fruta que fue comida por los hongos, los hongos del sistema hipotecario. Madera que contuvo aquello que fue, pero no pudo ser del todo: la fruta no terminó como comida, la casa no terminó como hogar.

En las imágenes desoladas de Díaz se muestra lo patético del significante vacío de su significado, la crudeza del esqueleto que nunca fue creado para ser completado desnudo, sino sosteniendo a una persona. Todo ello, acentuado por los sarcásticos colores brillantes y alegres de piezas como “Soy Español, en el Paro Estoy” o por las imágenes, hechas con grapas, de viejas figuras del cómic español, que recuerdan la infancia transcurrida en esa vivienda ahora vacía.

Sin embargo, Díaz no se centra sólo en el ámbito hipotecario, sino que extiende su crítica amarga, aparentemente tranquila, realmente rabiosa, a la insultante venta de falsa alegría en esa realidad española paralela (falsa por su extensión a todo el país, real para sus vendedores) que se publicita de cara al exterior a través de La Marca España, la orquesta que toca mientras el barco se hunde, tocando, no por piedad, sino por engañar descaradamente a quienes notan ya el agua en la nariz, diciéndolos que, en verdad, aquí no pasa nada.


Esta quimera rota se muestra a través de un lenguaje saturado (tal vez en exceso, la limpieza es tan radical que se puede llegar a la nada indiferente) de maquillaje y ocultamiento, por lo que se busca únicamente lo verdadero. Este código estilístico se da también en la faceta escultórica de Díaz, donde, en un intento de conjurar el vacío y la soledad, llena el espacio con estructuras, que pretenden ser cómodas, una puerta hacia la evasión de un mundo ordenado, delimitado por líneas claras y precisas. Pretenden, pero no consiguen, pues esas líneas dentro de las cuales nos encuadramos están perfiladas por pinchos, que, como la actualidad, penetran, impidiéndonos el descanso que a través de lo estético se ha buscado. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario