Nunca antes había
estado en la Tabacalera, pero había oído hablar de ella, y por lo que me
imaginaba de ese lugar nunca pensé que pudiese albergar una obra de arte en su
interior. Este escepticismo se esfumó cunado, tras dar varias vueltas, encontré
la entrada a la exposición de Manuel Vilariño “Seda de caballo”. Desde un
primer momento me sentí intrigada e incluso sobrecogida por el ruido de fondo y
al observar aquel sórdido lugar, pensaba si sería capaz de entender la obra, y
si la obra a fin de cuentas conseguiría transmitirme algo que no sea el simple
hecho de ver animales, en su mayoría muertos.
Cuando me
encontré con esa gran pantalla pensaba que sería lo que me encontraría tras de
sí, y lo primero que encontré fue a un Manuel Vilariño como un gran
representante de la naturaleza muerta. No había tenido contacto anteriormente
con ninguna de sus obras con lo cual esta significaba un interrogante para mí. En
un principio pasó lo temido, no veía más allá de fotografías de animales,
estaba un poco perdida al respecto y me seguía abrumando un poco el lugar y el
ruido de ballenas que se oye de fondo, al igual que la temática de los cuadros
tampoco ayudaban mucho, me sentía como en una película de miedo como si en
cualquier momento fuese a aparecer Vilariño y asesinase a los presentes. A medida
que avanzaba por la exposición mi punto de vista no cambiaba y al llegar a esa
bola de pelo pensé que ya sí que si había tocado fondo con mis pensamientos, ya
nada podría sacarme de mi escepticismo característico, de modo que antes de
marcharme decidí darle otra oportunidad a Vilariño y volví a recorrerme la
exposición de nuevo intentando descifrar el lenguaje propio que sin duda el
autor había creado.
En esta
segunda vuelta al ir fijándome en los detalles reconocí en primer lugar la gran
labor del autor de reflejar la naturaleza de tal modo que algunas de las
fotografías de las aves parecen dejarte petrificado, o como en una parte de la
obra llamada “Paraíso Fragmentado”, el autor fotografía a una serie de animales
muertos que yacen en un lecho de especias, cada una diferente, de modo que
pareces percibir el olor de estas. En algunas fotografías creo que el autor
intenta suscitar esa idea de curiosidad ante el tenebrismo, ya que nunca deja
de lado la idea de la muerte, durante el recorrido no puedes evitar tener en la
cabeza la frase “tempus fugit”, es decir la fugacidad de la vida, como esos
pájaros que en su día volaron libres ahora yacen en el suelo por ejemplo. Esta
idea de tempus fugit también se nos representa en las fotografías en las que
aparecen una simple vela, encendida, junto algún elemento, esa vela encendida
es posible que esté representando como se consume la vida misma, y al apagarse
solo queda oscuridad, la muerte.
Dejando atrás
todas estas fotografías sobre animales, y lo que podríamos asimilar a pequeños
bodegones con velas, nos encontramos otra serie de imágenes cambiando en parte
la temática, ya que ahora serán paisajes lo que nos muestra el artista, pero
bajo esos paisajes seguimos viendo la idea constante de muerte, cómo las olas
del mar mueren en la orilla, también muestra sentimientos como la soledad del
mar o la tristeza de ver un bosque quemado.
Antes de
finalizar este recorrido, por segunda vez, me detuve a mirar el video del autor
al completo, en el cual descubrí que aunque la muerte fuese el tema principal
de la exposición, tras eso se encontraba la alegre esperanza de la vida, como
representa con el simple hecho de plantar un árbol, un nuevo ser vivo al que ha
dado vida.
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