jueves, 17 de octubre de 2013


Maniobras de escapismo

Loreto Sáenz de Sta. Mª Larrea

Aunque muchos somos “tan bohemios” que no nos fijamos en las apariencias, todos sabemos, suponemos o juzgamos, de que “palo” va cada uno cuando le vemos por primera vez.
 He ido a unos cinco o seis colegios en mi vida y en uno, recuerdo como me decía una chica después de dos años: “te vi aparecer con esa cinta de pelo gris…”, así como en otro, al pasar el tiempo me dijeron: “me transmitiste buen rollo al verte en cuarta fila ordenando la mochila con un turbante amarillo…”. Bueno, pues con esto quiero resaltar que al parecer, la primera impresión que damos en un sitio, es importante, o cuanto menos, permanece en memorias, no se sabe de quién, pero sí que permanece.

Pues al fin y al cabo, si la ropa nos describe, de forma correcta o incorrecta; la casa, que es el lugar donde hacemos absolutamente todas las cosas mundanas y personales, nos describe aún más. Una casa desorganizada nos puede mostrar lo caótica que es la persona que habita en ella, o una casa sucia y vacía, nos hace sentir la libertad de decir que lleva abandonada unos años y que por lo tanto está completamente descuidada. Pues así, vemos “la casa” de Florentino Díaz, que puede que haya amor, cariño, llanto, locura, abrazos, sentimiento, pero sobre todo desilusión. Una desilusión, que comienza en el momento en el que das el salto para subir al muro del pozo, y decides tirarte desde ahí para que el golpe sea más fuerte. Y es en este momento en el que Mortadelo y Filemón intervienen con esos chichones monumentales y te dicen que a ti te saldrá uno también, como sigas así.

 Se trata de ese momento en el que nos evadimos, pero que Larra lo llamaría una evasión de “pacotilla”, porque al final  aunque nos pongamos una sábana blanca cubriéndonos todo el cuerpo, no quiere decir que nos hayamos convertido en fantasmas. Así que aunque nos “alejemos del mundo”, que es un hecho improbable porque seguimos igual de cerca, seguimos viviendo y quien vive tiene vida y quien tiene vida es vividor. No en el sentido negativo de la palabra, sino que los vividores están en este mundo que es bueno y malo al mismo tiempo, pero algunos prefieren una especie de escapismo y otros una especie de enfrentamiento.
Florentino opta por este escapismo, que a su vez, se puede llamar refugio. La fuerza de una casa de hierro, con la debilidad de una puerta de caucho. Al final siempre manda lo mismo, y en el cuento de Los tres cerditos, es el lobo; pero tanto en la vida de Larra como en la vida de Florentino, quien manda es el poder, y el poder es el dinero.

El artista en sus proyectos de casa intenta organizar el caos, reciclar el viento, controlar la contaminación y además, peinar España. Hace lo que está en sus manos, pero ¿hasta qué punto todo esto es derrotista? Pues creo, que hasta el hecho extremo de poner unos palos encima de la silla de una niña; una silla que habrá hecho dos o tres genios, pero esas maderas impiden más educación. Esto es, otro refugio, un bloqueo. Porque una conducta empieza de cero, y este número es el nacimiento.

Eso sí, todo cambiará el día que los abuelos y abuelas lleven a sus nietos a la plaza del museo Reina Sofía a jugar, y jueguen pero observen. Ya que si preguntara a alguien qué escultura hay en esta plaza, pocos sabrían de qué hablo. Por supuesto no solo hablo de los niños, por eso es importante lo del número cero.

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