jueves, 17 de octubre de 2013

Para no coger la metralleta.

Lola Martínez Velacoracho

 

   Dadas las circunstancias en las que uno vive en nuestro país, parecería pensar que Florentino Díaz ha aprovechado el momento para hacer de su obra una herramienta de protesta ante los escándalos de corrupción, los recortes sociales, la elevada tasa de desempleo, las dificultades de acceso a una vivienda digna, etc. Pero no es el caso, él lo lleva haciendo desde sus inicios. Ya a mediados de los años 80 se adentró en la senda de la crítica de las historias propias del país construyendo un camino no siempre fácil y que muchas veces ha sido solitario.

   Y en ello, por lo tanto sigue, y nos presenta La casa desolada L.M.E., una exposición que se llama igual que una novela de Charles Dickens, y en la que le da otra vuelta de tuerca a su gran tema, la casa, y la utiliza como eje de una reflexión sobre lo cotidiano, sobre lo doméstico. Una casa desde la que pretende desahogarse: “no es una terapia, no es una queja, lo hago por no coger una metralleta”, lo dice riéndose con la mirada baja de la timidez, pero lejos de parecer una broma se ve que es verdad, que él tiene un compromiso vital con la sociedad y que la situación actual lo revoluciona por dentro.

   En la exposición que encontramos en Astarté podemos ver que el artista ha construido una serie de casas en las que como dice este cacereño: “casi nada es lo que parece y donde cada vez resulta más difícil el habitar”. Algunas de ellas son pequeñas, de madera reciclada, de puertas recogidas de la calle. Dice que todavía le queda madera de las puertas procedentes del Hotel Palace y del inmueble de la calle Atocha 55 en el que se encontraba el bufete de abogados laboralistas en el que se perpetró la matanza de Atocha. Esas casas pequeñas, de madera, casi maquetas, como pequeñas construcciones escolares que combinan cierta ingenuidad con la ironía que aportan los dibujos de cómics de la época franquista y que ponen una sonrisa a la crítica social. Materiales reciclados, que hablan del consumo, de la reivindicación de las cosas que tiramos en perfecto estado, de segundas oportunidades.

   Y no tengo más remedio que recordar aquellas construcciones transitorias que conformaron el asentamiento de la Puerta del Sol de Madrid el 15 de Mayo de 2011. Pequeñas “casas provisionales”, fabricadas sobre la marcha, con materiales reciclados: cuerdas, lonas, plásticos, maderas… Materiales de desecho utilizados en nombre también de la reivindicación, de la protesta ante los grandes males de nuestro país: la corrupción, el paro y la precariedad.

   También encontramos casas metálicas, con o sin caucho protector. Casas rodeadas de pinchos que crean espacios para transitar como si de una escenografía teatral se tratara. Y esculturas, con sillas infantiles, con sillas metálicas, incómodas, irónicas. Más cómics. Y el autor nos dice que Cada día se parece más a Mortadelo, y seguimos entre lo perturbador y la sonrisa.

   Y por último nos preguntamos por L.M.E., esa marca España que unos presentaron en el Parlamento Europeo en Bruselas, que quiere construir una imagen de una España brillante, ganadora y llena de gente con talento. Que para constituirse intenta apropiarse de los logros personales de los individuos que han conseguido labrarse un camino con su buen hacer. Como dice Javier Marías: La  “Marca España” lo que viene a comunicar es esto: “Usted es español y se lo conoce algo por ahí fuera, así que se jode”. Sin embargo L.M.E. son las ratas de la Plaza Mayor de Madrid, la falta de becas, los desahucios, el paro, el 21% de I.V.A. en cultura, la pobreza infantil, el cierre de teatros, la suspensión del Festival de Jazz de Madrid, etc. Y entonces pienso que Florentino quiere que esbocemos una sonrisa, pero sin Mortadelo, cuesta.


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