Le diré algo que usted ya sabe, “ojos que no ven, corazón que no siente”, mudo sentimiento que utiliza su ignorancia para llevarle a donde justamente quería, para jugar con lo incierto y lo probablemente cierto; y sin ánimo de descolocación haré un inciso: nunca hay nada cierto, todo se tergiversa, se cambia, se juega con su significado, con el pasado y obviamente con el recuerdo. Nos vuelve locos y hace que entremos en la eterna duda del retorno ¿Pasó esto?, ¿Quién fue?, No lo recordaba así… pero usted en su magnífico intento fallido de acordarse, se olvida todavía más, y es ahí donde Barbi juega un papel importante. Constantemente miramos enorgullecidos nuestra capacidad de “recordar”: “yo viví en ese momento de la historia, yo estuve allí y te puedo asegurar que eso pasó, que Iniesta se desmarcó solo y metió el gol” pero si bien es cierto el conocimiento, el recuerdo, tienen una moneda de pago y esa es la limitación. Uno mismo se limita a creer más allá de lo que ve, inseguro de encontrarse con algo que escape a su arcaico entendimiento; sin embargo, hay personas que huyen de los brazos de lo seguro, de lo cálido y reconfortante, y salen de su madriguera para experimentar y saborear en sus propios labios la sensación tan nutritiva que deja lo desconocido. Aquello que muchos ansían, quitar la primera capa de barniz que ya está oxidada y no deja ver la realidad, para observar, en su lugar, los colores los cuales unidos crean un todo y dan la posibilidad de creer en algo distinto; lo que antes era amarillento ahora es rojo, azul, negro puro, y un gris que cambia a verde a su antojo para crear el mínimo atisbo de realidad.
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Hierba amarilla, 2004. Jorge Barbi |

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