miércoles, 23 de octubre de 2013

Comienza la despedida.



Nunca antes había estado en la Tabacalera, pero había oído hablar de ella, y por lo que me imaginaba de ese lugar nunca pensé que pudiese albergar una obra de arte en su interior. Este escepticismo se esfumó cunado, tras dar varias vueltas, encontré la entrada a la exposición de Manuel Vilariño “Seda de caballo”. Desde un primer momento me sentí intrigada e incluso sobrecogida por el ruido de fondo y al observar aquel sórdido lugar, pensaba si sería capaz de entender la obra, y si la obra a fin de cuentas conseguiría transmitirme algo que no sea el simple hecho de ver animales, en su mayoría muertos.

Cuando me encontré con esa gran pantalla pensaba que sería lo que me encontraría tras de sí, y lo primero que encontré fue a un Manuel Vilariño como un gran representante de la naturaleza muerta. No había tenido contacto anteriormente con ninguna de sus obras con lo cual esta significaba un interrogante para mí. En un principio pasó lo temido, no veía más allá de fotografías de animales, estaba un poco perdida al respecto y me seguía abrumando un poco el lugar y el ruido de ballenas que se oye de fondo, al igual que la temática de los cuadros tampoco ayudaban mucho, me sentía como en una película de miedo como si en cualquier momento fuese a aparecer Vilariño y asesinase a los presentes. A medida que avanzaba por la exposición mi punto de vista no cambiaba y al llegar a esa bola de pelo pensé que ya sí que si había tocado fondo con mis pensamientos, ya nada podría sacarme de mi escepticismo característico, de modo que antes de marcharme decidí darle otra oportunidad a Vilariño y volví a recorrerme la exposición de nuevo intentando descifrar el lenguaje propio que sin duda el autor había creado.

En esta segunda vuelta al ir fijándome en los detalles reconocí en primer lugar la gran labor del autor de reflejar la naturaleza de tal modo que algunas de las fotografías de las aves parecen dejarte petrificado, o como en una parte de la obra llamada “Paraíso Fragmentado”, el autor fotografía a una serie de animales muertos que yacen en un lecho de especias, cada una diferente, de modo que pareces percibir el olor de estas. En algunas fotografías creo que el autor intenta suscitar esa idea de curiosidad ante el tenebrismo, ya que nunca deja de lado la idea de la muerte, durante el recorrido no puedes evitar tener en la cabeza la frase “tempus fugit”, es decir la fugacidad de la vida, como esos pájaros que en su día volaron libres ahora yacen en el suelo por ejemplo. Esta idea de tempus fugit también se nos representa en las fotografías en las que aparecen una simple vela, encendida, junto algún elemento, esa vela encendida es posible que esté representando como se consume la vida misma, y al apagarse solo queda oscuridad, la muerte.

Dejando atrás todas estas fotografías sobre animales, y lo que podríamos asimilar a pequeños bodegones con velas, nos encontramos otra serie de imágenes cambiando en parte la temática, ya que ahora serán paisajes lo que nos muestra el artista, pero bajo esos paisajes seguimos viendo la idea constante de muerte, cómo las olas del mar mueren en la orilla, también muestra sentimientos como la soledad del mar o la tristeza de ver un bosque quemado.


Antes de finalizar este recorrido, por segunda vez, me detuve a mirar el video del autor al completo, en el cual descubrí que aunque la muerte fuese el tema principal de la exposición, tras eso se encontraba la alegre esperanza de la vida, como representa con el simple hecho de plantar un árbol, un nuevo ser vivo al que ha dado vida.

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