Nuestra herencia material es recuerdo de lo que hemos sido y
lo que aún nos queda por ser, de las vivencias que quedan marcadas en nuestra
memoria y de las que no queremos que desaparezcan jamás. La fotografía es un
medio muy común para ayudarnos a no olvidar, mantener nuestra alma en una
simple imagen, carente de sentido para aquellos ajenos a ella, o llena de
sentimiento que nos transmite con solo mirarla. Dispuestas en una sola sala se
encuentran las fotografías que el autor ha decidido exponer en una habitación,
blanca y lumínica, bastante pequeña he de decir, en la que nos muestra un
trabajo fortuito y fruto de la imaginación y de la casualidad más inocente.
Señales de humo es
el ejemplo de los restos de nuestra vida, lo que vamos dejando atrás y lo que
nos acompañará siempre, de una forma u otra, en el camino siempre dejamos
piedras que formarán parte de nuestra historia a lo largo de la propia
existencia. Jorge Barbi nos abre la
puerta a un mundo de belleza hasta en lo más cotidiano de nuestra vida: inocencia
en un paisaje natural es una de sus preciosas imágenes, un rincón de un
precioso lago en donde los troncos de sus árboles, horizontales, son guardianes
de la más preciada posesión de los niños, sus juguetes. No tiene mayor trasfondo,
ni un sentido espiritual como tantos autores pretenden dar a sus obras, muchas
veces sin resultado. Se trata únicamente de ver lo bello en la simpleza de la
vida, nuestras huellas.
La naturaleza siempre tiene algo que mostrarnos, ya sea por
medio de la belleza o a través de catástrofes, como es el caso del fuego. El
pesimismo nos arrastra a la deriva en un mar de frustración en el que nos
cegamos sin mirar más allá de la desesperación. Unas pocas fotos que forman
parte del mural de exposición, nos muestran como un elemento tan destructivo
como el fuego puede dejar belleza tras de sí, marcas de dolor pero que
curiosamente llaman nuestra atención sin pensar en el daño que pudo haber
supuesto. La intención de Jorge Barbi seguramente no vaya tan lejos, dudo si
quiera de si realmente estas fotografías pretendían trasmitir algo, algún
sentimiento; sin embargo cada persona valora lo que ve, lo que logra desnudar
en las imágenes y lo que juzga a través de ellas.
Nada es eterno, todo acaba siendo olvidado. Esta es la
conclusión que podríamos extraer tras examinar con profundidad la exposición de
un modo subjetivo, puestos a decir que ninguna opinión podría ser objetiva
respecto a estas imágenes. La eternidad es algo demasiado etéreo, nada material
sobrevive a la mirada del tiempo, todo acaba siendo destruido. La fotografía es
un mero pasaje más entre este triste destino, retiene momentos, hechos pasados,
que se guardan en el recuerdo hasta que la memoria termina desapareciendo,
sepultada en el olvido. La belleza muere con ella, y por esta razón necesitamos
plasmarla en algo que pueda perdurar algo más, que nos muestre lo bello de algo
que hoy día ha perdido su razón de ser. Un bosque antes de ser quemado o
talado, el nido de un animal antes de ser destruido, detalles y más detalles en
su esplendor, antes de ser víctimas del tiempo, algo así como una alegoría a
nuestra propia vida, vejez y finalmente la muerte. Todo lo que aparece a lo
largo de nuestra existencia no son más que señales de humo, que nos avanzan
hacia nuestro final, a través de lo efímero y lo ficticio, definición perfecta
para lo que es bello, y por tanto, corruptible.
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