jueves, 10 de octubre de 2013

Ciego de conocimiento

ALICIA LEAL - 10/10/2013


Le diré algo que usted ya sabe, “ojos que no ven, corazón que no siente”, mudo sentimiento que utiliza su ignorancia para llevarle a donde justamente quería, para jugar con lo incierto y lo probablemente cierto; y sin ánimo de descolocación haré un inciso: nunca hay nada cierto, todo se tergiversa, se cambia, se juega con su significado, con el pasado y obviamente con el recuerdo. Nos vuelve locos y hace que entremos en la eterna duda del retorno ¿Pasó esto?, ¿Quién fue?, No lo recordaba así… pero usted en su magnífico intento fallido de acordarse, se olvida todavía más, y es ahí donde Barbi juega un papel importante. Constantemente miramos enorgullecidos nuestra capacidad de “recordar”: “yo viví en ese momento de la historia, yo estuve allí y te puedo asegurar que eso pasó, que Iniesta se desmarcó solo y metió el gol” pero si bien es cierto el conocimiento, el recuerdo, tienen una moneda de pago y esa es la limitación. Uno mismo se limita a creer más allá de lo que ve, inseguro de encontrarse con algo que escape a su arcaico entendimiento; sin embargo, hay personas que huyen de los brazos de lo seguro, de lo cálido y reconfortante, y salen de su madriguera para experimentar y saborear en sus propios labios la sensación tan nutritiva que deja lo desconocido. Aquello que muchos ansían, quitar la primera capa de barniz que ya está oxidada y no deja ver la realidad, para observar, en su lugar,  los colores los cuales unidos crean un todo y dan la posibilidad de creer en algo distinto; lo que antes era amarillento ahora es rojo, azul, negro puro, y un gris que cambia a verde a su antojo para crear el mínimo atisbo de realidad.



Hierba amarilla, 2004. Jorge Barbi

Jorge Barbi tras su regreso después de 20 años de reclutamiento de maravillas, nos obsequia en su exposición de recolección con un conjunto de analogías que hacen que usted se plantee si debe ir lo más rápido posible al oculista para graduarse la vista, pero esto es muy simple, gracias a su exposición hacemos realidad la frase probablemente más socorrida y argumentada que se haya imaginado: la esencia de las cosas está en los pequeños detalles. Cosas que ni usted ni yo solemos prestar atención, aquellas cosas que necesitan de tiempo, de tiempo real, hasta conseguir que el sentimiento de lo que estamos observando alcance la madurez y nos transmita algo nuevo, más bien un pseudo-neo, algo que estaba pero no veíamos debido a la venda del confort y lo “seguro”. Inevitablemente no es complicado imaginar lo que a uno mismo le ocasiona ver lo que antes era cuadrado y ahora redondo, ser como pequeños arqueólogos que encuentran una civilización bajo tierra, ¡si ha estado todo este tiempo allí, cómo no lo vi! Probablemente sea la frase, que más vueltas se pasee por la cabeza del pequeño descubridor, que una y otra vez se dice sin descanso. Ya que, a quién no le gustaría ser esa persona que señala con el dedo donde ya la vista no alcanza a llegar y dice de forma resabiada: allí es donde veréis lo que nadie nunca antes había visto. Unir los pedazos del pasado y darle una nueva dimensión para, quizá seguir abriendo fronteras entre la ceguera y lo placenteramente estable.

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