martes, 24 de septiembre de 2013

¿NUCLEAR? NO GRACIAS, Y PORQUÉ NO HABLAR DE WHO KILLED BAMBI?

Crítica de la exposición de Manuel Vilariño por Natalia Platard de Quenin

Un conjunto de mensajes contradictorios es lo que se desprende de una primera mirada a la exposición de Manuel Vilariño. En ese intento draconiano, del que no conseguiremos desprendernos, de buscar una interpretación para el arte, mis primeras impresiones tienen poco ver con el resultado final. Sólo un mensaje permanece intacto, VIOLENCIA, presente en la mayoría de sus obras y de la que se desencadena una belleza embriagadora. Violencia, que probablemente venga de ese proceso de demolición que ha sufrido su vida.

Si blanco y negro se ve asociado a vida, poco espacio tendrán estas fotografías en una exposición donde lo que predomina es el color. Sin embargo, son la introducción a una historia, que podría ser confundida con una reivindicación ecologista. Herramientas y cruces, sucedidas por animales muertos, bodegones y paisajes que serán manipulados por el artista, parecen hacer un relato de la mano destructora del hombre. Nada más alejado de la realidad.

Blanco y negro, rojo, amarillo y azul, son el hilo conductor de una estética punk. Imágenes que en ocasiones recuerdan a The Shining, en una discordancia entre la expresión violenta y la armonía de composición. El punto de inflexión lo encontramos en “Seda de Caballo”, que da paso a un conjunto de paisajes que parece romper con el argumento de la exposición. Pero todo tiene su razón de ser.

A pesar de su estética punk, no es el rechazo social que conlleva el relato que quiero entender. Estaríamos ante la muerte de la esencia salvaje del hombre. Muerte a manos del Contrato Social. Adaptando una retórica ecologista, podríamos hablar de la propia naturaleza depredadora que resulta autodestructiva. La ecología y la estética punk no son el espíritu de este relato, sin embargo, aportan lenguajes imprescindibles, que nos hablan de la ausencia de ese lado salvaje.

Somos esos animales representados y estamos muertos. Primero, tenemos las herramientas que han ido moldeando nuestra alma, y nos han alejado de nuestro lado animal. Esas fotografías que nos miran de frente son el reflejo de nuestra esencia primitiva. “Paraíso fragmentado” sería la culminación del proceso de desnaturalización del hombre, es decir, de su aceptación definitiva del Contrato Social. El hombre es ese depredador que ha provocado la extinción de su esencia salvaje, natural. Cada animal esta muerto sobre un círculo que recuerda a un nido. Nido que tenemos que entender como lugar de creación y nacimiento, pero también como hogar. Es el inicio del hombre social. Idea que a partir de aquí no deja de desarrollarse a lo largo de la exposición. Las continuas alusiones religiosas no son otra cosa que la expresión de esa relación contractual, la aceptación de unos convencionalismos que reprimen a nuestra bestia interior. Los bodegones serían el nuevo yo, una naturaleza artificial, modificada y decorada por una mano externa, para ofrecer una belleza controlada. “Seda de Caballo” simboliza lo salvaje, el afuera, es el recuerdo del animal que matamos hace mucho tiempo y es la puerta a la presentación de nuestro origen: la naturaleza. Los imponentes paisajes de la playa y la montaña que tenemos a continuación son un recordatorio de nuestro estado “prehistórico”, pero también son un reflejo de una nueva forma de acercarnos a la naturaleza. Así, finalizamos con el artista manteniendo una conversación con una naturaleza que tiempo atrás también había hecho de nido.

La contradicción entre la violencia transmitida y la delicadeza poética de su composición son el rasgo determinante de esta retrospectiva. Una retrospectiva que invita a un relato: el retrato del hombre social.

No hay comentarios:

Publicar un comentario