miércoles, 16 de octubre de 2013

El arte ha muerto, y la belleza agoniza.

Crítica a la exposición de Florentino Díaz. Por Susana Castillo Coego.

Bajo el nombre de “La casa desolada” encontramos la última exposición del artista Florentino Díaz, en la que saca a la luz varios proyectos en los que actualmente está trabajando. Listones de madera, barras de acero y sillas escolares son algunos de los materiales que el autor ha decidido usar en sus obras. Cabe destacar que todo esto es arrancado de un contexto urbano; la madera, la más común, fue encontrada en típicas cajas contenedoras de fruta que cualquiera puede ver por las calles. Por otro lado tenemos el acero, habitualmente dispuesto en otra finalidad artística de diseño industrial, como pudiera ser la arquitectura, sin embargo el autor los expone como escultura, es decir, olvidando su función práctica.

El hecho de construir viviendas con materiales pobres recogidos del plano urbano podría indicar una protesta hacia la sociedad contemporánea, no parece evadirse de realidad buscando lo hermoso en sus obras, sino que las carga de crítica social y política. Lo estético parece pasar a un segundo plano como excusa para crear la obra, sin importar el aspecto que se le ha dado, puramente infantil y carente de la más mínima belleza, incitando casi a evitar la mirada del público. Florentino Díaz ha intentado atraer la atención del público con toques humorísticos de la sociedad de la época a la que pertenece. Esto es, para bien o para mal, con personajes del cómic, pretendiendo crear una historia amena que contar a los visitantes que contemplan estas esculturas. La imagen de Filemón, varias veces confundida con Mortadelo por el propio Florentino, es retratada en algo parecido a una oficina, donde vuelve a introducir una queja de este mundo moderno, algo irónico tratándose sus obras del ejemplo de arte de mundo moderno más claro que pueda haber.

Lo más apropiado para la exposición hubiera sido una crítica a esta situación del arte en el mundo contemporáneo, como se destrozan ideales de belleza con tan solo una pieza de madera, o una inanimada barra de acero. El arte radica en la belleza relativa de cada ser humano, común en cuanto a lo visual, y sin embargo la mentalidad actual se centra en lo patéticamente armonioso que resulta unir una silla a la pared y comentar lo mucho que te rememora a la infancia, algo que el espectador ni sabe ni le interesa, pues lo que busca es la belleza, no la simbología de un autor de nombre prácticamente desconocido. El significado del arte es sin duda el abismo entre lo visualmente bello y lo práctico, ya como antaño hacían los romanos, que aun siendo algo que se le daba un uso diario, era bello. Artistas, si así es como se hacen llamar hoy en día, de la talla de Florentino y similares, dedican sus obras a la nada, otorgan una iconografía a algo abstracto que transmite un sentimiento si detrás te dicen lo que quieren que signifique, y tú, que te fías de los artistas, te lo crees.


Lo que a ciencia cierta debemos conocer es que la belleza ha muerto, y se ha llevado al arte con ella en todos sus ámbitos. ¿Qué fue de la perfección griega? Los cánones de proporción, la corporeidad de sus esculturas, la verdadera iconografía que representan los dioses, e incluso temáticas mundanas y profanas que valen más que un trozo de madera pegado a otro de forma vulgar y sin ningún tipo de cuidado artístico. El frío mármol, la bella madera, ahora convertidos en esclavos de lo abstracto, daño permanente al ojo y al sentimiento por lo hermoso, actitud que el ser humano lleva buscando tanto tiempo, que parece haberse cansado. 

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