Plumas y colores chillones sin ser el Can-Can
Andrea Ferruz
El pasado martes
diecisiete de este mes, asistí a la exposición, de Manuel Vilariño, “Seda de caballo” en la Tabacalera. Manuel Vilariño estudio biología pero
se dedica a la poesía, uno de sus libros mas conocidos es “Ruinas al despertar”, y a la fotografía, premio Nacional de
fotografía en el año 2007. Vilariño es reconocido actualmente como uno de los
artistas contemporáneos más importantes.
Una vez que nos
adentremos dentro de la exposición deberemos poner los cinco sentidos para no
quedarnos sólo en lo meramente visible, y poder llegar al mensaje final, pues
Vilariño no se limita a captar con su cámara sólo paisajes, retratos o
naturalezas muertas, sino que se adentra mucho mas en las cosas mismas, se
adentra en la herida de la incomprensión de la muerte, del dolor que nos
produce cuando alguien querido muere y el recuerdo que este nos deja. En este
caso la muerte que marca al artista y por lo tanto a sus obras, es la de su
mujer.
Así pues veremos a lo
largo de todas sus obras sus filias, con los paisajes de su tierra, la bola de
pelo de caballo, y las fotografías de Finlandia, y sus fobias con las fotografías de aves, “bestiario”, la pieza clave “Paraíso
fragmentado” y los bodegones.
En todas las obras el
artista gallego nos deja perplejos con esa dramatización que le da a los
animales muertos, objetos, y cuerpos inertes a través de las texturas, el juego
de colores tan peculiar que realiza en todas las fotografías, pero
especialmente en la composición “Paraíso
natural”. Ese contraste de colores que realiza con los animales muertos con
un color apagado, grisáceo, y tenue y el contraste con los túmulos realizados
con especias como la pimienta, la cúrcuma, el azafrán, el cacao, o el clavo que
poseen esos colores tan vivos.
Otra de las
cuestiones importantes a las que deberemos estar bien atentos es la cantidad de
simbolismos y conexiones que tienen cada una de las fotografías y todas entre
si. Desde el momento cero, en el que nos encontramos de frente con las primeras
fotografías donde nos reciben doce retratos de aves que es inevitable mirar
(aunque estas no tengan color), pues estas aves aunque estén muertas ya han
clavado en ti sus ojos y parece que reconocen tus pesares o alegrías, que te
petrifican como hace la Gorgona Medusa si no le miras a través del escudo que
Atenea da a Perseo para evitar ser petrificado cuando va a degollarla. Vilariño
afirma que el objetivo de esta composición es ver a través de los ojos del
animal.
En otra de las salas nos encontramos una serie
de fotografías a las cuales Vilariño ha llamado “Cabezas de los sueños” pues se trata de cráneos, o cabezas que nos
encontramos en los laboratorios de biología en las cuales a metido culebras,
sapos, piedras. Son imágenes algo inquietantes que nos recuerdan que las
personas siempre tenemos una idea en la cabeza que nos perturba.
La pieza que da nombre a la exposición,”Seda de Caballo” es una bola de crines
de caballo, las cuales se recortan en las fiestas típicas de Asturias y Galicia,
las denominadas bestas. Esta pieza Vilariño ya la utiliza anteriormente en otra
de sus exposiciones, pero decide introducirla aquí porque el colchón en el que
dormían su mujer y el estaba relleno de esas crines de caballo salvaje, y como
hemos dicho anteriormente la exposición esta marcada por el recuerdo a su
mujer, y esta es una de las piezas que lo demuestran.
En mi opinión, no es
una exposición que deje indiferente a nadie, no busca la belleza, el ser
gustada o odiada por el público, es una exposición que sirve para detenerse un
momento, abstraerse, reflexionar, y tomar aire fresco para ver la vida un poco
mas pausadamente. Como decía Picasso “El
arte nos ayuda a profundizar en la naturaleza humana”.
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