Crítica de la exposición
de Florentino Díaz, por Natalia Platard de Quenin
Al entrar en la Galería Astarté nos topamos con una serie de mensajes
ocultos, relacionados todos con la otra cara de nuestro Mundo Actual. En
alusión a Charles Dickens, Florentino Díaz nos recuerda lo imposible que
resulta zafarse de las trampas que acompañan a la sociedad industrial. Estos
años de crisis han permitido resaltar los más obvios defectos de un sistema,
que también tiene consecuencias escondidas. Consecuencias visibles e
invisibles, que Florentino Díaz pretende presentar con su exposición La Casa Desolada L.M.E. Nos encontramos
ante dos facetas de un facsímil que han sido construidas con sus habituales:
madera, acero y caucho. Así, sobrepasando una vez más una suerte de estructuralismo escultórico, tenemos el
manejo de un lenguaje que pretende no ser demasiado evidente.
Primero, nos centraremos en los aspectos más evidentes de su
reivindicación. A lo largo de la galería están repartidas sus piezas de madera
reciclada. Madera que proviene de unas puertas centenarias del Hotel Palace. Puertas
rescatadas por el artista, en esa dicotomía entre lujo y objeto desechado, alude
al cambio constante, a una cultura de rápido reemplazo, hacia la que nos vemos
abocados por el consumismo. Es la presentación del hombre moderno, apareciendo
en distintos ambientes, pretendiendo recrear el mundo oficinesco, con sillas,
mesas, bombines o maletines. Ese hombre troquelado, esclavo de un destino,
convertido en víctima de las circunstancias. Es el hombre español, que se ve
acosado por el paro, la corrupción; la supervivencia es su sino. En tono
caricaturesco, se reparten las figuras por pequeñas habitaciones que reproducen
construcciones que veremos en acero. Estructuras metálicas, de las que sólo
podremos hablar una vez hayamos hecho una parada por un punto de transición.
Transición marcada por sus fotografías. Empezamos con cuatro que permiten
ver el juego recurrente que hace el artista, entre materiales duros y blandos.
Bajo un conjunto de lo que asumimos como ropa de trabajo, que no llega a ser un
mono, tenemos el retrato impersonal del español común, en lo que a su vez es un
autorretrato de Díaz. Rodeado por cubiertos metálicos, nos habla de la
situación de supervivencia a la que éste se ve sometido. De manera inmediata
por la actual situación de crisis económica y, en general, por la corriente de
un sistema que no superó los males decimonónicos y sólo se produjo su
evolución. A su vez, tenemos una serie de fotografías, que haciendo una especie
de collage, mezcla dibujo y grapa. Nos transporta a habitaciones y despachos,
con la aparición recurrente de ese personaje caricaturesco, que nos recuerda a
Filemón. Son los espacios contemporáneos que han cambiado.
Estructuras de acero, a veces adornadas con caucho, nos recuerdan a las
habitaciones de las fotografías, o a esos escenarios presentes en las piezas de
madera. Parecieran las estructuras de un edificio pendiente de iniciar su relleno,
ya sea con ladrillo, hormigón, madera… Es la representación de la pérdida de
esos espacios privados, de cómo la sociedad que nació con las historias de
Dickens ha acabado por confundir lo que es público. Redes Sociales, Realities,
son los mejores ejemplos de cómo la evolución tecnológica nos ha empujado a una
incapacidad de distinción entre que debería y que no debería ser expuesto.
A través de una muestra que tiende al minimalismo, Florentino Díaz consigue
presentarnos una crítica brutal de la sociedad actual. Relatos presentados en
tono conceptual, que invitan a reflexionar sobre el presente y el futuro. Al
finalizar la vista, nos vemos invadidos por un sentimiento de desazón e
impotencia. Parece que no tenemos alternativa. Seríamos ese autorretrato del
hombre programado, el que sigue el camino establecido para “triunfar” y que
termina viéndose traicionado.
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