jueves, 10 de octubre de 2013

La Odisea de un tiempo olvidado

Critica a la exposición de Jorge Barbi, por Carlos Lorenzo Mouronte

El tiempo es el peor enemigo del hombre pero también es aquel que nos ayuda a reflexionar sobre el sentido de la vida y sobre nuestros errores. Nos ayuda a aprender sobre lo bueno y lo malo, lo bello y lo feo, lo alegre y lo amargo. Gracias a él llegamos a entender el significado de la vida ante los distintos desafíos y pruebas que nos manda ésta. Pero durante todo este proceso, donde crecemos y envejecemos lentamente, dejamos atrás no solo a personas importantes para nosotros sino también sueños rotos o que no pudieron llegar a cumplirse. Sueños que se disipan y desaparecen en una niebla densa y perpetua. Este es uno de los mensajes que nos transmite Jorge Barbi con su exposición en la galería Bacelos, Señales de humo.

Los sueños olvidados. Los objetos perdidos o que en su momento sirvieron para algo pero que luego desechamos sin importarnos lo más mínimo. De esto hablan los cuadros con fondo negro que te dan la bienvenida nada más entrar en la galería. Nos muestran planes de una realidad pasada, sueños que nunca se formularon ni se completaron. Objetos almacenados en el rincón más oscuro y más profundo de nuestra mente donde nunca podrán ser rememorados. En uno de esos cuadros vemos una mezcolanza de materiales que son distintos entre sí en su forma y su función, y que a su vez todos ellos son abrazados por una niebla espesa.

Pero de repente, hay un cambio radical en la temática de cada cuadro. Vemos una colección con tres series que se basan en tres temas principales: el Juego, el Azar y las Formaciones de Necesidad de las cosas. Nos embarcamos en un viaje de curiosas imágenes que muestran la invención e innovación de la mente humana. Barbi nos presenta obras de personas anónimas que se vieron inspiradas en un momento precioso. Un momento en el cual, del puro aburrimiento, crearon una obra de arte sin esa intención. Pero gracias a este fotógrafo gallego hoy las podemos disfrutar en su colección. Unos jubilados y sus molinos, un espantapájaros de diferente forma y vestimenta o la simple necesidad de darse a conocer escribiendo sus nombres y sus logros en una pared.

Cosas tan simples y sencillas que te hacen valorar la vida donde ahora todo se basa en el materialismo. Un materialismo enfermizo donde la única finalidad es sobresalir para llegar a ser un foco de atención. Gracias a esta colección somos traslados a otro tiempo donde la supervivencia era el plato principal y donde una oveja o un cerdo eran tan valiosos como un Ferrari en el mundo contemporáneo. Nuestros antepasados ingeniaban trampas tan sencillas y básicas para los depredadores, como los lobos, que hoy en día son desapercibidos o no se entiende su utilidad. El artista nos ayuda a recuperar e imaginar aquellos conocimientos perdidos y de los cuales algunos son irrecuperables.

Con paciencia y mucha atención podemos ver las huellas de la naturaleza y de los elementos que quedan tras su paso. Se nos presentan los fantasmas de tiempos pasados donde el fuego ha bailado al son del viento. Fantasmas que nos observan con sus rostros serenos y miradas penetrantes intentando avisarnos de algún mal. Con esto nos damos cuenta de que la belleza se encuentra en todas las cosas, solo que hay que saber observar el entorno que nos rodea. Una belleza ocasional y fortuita que se presenta en esos momentos más inesperados. Como el oleaje que crea formas sinuosas o como una simple cagada de gaviota que forma una figura humana que camina lentamente y sin descanso. 

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