Dadas las
circunstancias en las que uno vive en nuestro país, parecería pensar que
Florentino Díaz ha aprovechado el momento para hacer de su obra una herramienta
de protesta ante los escándalos
de corrupción, los recortes sociales, la elevada tasa de desempleo, las
dificultades de acceso a una vivienda digna, etc. Pero no es el caso, él lo lleva
haciendo desde sus inicios. Ya a mediados de los años 80 se adentró en la senda
de la crítica de las historias propias del país construyendo un camino no
siempre fácil y que muchas veces ha sido solitario.
Y en ello, por lo tanto sigue, y nos
presenta La casa desolada L.M.E., una
exposición que se llama igual que una novela de Charles Dickens, y en la que le
da otra vuelta de tuerca a su gran tema, la casa, y la utiliza como eje de una
reflexión sobre lo cotidiano, sobre lo doméstico. Una casa desde la que
pretende desahogarse: “no es una terapia, no es una queja, lo hago por no coger
una metralleta”, lo dice riéndose con la mirada baja de la timidez, pero lejos
de parecer una broma se ve que es verdad, que él tiene un compromiso vital con
la sociedad y que la situación actual lo revoluciona por dentro.
En la exposición que encontramos en Astarté
podemos ver que el artista ha construido una serie de casas en las
que como dice este cacereño: “casi nada es lo que parece y donde cada vez
resulta más difícil el habitar”. Algunas de ellas son pequeñas, de madera
reciclada, de puertas recogidas de la calle. Dice que todavía le queda madera
de las puertas procedentes
del Hotel Palace y del inmueble de la calle Atocha 55 en el que se encontraba
el bufete de abogados laboralistas en el que se perpetró la matanza de Atocha. Esas casas pequeñas,
de madera, casi maquetas, como pequeñas construcciones escolares que combinan
cierta ingenuidad con la ironía que aportan los dibujos de cómics de la época
franquista y que ponen una sonrisa a la crítica social. Materiales reciclados,
que hablan del consumo, de la reivindicación de las cosas que tiramos en
perfecto estado, de segundas oportunidades.
Y no tengo más remedio que recordar aquellas
construcciones transitorias que conformaron el asentamiento de la Puerta del
Sol de Madrid el 15 de Mayo de 2011. Pequeñas “casas provisionales”, fabricadas
sobre la marcha, con materiales reciclados: cuerdas, lonas, plásticos, maderas…
Materiales de desecho utilizados en nombre también de la reivindicación, de la
protesta ante los grandes males de nuestro país: la
corrupción, el paro y la precariedad.
También encontramos casas metálicas, con o sin caucho protector. Casas
rodeadas de pinchos que crean espacios para transitar como si de una
escenografía teatral se tratara. Y esculturas, con sillas infantiles, con
sillas metálicas, incómodas, irónicas. Más cómics. Y el autor nos dice que Cada día se parece más a Mortadelo, y
seguimos entre lo perturbador y la sonrisa.
Y por último nos preguntamos por L.M.E., esa marca España que unos
presentaron en el
Parlamento Europeo en Bruselas, que quiere construir una imagen de una España brillante,
ganadora y llena de gente con talento. Que para constituirse intenta apropiarse
de los logros personales de los individuos que han conseguido labrarse un camino
con su buen hacer. Como dice Javier Marías: La “Marca España” lo que viene a
comunicar es esto: “Usted es español y se lo conoce algo por ahí fuera, así que
se jode”. Sin embargo L.M.E. son las ratas de la Plaza Mayor de Madrid, la
falta de becas, los desahucios, el paro, el 21% de I.V.A. en cultura, la
pobreza infantil, el cierre de teatros, la suspensión del Festival de Jazz de
Madrid, etc. Y entonces pienso que Florentino quiere que esbocemos una sonrisa,
pero sin Mortadelo, cuesta.
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