jueves, 26 de septiembre de 2013

Vivo retrato de la naturaleza muerta

ALICIA LEAL – DÍA 26/09/2013

De pequeña, me enseñaron que la muerte era tenebrosa y para nada bella. Sin embargo, hay personas que miran con otros ojos “la otra vida” e incluso tienen la osadía de crear poesía con ella.  No es difícil que a Manuel Vilariño le resulte cómoda la idea de convivir con figuras retrospectivas ya que él mismo se rodeaba de estas figuras tétricas pero a la vez extrañamente curiosas. Existe una combinación perfecta entre el lugar elegido (antigua fábrica de tabacos de Madrid) para la exposición y donde está ubicada el conjunto de obras exhibidas. El carácter descuidado del edificio hace que esté en sintonía y que provoque el efecto deseado por el autor. La Seda de Caballo se compone por un centenar de fotografías en las que Vilariño transmite a través de una de sus obras (esfera de cedro) la relación entre lo salvaje y lo desconocido. Durante el recorrido por las diferentes salas minimalistas no es difícil descubrir dos elementos que son claves, y una reflexión final en la que uno mismo como individuo ajeno a su mundo ve a través de los ojos del maestro. El primer elemento es directo, nos habla de la muerte utilizando para ello, animales “petrificados” que llaman la atención porque son reales y en el fondo transmiten melancolía y tristeza ante esta idea que no es otra que la muerte reflejada en sus ojos. (Reafirma la estética de los oscuro, aquello que hace a una persona girarse y pensar sobre ello). El segundo elemento es indirecto, de forma subjetiva el artista a través de objetos tan simples como una vela consigue relacionarlo con esta misma idea de muerte: la vela se extingue y la vida también. Como un escarabajo quiere escalar a la cima o como el hecho tan obvio de unas calaveras que aprecian como se consume uno mismo.                                                       


El Despertar 1, 2001 Manuel Vilariño
Manuel Vilariño (A Coruña, 1952) fotógrafo y poeta, imposible separar ambas facetas aunque en su comienzo sí que las interpretaba de manera marginal. Es interesante observar como también mezcla la idea pictórica de naturaleza muerta mostrada a través de una fotografía y convertida a su vez en poesía para la vista sin necesidad de palabras. Un espacio en la que la viva calma nos contempla y es reflejada de manera directa por un haz de luz que alumbra mis pensamientos y que me lleva a un mar de incertidumbre pero de un gran conocimiento. Es posible que consiga transportar -y transporta- al sujeto a un hueco de su desordenado pensamiento y sólo entonces comprender de una manera totalmente subjetiva la dicha del artista sin otra pretensión que mirar con sus ojos. Tan increíble es la acomodada sensación de una persona que rehúye de la misma idea de muerte, y que sin embargo, otra juegue con su significado pareciendo ser un dios que maneja los hilos del pensamiento ajeno. Remitiéndome a Platón y su mito de la Caverna, los hombres y mujeres no tenemos más que una venda que nos impide seguir conociendo a fondo la idea de muerte y por lo tanto nos aleja como las olas que son arrastradas por la fuerza de un mar seguro y protector donde uno mismo se encuentra a salvo de lo extraño, y de un infundado peligro. Citando sin misterio a Duchamp “contra toda opinión, no son los pintores sino los espectadores quienes hacen los cuadros” al final la interpretación de uno mismo lucha por sobreponerse a la idea que desinteresadamente el autor quiere ofrecernos. 

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