Critica
a la exposición de Jorge Barbi, por Carlos Lorenzo Mouronte
El tiempo es el peor enemigo del hombre pero también es aquel que nos ayuda a reflexionar sobre el sentido de la vida y sobre nuestros errores. Nos ayuda a aprender sobre lo bueno y lo malo, lo bello y lo feo, lo alegre y lo amargo. Gracias a él llegamos a entender el significado de la vida ante los distintos desafíos y pruebas que nos manda ésta. Pero durante todo este proceso, donde crecemos y envejecemos lentamente, dejamos atrás no solo a personas importantes para nosotros sino también sueños rotos o que no pudieron llegar a cumplirse. Sueños que se disipan y desaparecen en una niebla densa y perpetua. Este es uno de los mensajes que nos transmite Jorge Barbi con su exposición en la galería Bacelos, Señales de humo.
Los
sueños olvidados. Los objetos perdidos o que en su momento sirvieron para algo
pero que luego desechamos sin importarnos lo más mínimo. De esto hablan los
cuadros con fondo negro que te dan la bienvenida nada más entrar en la galería.
Nos muestran planes de una realidad pasada, sueños que nunca se formularon ni
se completaron. Objetos almacenados en el rincón más oscuro y más profundo de
nuestra mente donde nunca podrán ser rememorados. En uno de esos cuadros vemos
una mezcolanza de materiales que son distintos entre
sí en su forma y su función, y que a su vez todos ellos son abrazados por una niebla
espesa.
Pero
de repente, hay un cambio radical en la temática de cada cuadro. Vemos una
colección con tres series que se basan en tres temas principales: el Juego, el Azar y las Formaciones de
Necesidad de las cosas. Nos embarcamos en un viaje de curiosas imágenes que
muestran la invención e innovación de la mente humana. Barbi nos presenta obras
de personas anónimas que se vieron inspiradas en un momento precioso. Un momento
en el cual, del puro aburrimiento, crearon una obra de arte sin esa intención. Pero
gracias a este fotógrafo gallego hoy las podemos disfrutar en su colección. Unos
jubilados y sus molinos, un espantapájaros de diferente forma y vestimenta o la
simple necesidad de darse a conocer escribiendo sus nombres y sus logros en una
pared.
Cosas
tan simples y sencillas que te hacen valorar la vida donde ahora todo se basa
en el materialismo. Un materialismo enfermizo donde la única finalidad es
sobresalir para llegar a ser un foco de atención. Gracias a esta colección somos
traslados a otro tiempo donde la supervivencia era el plato principal y donde una
oveja o un cerdo eran tan valiosos como un Ferrari en el mundo contemporáneo. Nuestros
antepasados ingeniaban trampas tan sencillas y básicas para los depredadores, como los lobos, que hoy en día son desapercibidos o no se entiende su
utilidad. El artista nos ayuda a recuperar e imaginar aquellos conocimientos
perdidos y de los cuales algunos son irrecuperables.
Con
paciencia y mucha atención podemos ver las huellas de la naturaleza y de los
elementos que quedan tras su paso. Se nos presentan los fantasmas de tiempos
pasados donde el fuego ha bailado al son del viento. Fantasmas que nos observan
con sus rostros serenos y miradas penetrantes intentando avisarnos de algún mal.
Con esto nos damos cuenta de que la belleza se encuentra en todas las cosas,
solo que hay que saber observar el entorno que nos rodea. Una belleza ocasional
y fortuita que se presenta en esos momentos más inesperados. Como el oleaje que
crea formas sinuosas o como una simple cagada de gaviota que forma una figura
humana que camina lentamente y sin descanso.
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