Crítica de la exposición de Manuel
Vilariño por Natalia Platard de Quenin
Un conjunto de mensajes contradictorios es
lo que se desprende de una primera mirada a la exposición de Manuel Vilariño.
En ese intento draconiano, del que no conseguiremos desprendernos, de buscar
una interpretación para el arte, mis primeras impresiones tienen poco ver con
el resultado final. Sólo un mensaje permanece intacto, VIOLENCIA, presente en
la mayoría de sus obras y de la que se desencadena una belleza embriagadora.
Violencia, que probablemente venga de ese proceso
de demolición que ha sufrido su vida.
Si blanco y negro se ve asociado a vida,
poco espacio tendrán estas fotografías en una exposición donde lo que predomina
es el color. Sin embargo, son la introducción a una historia, que podría ser
confundida con una reivindicación ecologista. Herramientas y cruces, sucedidas
por animales muertos, bodegones y paisajes que serán manipulados por el artista,
parecen hacer un relato de la mano destructora del hombre. Nada más alejado de
la realidad.
Blanco y negro, rojo, amarillo y azul, son
el hilo conductor de una estética punk. Imágenes que en ocasiones recuerdan a The Shining, en una discordancia entre
la expresión violenta y la armonía de composición. El punto de inflexión lo
encontramos en “Seda de Caballo”, que da paso a un conjunto de paisajes que
parece romper con el argumento de la exposición. Pero todo tiene su razón de
ser.
A pesar de su estética punk, no es el
rechazo social que conlleva el relato que quiero entender. Estaríamos ante la
muerte de la esencia salvaje del hombre. Muerte a manos del Contrato Social. Adaptando una retórica
ecologista, podríamos hablar de la propia naturaleza depredadora que resulta
autodestructiva. La ecología y la estética punk no son el espíritu de este
relato, sin embargo, aportan lenguajes imprescindibles, que nos hablan de la
ausencia de ese lado salvaje.
Somos esos animales representados y estamos
muertos. Primero, tenemos las herramientas que han ido moldeando nuestra alma,
y nos han alejado de nuestro lado animal. Esas fotografías que nos miran de
frente son el reflejo de nuestra esencia primitiva. “Paraíso fragmentado” sería
la culminación del proceso de desnaturalización del hombre, es decir, de su
aceptación definitiva del Contrato Social. El hombre es ese depredador que ha
provocado la extinción de su esencia salvaje, natural. Cada animal esta muerto
sobre un círculo que recuerda a un nido. Nido que tenemos que entender como lugar
de creación y nacimiento, pero también como hogar. Es el inicio del hombre
social. Idea que a partir de aquí no deja de desarrollarse a lo largo de la
exposición. Las continuas alusiones religiosas no son otra cosa que la
expresión de esa relación contractual, la aceptación de unos convencionalismos
que reprimen a nuestra bestia interior. Los bodegones serían el nuevo yo, una
naturaleza artificial, modificada y decorada por una mano externa, para ofrecer
una belleza controlada. “Seda de Caballo” simboliza
lo salvaje, el afuera, es el recuerdo del animal que matamos hace mucho
tiempo y es la puerta a la presentación de nuestro origen: la naturaleza. Los
imponentes paisajes de la playa y la montaña que tenemos a continuación son un
recordatorio de nuestro estado “prehistórico”, pero también son un reflejo de
una nueva forma de acercarnos a la naturaleza. Así, finalizamos con el artista
manteniendo una conversación con una naturaleza que tiempo atrás también había
hecho de nido.
La contradicción entre la violencia
transmitida y la delicadeza poética de su composición son el rasgo determinante
de esta retrospectiva. Una retrospectiva que invita a un relato: el retrato del
hombre social.
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